domingo, 10 de enero de 2021

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (5). JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


[V, Los Protocolos como falsificación de un ensayo pro-liberal]

Nunca falta un texto mal digerido, del cual se extraen las conclusiones más descabelladas e irracionales. Lógico fruto del cada vez más creciente analfabetismo funcional, si no húrguese sin mucho esfuerzo en cualquiera de nuestras universidades. [No hace mucho, en la Universidad de Carabobo y en el marco de su Feria Internacional del Libro, no sé sabe quién dio la orden para desaparecer la Biblioteca del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina. Todo un caso clínico de bibliofobia o, peor todavía, bibliocidio que engrosa el prontuario engavetado de los crímenes patrimoniales en Valencia, la de Venezuela, la bombardeada del Siglo XXI]. Alejandro Rossi nos lo previene: “las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente (…) un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas”. Nos toca aquí hablar del “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” (Bruselas, 1864) del excelente escritor Maurice Joly (1829-1879). Subyace en este enfrentamiento discursivo –entre “el despotismo descarado” del florentino y el liberalismo del galo- no solamente una despiadada y genial requisitoria al absolutismo maula de Napoleón III, sino también un profundo e iluminado ensayo en torno a los móviles, instrumentos y vicios de los regímenes totalitarios que se desarrollarían mucho más tarde como reacción inmediatista a “las tensiones del mundo moderno”, caldo de cultivo de procesos revolucionarios y reformistas de diverso signo. En defensa, por supuesto, de la democracia parlamentaria. Lamentablemente Joly sería la víctima propiciatoria de la incomprensión  -encarcelamiento mediante-, del olvido, del desengaño –que le llevó al suicidio-, y peor aún, de “una cruel ironía (…) el hecho de que una defensa brillante (…) del liberalismo, haya constituido la base de una estupidez reaccionaria atrozmente escrita que ha dado la vuelta del mundo” (Cohn). Agrega Rossi que “un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco”.

Es incontrovertible la nacionalidad francesa de tan burdo y perjudicial plagiario, y dadas las circunstancias históricas pareciera también ser inevitable. Un lugar común. Los Protocolos, desde un punto de vista ideológico, son inversamente proporcionales al Diálogo de Joly en tanto y en cuanto a su perversión, gracias a una primitiva técnica copista: representa más de las dos quintas partes del libro original, y además la estructuración de capítulos es idéntica, ya que los Protocolos poseen veinticuatro actas más el Discurso del Rabino, mientras que el Diálogo presenta veinticinco…



En el Diálogo duodécimo de la obra de Joly leemos: “Como el Dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos, y en dichos brazos todos los matices de la opinión… Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes cran hablar su lengua hablarán la mía, quienes cran agitar su propio partido, agitarán en pro mío, quienes crean marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía” (Cita de Norman Cohn: pág. 288 de la descrita edición. Suprimimos los paréntesis del autor, pues el texto es bastante explícito).

Quizá Michael Jackson [Qepd], ídolo indiscutible del mundo posmodernista, sea la más reciente víctima de las complejas ramificaciones de la autopista informativa, pues en su [álbum History] canta: “Jew me, sue me, everybody do me / Kick me, Kike me, don’t you Black and White me” (“Hazme judío, demándame, todo el mudo lo hace / dame una patada… no me hagas blanco ni negro”); después la disculpa filosemita: “Mi única intención con esa canción fue poner énfasis en decir no al rascismo, antisemitismo y los estereotipos”, telefonema al Centro Wiesenthal de Los Ángeles. Algún ocioso y desprevenido dirá entonces que la ambigüedad racial de Jackson es explotada comercial e ideológicamente por los judíos, argumentando –con el cadáver cincuentenario- que ese pueblo desarraigado “Envenena la sangre de otros, en tanto que conserva incontaminada la suya propia”, ¡oh, Adolfo bendito! Valga para estos tres la frase “Asinus asinum fricat”… [Esto es como un capricho de Goya, el 39 o el 40, la falsa sabiduría de los doctos y los necios lectores de prensa odiados por Nietzsche, los hace susceptibles de frotarse unos con otros como mininos cómplices].

