martes, 24 de noviembre de 2020

Dentista real que proviene de la ficcion. Jose Carlos De Nobrega



A la China, la mujer polifacética y polígrafa que más amo en este mundo

A mi hermano Nelson el de los aforismos filosóficos y líricos contundentes como roca de tropiezo

Mira, mi chinita de mi misma leche mediterránea, esta historia cabalga entre la realidad y la poesía más entrañable. Hay un cuento de García Marquez que se vació en algún rincón de Caracas con esos puentes y pasillos de ensueño dulce y amargo al punto que encontramos en la avenida Baralt. Se titula "Un día de estos", y es quizás el más surrealista de los que escribió así no lo aparente la realización realista y soporífera de la anécdota y su discurso narrativo.

Sabemos que el relato se refiere a un duelo entre el dentista y el alcalde militar del pueblo cachaco rayando el mediodía, como si se tratase de una de vaqueros dirigida por John Ford y protagonizada respectivamente por James Stewart y su tocayo James Coburn. O incluso una de samuráis de Akira Kurosawa con Toshiro Mifune en los dos roles. La locación es la calle principal de un Macondo entre cachondo y trágico, para luego situarse en Caracas (que es lo asombroso del asunto), digamos que en Puente Llaguno como te explicaré más adelante. 

No fue una balacera entre los Earp (respaldados por el dentista y pistolero tísico Doc Holliday) y los villanos Clanton en el corral O.K.. Ni el duelo al mediodía, high noon, de un solitario Gary Cooper con el bandidaje depredador. Simplemente una extracción de muela que se salió de control. 

"-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas".

Luego vino la muy breve compasión del dentista, acompañada por el alivio agradecido un breve instante del alcalde milico. El toque humanístico que los hermanaba tan sólo en muy pocos segundos. Al final se restituyó el enconado odio entre los insomnes adversarios. 

"-Me pasa la cuenta- dijo.

-A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

-Es la misma vaina".

El Gabo me llevó hace pocos años a conocer a su dentista en Caracas, digamos en su consultorio misterioso y claustrofóbico que se ubicaba muy cerca, digamos, del infame Puente Llaguno.

Observé que en su laberíntico interior se distribuían espejos retrovisores. Era el sistema de seguridad para advertir quién llegaba y quién se iba. El Baba era el mastín de pocas pulgas que custodiaba el lugar. Su corpulencia, comprimida en el consultorio, más la pintura ritual de guerra en el rostro (una nada bonita cicatriz que iba desde la mejilla izquierda hasta un mentón indio y romo), intimidaban a cualquier malintencionado visitante.

Fuimos presentados al dentista en cuestión y a su primo filósofo y dentista también, mientras el amo de este inquietante universo moldeaba prótesis en un frágil y peripatetico aparato fresador. Nos habló de sus hazañas en el campo de la insurgencia politica, e incluso de su conversión religiosa camino a Damasco, o digamos a una Nueva Jerusalén evangélica ubicada en la avenida Urdaneta. La profecía, en tanto denuncia del contexto histórico, no es ajena para el guerrillero urbano ni para el varón de Dios. Si no, preguntenle a Juan el Bautista, cuya cabeza de corcel negro decapitado fue besada por Salomé, la ninfula abyecta y seductora, que despues increparia desde no se sabe donde con discurso salvaje a Herodes el grande empequeñecido por tal vozarrón.

Me invitó este dentista ultra literario a participar de asistente en una extracción de muelas a su primate colega y filósofo. Apenas cupimos los tres en el inhóspito y reducido quirófano. El Gabo, mientras tanto, se tomaba un tintico y jugaba ajedrez con el Baba. Digamos que mientras aparejabamos el dentista y yo el anti-espacio de curación, el colega filosófico esterilizaba con compulsion extrema el instrumental disuasivo y quirúrgico. El saca muelas se reía del afán antiséptico del paciente.

La operación fue un chocar de dos cuerpos encorvados en curiosa danza rota y el pataleo del pobre yacente en esa silla tortuosa. Yo me limitaba a iluminar la boca del paciente con una precaria lámpara de pilas, rogando que mi nuevo jefe no se equivocara de pieza dental.

