sábado, 3 de septiembre de 2016

PABLO NERUDA O DEL CREPÚSCULO CANÍBAL. José Carlos De Nóbrega



 
PABLO NERUDA O DEL CREPÚSCULO CANÍBAL

José Carlos De Nóbrega

1.- Crepusculario (1923) es el libro inicial de Pablo Neruda que nos mueve todavía a la más inmediata simpatía. Este poemario de formación, no obstante la fluencia discursiva del post-romanticismo y el modernismo hispanoamericano, prefigura una voz lírica muy personal en sostenida, contingente y humanística construcción. El conjunto que se equipara a un Pentateuco terrenal, intercala la versificación uniforme [ESTA IGLESIA NO TIENE], la atenuación paulatina de la rima [GRITA] y el verso libre [SI DIOS ESTÁ EN MI VERSO]. La lectura compulsiva de los poetas que le antecedieron y, en especial, del paisaje marino y humano que invoca al Pacífico Sur amado por Chile, no es un pretexto para cometer el parricidio del poema padre como tal, ni mucho menos componer apologías ideológicas que esterilicen el discurso poético. Por el contrario, delata el corazón de una propuesta lírica ambiciosa y centrada por venir que se consolidaría en los puntos altos de “Residencia en la tierra”, “Canto General” y “Odas elementales”. FAREWELL, por ejemplo, es un gran poema amoroso que se cuece al calor de la Paradoja y cuyo tenor dialéctico, transparente y esencialista se desarrollaría en títulos como “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y “Cien sonetos de amor” [estos hitos amatorios de la obra de Neruda siguen siendo veta propicia a merced de plagiarios, poetas malagradecidos y usuarios urgidos con justicia y toda razón en los menesteres de la seducción]. Su “desconsolado jardín adolescente” tiene como fondo la luminosidad y el colorido crepuscular: El motivo paisajístico y la plasticidad de la imaginería juvenil salen bien librados, tanto en el poema que se enamora en la intensidad erótica como en el lienzo que se solidariza con el Otro, el semejante más desamparado, esto es el campesinado, el ciego de la pandereta o los jugadores que rumian la distracción de la mala fortuna. PELLEAS Y MELISANDA se nos antoja un libreto para marionetas afín a la endecha, la elegía y el melodrama operático mediterráneo. No en balde sus inconsistencias, el poeta chileno va aprendiendo la vinculación del concepto emocionado con lo musical y lo objetual, de manera que el poema trascienda y revoque las especulaciones totalizadoras que encorseten las maravillas del mundo.

2.- Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), sin importar la depreciación del tiempo, ni mucho menos el conservadurismo de la recepción adulta propia o ajena que naufragan en la fama y el mercadeo, significó para el Neruda maduro la fuerza originaria que lo seguía atando al crepusculario entusiasta, su paisajística marina amenazante, el ardor amoroso y la pasión que justifica la resurrección poética y vital de todos los días. Nuestros padres y hermanos mayores –consanguíneos o no-, nos recitaron alguna vez poemas enteros como el 15 o el 20 [en este último caso, mi madre acompañaba en portuñol la versión baladista y chilena de Ginette Acevedo en acetato, mientras acometía los oficios del hogar caraqueño]. Sólo esperamos que ni a Chino ni a Nacho se les ocurra una adorable y sosa versión de cualquiera de estos poemas en el marco de la musicalidad idiota con la que han atrofiado los oídos de más de uno. Despojándonos de nuestra lengua extraliteraria y malhablada, el discurso amoroso y erótico se regodea esta vez en la salivación y la lubricidad de la contradicción, la asonancia, la aliteración y la paráfrasis de poetas como Tagore o Shakespeare. El conjunto, si nos atenemos a uno de nuestros poemas preferidos –el 8, abeja que abreva y zumba en deliciosa sinestesia-, se asimila a una Colmena dorada y mestiza de veintiún celdas que guardan la miel agridulce del vocerío caótico a ser doblegado y reivindicado por la poesía auténtica: “Ay seguir el camino que se aleja de todo, / donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno, / con sus ojos abiertos entre el rocío”. Tránsito de los amantes que brinca del Jardín de las Delicias del Bosco en toda su concupiscencia rebelde, revolcándose en el expresionismo de Klimt, hasta regresar al Paraíso condicionado del Edén esbozado por Miguel Ángel: “Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco”. Se nos propone sobresaturarnos de amor, ello en la sucesión caótica de símiles que nos dibujen a la amada en cacofonía ebria.