Mientras que el falsificador copia en el Acta Duodécima: “Nuestros periódicos serán de todas las tendencias (…) Tendrán como el dios indio Visnú cien manos, cada una de las cuales acelerará el cambio de la sociedad: estas manos llevarán a la opinión en la dirección que convenga a nuestros fines (…) Los imbéciles, que creerán seguir la opinión del periódico de su partido seguirán sólo nuestra opinión o la que nos plazca. Se imaginarán que siguen el órgano de su partido, y no seguirán, en realidad, más que la bandera que enarbolamos para ellos” (pág. 137 de la edición referida).

El debate que diferenciaba sin medias tintas a ambos grandes pensadores, Maquiavelo y Montesquieu, se difumina torpe y delictuosamente en el mohoso discurso de los Protocolos, bien sea propugnando la dominación absoluta del mundo de manera expedita, o aduciendo la divulgación del liberalismo y la revolución para confundir y desorganizar a todas las sociedades. Si bien Joly en el Diálogo pone en boca de Maquiavelo la voz de la autocracia, ello no confirma ni legitima la etiqueta implícita en el mote “maquiavélico” que se desprende de una lectura y consideración superficiales del pensamiento del genio florentino; sólo funciona como retrato subrepticio de Napoleón III para así evadir la censura: “Simpatizaba con los principios democráticos, pero realizó un gobierno autocrático; era un viejo liberal, pero practicó el absolutismo; era un declarado pacifista, pero promovió varias guerras” (Oscar Secco y Pedro Baridón: Historia Universal, tomo VI, Época contemporánea, Editorial Kapelusz, Buenos Aires, 1946, pág. 170).

Revisemos el Diálogo primero en el texto de Joly: “El instinto malo es en el hombre más poderoso que el bueno… el temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón. (…) ¿Qué es lo que sujeta a estas bestias devoradoras que llamamos hombres? En el origen de las sociedades está la fuerza brutal y desenfrenada; más tarde fue la ley, es decir, siempre la fuerza, reglamentada formalmente (…) la fuerza anticipándose al derecho. (./.) La libertad política es sólo una idea relativa” (Norman Cohn: op. cit., pág. 286).

En el ACTA N° 1, el plagiario pone en boca del delegado judío: “expondré el concepto de nuestra política así como la de los Goim (…) el número de hombres con instintos perversos, es mucho más grande que el de aquellos con instintos nobles. Por lo cual, para gobernar el mundo, se obtienen mejores resultados empleando la violencia y la intimidación, por dar muchos mejores resultados que los discursos académicos. (…) ¿Qué es lo que ha contenido a esas fieras, salvajes y de rapiña, que llamamos hombres? (…) En las primeras épocas de la sociedad, estaban sometidos a la fuerza bruta y ciega, después se sometieron a la ley que en realidad no es otra cosa que la misma fuerza disfrazada (…) el derecho reside en la fuerza. (./.) La libertad política no es un hecho pero sí una idea” (pág. 63-64, edición ya citada).



En este caso, Joly alude al inicio del capítulo tercero del primer libro de los Discursos de Tito Livio: “quien funda un Estado y le da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se lo permita (…) que los hombres hacen el bien por la fuerza; pero cuando gozan de medios y libertad para ejecutar el mal, todo lo llenan de confusión y desorden” (Nicolás Maquiavelo: Obras Políticas, traducción de D. Luis Navarro, Librería de la viuda de Hernando y C.A. Madrid, 1895, págs. 18 y 19). La traslación del texto de Maquiavelo en el Diálogo no apunta hacia el plagio, sino más bien a la reversión sofística, ello a los fines de cuestionar el espurio orden jurídico impuesto durante los ocho primeros años del Segundo Imperio por Napoleón III –la legalización del absolutismo a través de la Constitución, así como el abuso y la violación de los derechos individuales por medio de la ley de seguridad nacional-. Lo cual demuestra que Joly no olvidaba que el original se refería a la creación de los tribunos de la plebe en Roma, mecanismo jurídico “capaz de contener la insolencia de los nobles” estimulada por la desaparición de los Tarquinos. Este ejercicio ensayístico es de una validez y estilo insoslayables, verificable incluso en el cuidadoso tratamiento del lenguaje.

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