Terminada la sesión, digamos que poco menos que interminable, nos dedicamos a beber café los cinco y a fumar nerviosamente yo solo. Nos despedimos de el curandero dental y su guardaespaldas, para tomarnos Nelson el primo, el Gabo y yo unas cervezas tibias en un decadente y también claustrofóbico restaurante chino llamado, digamos, El Tercer Mundo.

Nos extrañó que nuestra patota literaria (Daniel, su nueva novia y esposa, Ximena, Malena, Wilin y Jose Javier) que ya se hallaba libando y conversando embebidos en sus máscaras acústicas, no reparara la presencia del Gabo, cosa que a él le complació como el parroquiano que siempre fue. 

El Gabo nos dijo que conoció al dentista durante la plomamentazon de Puente Llaguno, digamos que en 2002, mientras nuestro personajote atendía a los heridos y les disparaba a los cuervos francotiradores del hotel, digamos que el Edén. Era la maravillosa encarnación del dentista cachaco que el Gabo publicó en 1962, cuarenta años después.

Qué te traerás hoy en este año de la pandemia? Acaso el invierno de un patriarca solitario en su palacio triste y cagado por las gallinas realengas? Esperemos que no. Mientras tanto me quedo con la personalidad rebelde de tu dentista sobrenatural. Ay, mi china duerme tranquila, rejuvenecida y linda. Tal es el efecto benéfico y amoroso de este cuento del exilio, muy majadero por demás.


lunes, 23 de noviembre de 2020

Apologia al Padre. Jose Carlos De Nobrega

La foto corresponde al sepelio de papá

Ahora, china, pasemos a contar unas cuantas historias sobre papá José do Nascimento, a quien conocí poco porque se nos fue cuando éramos chicos que no llegábamos a los ocho años.

Uno

Mi viejo fue muy amado por la gente de La Pastora, Caracas, pues regentaba con suma afabilidad y don de gente su negocio, el bar restaurante Londres en la primera esquina de Sabana del Blanco. Conoció a mamá aquí en la capital de Venezuela, donde se enamoraron y casaron. A mi padre podías pedirle plata prestada, crédito y el teléfono hasta inflarle la cuenta. Sólo que cuando tenía unos tragos encima, te cobraba todos los favores concedidos bueno y sano. Se ponía malicioso, desconfiado y algo cínico. Pero rascado o curdo tampoco le hacia mal a nadie. Por eso su asesinato conmovió a La Pastora y Sabana del Blanco. La gente llevó sus restos mortales en brazos de amigos desde la casa hasta pasar el puente El Guanabano. Cuando el cortejo pasó frente al negocio del italiano que presuntamente lo asesinó, los vecinos golpeaban con violencia la puerta diciendo asesino, asesino, ven a ver al buen hombre que mataste, a su viuda y sus tres críos. La voz del pueblo, si no es de Dios, pertenece al mundo de la justicia más poética. Ya lo escribía el poeta Luis de Camoens, Oh, quien tanto pudiese que hartase / Este mi duro genio de venganzas!

Dos

Mamá Augusta siempre dijo cosas maravillosas de su marido, papá José. Hablaba siempre de su laboriosidad que iba de las 4 o 5 am hasta la medianoche. Ponderaba especialmente lo muy aseado que él era. No todos los musius huelen a cebollin, ajo o pan rancio. Tampoco todos los portugueses son adalides de lo que llamaba alguien "cultura del lupanar", cuando el muy hipócrita hablante era cliente asiduo en ese mercado de la carne femenina explotada. Hay también intolerancia nativa para con el inmigrante europeo. Mi padre no era ningún explotador de trabajadores formales ni informales como ficheras y prostitutas. Papá confiaba ciegamente en mamá tanto en la fidelidad de esposa, como en la crianza de nosotros tres y la mayordomía de la casa.

Sólo hay dos cosas negativas en apariencia. Lo fastidioso y terco que él se ponía cuando bebía, y la torpe y para nada romantica propuesta de matrimonio a mamá Augusta. Respecto a la mala bebida, una vez habíamos ido de paseo a La Guaira con Chucho, amigo de la familia que muchas veces nos atendió como chofer. Era muy tarde, cuando mi vieja le pidió que regresáramos a Caracas, pues ella y los tres pequeños estábamos cansados. Como siguió en su fiesta con sus compadres, mamá nos montó en el carro de Chucho y se regresó a la capital sin su marido. Al día siguiente no hubo lío y continuó la rutina familiar como si nada. 