3.- Cien sonetos de amor (1959), si bien es un libro de madurez, nos cautiva por el tratamiento dinámico, personalizado y sentido del género literario que es el soneto. Esta ejemplar revisita y revisión a los poetas clásicos como Shakespeare, Góngora y Garcilaso de la Vega, se emparenta con la reivindicación clásica y la experimentación en los compuestos por Lêdo Ivo, la fidelidad gongorina muy personal de Ana Enriqueta Terán vertida en el gato y el caballo blanco, o los desconcertantes sonetos imbrios de Rafael José Muñoz. El Sonetario de Neruda, bien enhebrado en el verso libre y diáfano, constituye un conjunto híbrido que suena a Diario y a Epistolario que registran la comunidad amorosa que construyó en tiempo real con Matilde Urrutia, eso sí, en los giros efusivos, contingentes y divergentes de su cotidianidad. La diversidad apasionada del afán amatorio de la voz poética, no desdice la lectura atenta del conceptismo barroco de Miguel de Guevara y Sor Juana Inés de la Cruz [soneto XLIV], ni el panteísmo lírico y paisajístico de la lírica greco-latina, mucho menos la consideración de Catulo como voz amorosa que elogia la cabellera de Berenice [soneto XIV] o la transfiguración de su peculiar procacidad políticamente incorrecta [soneto LVII, “Mienten los que dijeron que yo perdí la luna”]. La literatura auténtica es la metáfora multidimensional que más se aproxima a los libros vivos que son los seres humanos. El versolibrismo no es un experimento gratuito ni egocentrista, pues se reconstituye como vehículo inherente a la expresión amorosa que se afinca en el milagro opuesto a la cosificación fetichista y represiva del amor erótico. En este caso, la Paradoja excede los devaneos y tanteos semánticos inútiles, pues se trata de una aproximación vitalista a las ceremonias de seducción, contristación, goce carnal y despecho en el vínculo significativo de pareja. El poemario comprende cuatro partes que connotan no sólo el transcurrir del día, sino la simulación magistral de los sentimientos encontrados que entraña la comunidad bipolar y asombrosa de ambos amantes: Desde el madrugador Soneto Caníbal [XI], atravesando a nado enamorado los textos solares, hasta los nocturnos como el XC que nos muestra al Amor y a la Muerte bailando un tango estremecedor en comandita macabra o, mejor todavía, el siguiente soneto que nos pinta a la vejez en tanto depreciación implacable de los cuerpos: “Y aún allá abajo el tiempo sigue siendo, / esperando, lloviendo sobre el polvo, / ávido de borrar hasta la ausencia”. Sin embargo, el numerado XCVI, apuesta no sólo por la resurrección sensual de la carne, sino también por la renovación espiritual y estética que traiga consigo el cambio endógeno que invada al mundo exterior con alegría subversiva: “Y cuando esté recién lavado el mundo / nacerán otros ojos en el agua / y crecerá sin lágrimas el trigo”.

4.- Para nacer he nacido (1978) es un compendio póstumo estructurado en siete cuadernos a la manera de un collage textual de diversas fuentes hemerográficas, bibliográficas y oratorias. Este sancocho cruzado transgenérico comprende la prosa poética juvenil, los apuntes previos a toda autobiografía, los manifiestos políticos, y el libro de viajes de diversas estaciones y etapas [convoca al dandy adolescente, el sibarita, el poeta conmovido y el duro militante comunista de la madurez; sin embargo, estas personalidades díscolas apuntalan el asombro del escritor ante el mural abigarrado de la Geografía Humana]. Asimismo, sublimados por él mismo las ojerizas y los odios personales, no podemos obviar las nítidas, agradecidas y solidarias aproximaciones a poetas y escritores amigos como Gabriela Mistral, Federico García Lorca, Vladimir Maiakovski, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Miguel Otero Silva y José Revueltas. En otros términos, este libro misceláneo, además de astillar subrepticiamente al Neruda legendario e hipertrofiado exponiéndolo en su más franca y desnuda humanidad, nos permite acceder a una prosa vibrante que atraviesa el laberinto discursivo desde la Elegía hasta la Apología festiva, en ambos casos de una transparencia que no contradice algunos excesos retóricos muy suyos, pues Don Pablo sigue pretendiendo encontrarse en el influjo tierno y épico de Homero hasta en “sus palos de ciego”.

En Valencia de San Desiderio, martes 12 de julio de 2016.                             

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