jueves, 22 de abril de 2021

Antonio Trujillo, poeta inconcebible. Jose Carlos De Nobrega

 


No sé si el ensayista Juan Manuel Escourido define a los periféricos como aquellos escritores que adelantan a otros por el hombrillo de la autopista.  En esta táctica inusual de carrera, él ubica a Juan Larrea, Enrique Dussel y Antonio Trujillo nuestro amigo. Un cronista, un teólogo de la liberación y un poeta artesano. 

Indagando el verbo arbóreo de Antonio Trujillo, se pregunta "Invita el decir de Antonio Trujillo a la exégesis o la requiere?". Creemos que libera estos dos pájaros en un chasquido mágico de dedos. Se disfruta y se acompaña en su muy peculiar estado contemplativo, místico y meta poético. Se contesta Escourido: "El poema, en Trujillo, verbaliza un cauce de perplejidad. Ese cauce de perplejidad esencial, inmediata, intuitiva, que dimana de la contemplación". Muy válido y multisugerente el argumento y la lectura atenta del español respecto al venezolano.


Quién conozca a Antonio puede desconcertarse con su poesía. Por lo que si bien el discurso poético entraña una experiencia personal, no se trata de vaciar la vida en una plantilla preestablecida. El amigo Trujillo, al parecer, no tiene nada que ver con ese río apacible donde abrevan los lectores de sus breves poemas de intensidad mística y metafísica. Él es un gran y estupendo conversador, dicharachero, simpático las más de las veces y en otras no tanto por su vehemencia en sus zurdas ideas. El humor picante y ponzoñoso al punto, no lo abandona casi nunca. 

Podemos alegar en Antonio un afán de poligrafía literaria y artística que trasciende la tipología de los géneros. No se refiere a la suma de sus oficios en el arte, sino a su integración problematizadora que apunta a encarnar la contradicción polifónica y existencial en la agonística de la vida misma, tal como lo comenta en su obra y lo practicó en su vida Don Miguel de Unamuno.


Su poemario "Hilo de Pájaro" (Fundarte, Premio Stefania Mosca 2012, Caracas, 2013), me lo dice como lector y hombre de fe poco convencional. Esa poesía breve de verso corto, contenido pero expansivo en revelaciones de adentro hacia afuera, nos da una paz punzante en el teatro bélico tanto de nuestra confederación de voces como de este mundo atribulado y perturbador. Nos rescata de la atrofiada memoria poética e histórica, la pulsión de los místicos españoles y los metafísicos ingleses como John Donne, revisitados y recreados también por Fernando Paz Castillo y Miguel Ramón Utrera. 

La paisajística interiorizada es muy personal pero no reniega de las fluencias de los grandes poetas de la lengua. Estampas en blanco y negro con una escala de grises propia, maceradas dentro y fuera de la escritura: "Sin palabras / la niebla // ancestra el aire // seduce / al cielo // y esconde / los árboles // en lo más blanco / de la tierra". La austeridad del Decir no estriba en malponerse con las modas literarias del momento para imponer la suya, sino en aspirar y expirar con conciencia de sí el Ser y su  alrededor en un diálogo paradójico, ético y esencialista.

La poética del Decir no es unidimensional, ni Dios lo quiera. Enturbia y clarea las aguas de un río que nunca es el mismo. Ello en el placer afirmativo, no absoluto, de expresarse por caminos diversos. En este libro, la voz se mueve lúdica en el ars poética, la transfiguración del Cristo carpintero, el pastiche criollo heredado de Luis Enrique Mármol como cepillo epistémico de la voz del otro, e incluso la degustación de la lengua en el culto subrepticio y no bullanguero de la oralidad. 

Las voces que se encuentran y desencuentran, no se escinden ni se resecan entre ellas mismas. Priva un ejercicio vital de síntesis de verdadera religiosidad divorciado de lo ideológico y lo propagandístico. La propuesta formal entraña la variedad de los registros implícitos en esta búsqueda mística y estética sin mediación canónica. 

Los poemas en prosa al final de este universo, no se contraponen con la aparente atemporalidad de los textos en verso. Se complementan no en hábil ejercicio conceptual, sino en un diálogo intertextual decantado en la asombrosa multiplicidad del registro del alma individual y colectiva. Poseen la historicidad y la estética sentida del exilio como malestar y esperanza combativa y no por eso menos contemplativa ni conmovida. De la guerra civil española, pasando por la destrucción de Troya, nos solazamos y contristamos con la literatura que nos reencuentra con Martí, Dario, Miguel Hernandez, Canetti, Homero, Rosalia de Castro y el siglo de Oro español. 

No en balde lo leímos a este de Antonio mientras cargábamos agua de lluvia a las 4 am en marzo de 2017. Ayer, miércoles 22 de abril de 2021, lo revisitamos porque desde "La Tía Tula" me lo recordó el maestro Don Miguel de Unamuno. Supe que él y Antonio conversaron mucho en la ciudad áurea de Salamanca. No estamos solos ni aislados en esta cueva acogedora de Platón, no importa la cuarentena radical ni la flexible.



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