Lo de la propuesta matrimonial tampoco era para tanto jaleo. Mi papá José do Nascimento le pidió a Augusta que se casaran por la Iglesia. Cuando ella le preguntó en dónde iban a vivir, él respondió en una de las habitaciones para inquilinos que se encontraban al fondo del bar restaurante. Por supuesto, la novia se negó: o le daba una casa propia o no había casorio. A lo que el novio enojado le contestó que si quería una habitación en el Caracas Hilton. Como la vivaz joven le dijo que sí al Hilton, a mi viejo no le quedó otra que comprarle una casa a una cuadra del negocio. Allí vivimos lo mejor de la infancia hasta que su muerte nos hizo dirigir la nave de la viudez materna a Valencia.

Tres

Recuerdo un par de cosas respecto a mi convivencia con papá Jose do Nascimento. Una muy agradable y la otra no tanto. La no tan afable se refiere a que cuando mi viejo estaba bebido, me sentaba a su lado y me recordaba que como el hijo mayor tenía la responsabilidad de cuidar a mamá y a mis dos hermanos cuando él faltara. La cosa me daba miedo por la severidad y las muchas veces con que me lo decía. Y el miedo me hacía llorar de chico, por eso me apodaba mi primo de Valencia como el oso miedoso. Resulta que este primate triunfó en la política universitaria y no precisamente por valiente (en unas elecciones estudiantiles a punto de ser saboteadas por los adecos a punta de pistolas, el muy gordo estaba llorando de pánico escondido en un baño de mujeres). Perdón, mi muy señora madre y poeta, Prosigamos con papá que fue mejor persona.

La más grata es cuando veíamos la televisión en la sala de la casa. Una vez nos morimos de la risa con la comiquita de Meteoro y su carro Mac 5. La carrera se tomó como pretexto para que la villanía viniera a contrabandear diamantes dentro de unas piñas. Los dos repetíamos el loco estribillo de Pasame la piña, Pasame la piña!, a ver si conseguíamos un diamante grande. Tiempo después Velamos su cuerpo en la sala y el televisor estaba vestido con un muy verde sudario. Era a finales de julio de 1972. Treinta años después, mi mamá Augusta moriría de cáncer en Valencia. Por lo que a ambos les debo mi vida de escritor y salmista compulsivo. Todo sobre mis viejos cabrá en una novela por venir, china mía, y tú mi bien serás la primera lectora.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Apologia a la madre por docena. Jose Carlos De Nobrega



Estimada china, hay mucha tela que cortar en esta apología a mamá Augusta. Sigamos pues la celebración dialogada que es lo que mueve nuestra escritura.

Diez

Mi mamá era más persistente que el Mossad israelí. Cuando llegamos a Valencia, la muy menudita Augusta se hizo amiga de los profesores del liceo Monseñor Adam de Naguanagua, y así me consiguió cupo sin mucha dificultad. Los cautivó su terquedad y amor duro y riguroso por sus hijos. Así que en tercer año viví el mejor momento de la adolescencia: Me le declaré por primera vez a una chica, Elsie Peña, pero quedé Turulato como el apóstol Pedro cuando negó a Jesús, pues ella me rechazó tres veces (imagino una foto del momento, el despecho como tal encarnado en tres perros callejeros de Tarapio y en el grito inútil de un Te amo). Conocí a mi mejor amigo de la época, Jorge Perez, hoy obstetra en Naguanagua, con quien y junto a Hernan Castro (qepd) escribíamos versos de despecho a Janda, Gina y claro a Elsie, además del teatro estudiantil que dirigimos estos tres alegres compadres que ganarían fama en quinto año cuando imitamos a casi todos nuestros profesores.

En cuarto, la burocracia escolar me separó de Jorge, Crucito, Tancredi, los Ascanio David y Absalon, Mónica, Elsie, Janda y Gina, mi mejor cofradía púber. Entonces llegaba tarde a clases porque andaba con ellos en sus secciones, conversando o jugando basket. Los profesores me amenazaban con ponerme inasistente y bajarme las notas. Yo les decía que yo no llegaba tarde sino que ellos llegaban más temprano, tratando de imitar a Hector Lavoe.

Un día, mamá me reclamó mi actitud de rebeldía escolar. Yo le dije que cómo lo sabía y replicó que un pajarito se lo dijo. Por supuesto, le hice mucho caso porque con ella no se juega.

Años después, visitando el liceo como cometa universitario, los viejos profesores me contaron que mi mamá iba todas las semanas de incógnito para saber de su hijo primogénito y a posteriori su oveja negra predilecta. El pajarito inquisidor muy lindo y delator era ella misma, a Dios gracias.

Once

A las habilidades de inteligencia y contra inteligencia de mamá, le sumamos su eficacia operativa a la hora de transmitirnos los valores en casa. Un día Jorge, el conejo, me prestó un tocacintas de cuando yo coleccionaba cassettes de música variopinta, clásica, salsa brava, rock y jazz. Mi vieja me cortó el concierto de la Perfecta de Eddie Palmieri con Ismael Quintana, incautando el equipito que ella sabía que no era mío. Para descartar que el objeto fuera mal habido, me dijo que se lo entregaría en persona a su dueño. Con una pena más pesada que la Múcura del son cubano, le dije a Jorge quien me calmó argumentando que la vieja lo hacía para cuidarme. El conejo se presentó en casa, cautivó a mi mamá con su carisma y se fue con su tocacintas de lo más tranquilo. Los dos me dieron una gran lección en valores y, mejor aún, en la calurosa interacción generacional que es posible y reconfortante. No es así?, mi chinita.

Doce

Mi hermano se graduó de abogado y el acto se realizaría en el Teatro Municipal de Valencia. Debido al poco aforo y la gran cantidad de invitados, era muy difícil entrar y conseguir puesto. La cola para acceder era de pesadilla kafkiana y rocambolesca. Vi a mamá muy preocupada porque no quería perderse al primer graduado universitario de sus hijos. Yo, de palto y corbata, asaeteado por el calor húmedo valenciano, decidí resolver a lo Bakunin el problema. Le pregunté si quería ver graduado a Avelino y la tomé de la mano en esta incursión anarquista al Teatro. Perpleja, pues no le di tiempo para la clase de valores, me acompañó a colearnos para consternación de la afición. Uno, por supuesto, me mentó la madre por la ocurrencia atrabiliaria. Le dije al tipejo: Aquí la llevo de la mano, desgraciado!

Logrado el cometido de tomar el Municipal por asalto, conseguimos puesto en la planta de arriba o las localidades más baratas. Mamá aplaudió y gozó todo el acto, hasta que el muy tieso y protocolar de Pedro Bello, moderador eterno, culminó el acto. De repente se volteó hacia mí y me preguntó cuando me graduaría. Le dije que un día de estos. A lo que ella me puso el cuero del corazón de gallina, cuando soltó que yo era el más inteligente de sus hijos.

En llegando el siglo XXI, año 2002, me gradúe por fin como Licenciado en  Educación, mención Lengua y Literatura, de la UC. Fui al acto en el Teatro Celis Perez que quedaba al lado del Psiquiátrico de Barbula, sólo que mamá había fallecido de cáncer pocos meses antes. Sin embargo, contuve las lágrimas antes de entrar al recinto, porque andaba por allí merodeando los pasillos toda menudita ella con su paso rápido y decidido.

Hoy le cumplo a mamá todavía. Di clases de pregrado y postgrado en la UC. Publiqué a la fecha más de 20 libros, llevo en total más de 40 escritos con mucho gusto. Tuve el honor de hablar de mis mejores amigos escritores, cuando di un curso de literatura venezolana en la Universidad de Salamanca, donde también hice grandes amigos, sobre todo bellas y magníficas mujeres. Ahora escribo una primera novela en la que figura la musa y la señora poeta que hoy amo más que a mí mismo. Crees que mamá Augusta está más contenta con su anarcoteista oveja negra? Qué opinas?, amantisima china de mi confederación de almas.

De nuevo la apologia a la madre. Jose Carlos De Nobrega



Seguimos, china mía, conversando sobre mamá Augusta, tan buena madre como tú pero tan rigurosa como tu mamá linda y pelirroja.

Siete

Mamá y las llaves del cielo

Mamá Augusta pertenece a mi imaginario hiperrealista, definitivamente. La exageración era la tilde de nuestra existencia como familia. Mi compulsividad proviene de ella desde que fui inquilino de su matriz durante nueve meses. Eso tiene sus ventajas. Estoy atento, por ejemplo, de objetos como carteras, libros y llaves. Por lo general, las cosas no se me pierden y cuando eso pasa las encuentro con relativa facilidad. Por ejemplo, aquí te acabo de hallar las llaves que dejaste en la nevera en uno de tus despistes de fábula.

Las llaves de la casa eran cosa de cuidado y esmero compulsivo. No se nos podían perder, habiendo tanto ladrón por ahí. Cuando tenía 18, fui secuestrado por la divintel, división de inteligencia de la policía regional (vaya oxímoron), en una protesta en el rectorado de la UC. Estuve junto a dos compañeros, José Fran y el letón, recluido entre las celdas de la Navas Espínola y las de la disip en la Urbanizacion Carabobo. Un día después cuando fuimos excarcelados, constaté que los pacos habían extraviado mis llaves. Estuve angustiado por el lío que me armaría mamá. Así, de vuelta a casa, enfrenté la situación y se lo conté a mi vieja Augusta. Luego de su discurso anticomunista, mi mamá cambió todas las cerraduras de la casa. Le dije que no exagerara, sólo con las de las puertas de la fachada bastaba. A lo que replicó que prefería confiar en Pedro Navaja y Juanito Alimaña que en la fuerza policial. Mi papá se había dejado el espinazo en el bar restaurante Londres de Caracas para que nos dejaran sin corotos. Ah que Salazarista esta señora hasta el punto de temerle a la Pide, el aparato de orden y represión de la dictadura más larga de Portugal.

Ocho

Augusta y el distinguido Lugo

Había un policía en el supermercado que estimaba muchísimo a mi mamá. Se llamaba el distinguido Lugo, y quizás Augusta le recordara a su propia madre, se llame la muy bendita Ursula, María, la China o Margarita. No sólo me lo decía con un entusiasmo enternecedor, sino que lo ponía en práctica como los actos de habla de los que teorizan los lingüistas.

Una vez Lugo defendió a mi vieja con la osadía y el desparpajo que lo caracterizaba. Él había detenido a unos turistas porque creía que robaban mercancía de los anaqueles. Como mi vieja era la jefa de cajeras, la agarró el rollo de repente. Se comprobó que los extranjeros no habían sustraído nada del mercado. Daniel Pimienta, un abyecto subgerente que la odiaba, aprovechó para tenderle una trampa. Una vez se burlo de mi vieja en mis narices, cuando yo trabajaba de cajero en la fuente de soda de al lado. Le dije al muy idiota que salía a las tres para arreglarlo en la calle, lo cual causó estupor en mi jefe quien evitó males mayores. Retomando el cuento, mi china, Pimienta se quitó la corbata y malpuso a mamá con los muy ofendidos turistas. A lo que saltó el muy distinguido y solidario Lugo en su defensa: él asumió el error y el malentendido, poniendo al portugués malvado en evidencia delatando su condición de subgerente irresponsable, embustero e insidioso. Siempre le agradecí a Luguito tan noble gesto y le quedé en deuda para siempre. Mi muy distinguido Luguito lloraría a mamá en silencio escoltando su camastro de caoba en la funeraria. Por eso lo distingo de la crapulencia policial de su alrededor, él digno para siempre de mi respeto y afecto.

La última vez que lo vi fue en unos disturbios en Barbula. Bajaba yo de la universidad ahogado por las lacrimógenas e indignado por la represión policial. De repente, ese caballero ataviado en azul me abrazó fuerte y me preguntó por mi vieja Augusta. Le dije que no fuera tan efusivo porque pensarían que yo era soplón de la policía. Me soltó y lo dejé con su sonrisa en medio del caos. Qué carajo, mi distinguido Lugo, venga ese abrazo hoy porque somos hermanos de la misma leche como decía Miguel Hernandez, tu poeta favorito mi china. 

Nueve

Ahora me figuro, mientras me cuentas enamorada que tu hija tiene talento en el corte y la confección de su propia ropa, que mamá Augusta siempre está sentada ante su máquina de coser Singer hilando, cosiendo y dando magistrales puntadas de amorosa y paradójica filigrana en la configuración de mi propia vida, como si nada, ello en un ejercicio de ternura que ya no contiene su rigor, pues el mundo mustio e indolente de hoy no importa sino el despliegue del amor costurero más impune e irreverente.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Mas apologia a la madre. Jose Carlos De Nobrega




Como decíamos hace un rato, China, proseguimos con algunas breves anécdotas sobre mamá Augusta, quien marcó mi vida sin que lo reparara en el momento de su ocurrencia.

Cuatro

A mamá Augusta no le gustaba mucho el rock que escuchaba durante mi vida con ella a partir de la adolescencia. Un 31 de diciembre escuchaba a Sting solista en vivo, pensando que la vieja no había llegado, cuando salió como una tromba de su cuarto con las fuerzas represivas para suspender el concierto. Y eso que no era heavy metal, sino rock fusionado con muy buen jazz.

Sin embargo, años antes, un domingo vimos en The midnight special por Venevisión, una presentación de Queen cuando, después de Rapsodia Bohemia, había acabado de publicar el sencillo Somebody to love. Me dije que mamá cambiaría el canal de inmediato haciendo girar la perilla. Pero no. Se quedó mirando con asombro a Freddy Mercury ataviado de las famosas mallas de ballet que usaba entonces. Posiblemente le agradara la combinación de la ópera y el rock. Ahora la pinta homosexual de Mercury, le traería a la memoria aquella copla de Otero Silva sobre San Federico, pues dios en el cielo no acepta santo marico. Qué podría esperarse de Augusta, quien fue novicia en Madeira y a punto estuvo de ser la monja sor Angélica. Gracias papá por enamorarla y con ella traer al mundo a este escritor y sus dos hermanos.

Cinco

Mamá fue jefa de cajeras del Central Madeirense en Caracas y luego en Valencia. Siempre gozó el respeto de sus compañeros de trabajo. Sin embargo, un portugués hijo de la Gran Bretaña (la gran puta que es lo mismo), la encerró por envilecimiento en una de las cavas refrigeradas del supermercado. Un compañero la sacó de alli tiritando de frío. Me enteré un domingo y planee con los orientales de la universidad, secuestrar al villano y darle una paliza. Mi hermano me delató con mamá la intentona terrorista y ella me formó un escándalo vetero testamentario. Me dijo que no había criado comunistas ni malandros y que eso no era problema mío. Sin embargo, tiempo después, ella se sonreía en la sala mientras veía televisión. Seguramente se imaginaba que Carlos Luis, Antonio Mata y yo dejábamos al mal gerente y peor paisano, todo vuelto verga, atado y en interiores en algún montaral de Mariara o Bejuma. Justicia poética con sabor heterónimo de Fernando Pessoa justiciero. La imaginación de un delito no acarrea ningún castigo en presidio, claro está.

Seis

Mi mamá Augusta se contrarió cuando me iba a casar por primera vez con la mujer que me quitó la virginidad. Argumentó desde lo religioso hasta la defensa del honor familiar, puesto que Nicanora era divorciada. Como decía el viejo chiste madeirense, yo no quería una virgen para rezar sino una mujer para fornicar. De repente, sor Augusta seglar y viuda de este domicilio, varió la estrategia discursiva repentinamente. Dijo que la disfrutara sexualmente sin compromiso, como tucusito de largo pico fecundando una flor. Había pecado instándome a tener relaciones sexuales fuera del matrimonio y bien dotado con anticonceptivos. De nada valía la ortodoxia católica si perdía a su hijo primogénito. No obstante me casé, disfruté el sexo, y me divorcié para regresar a los robustos brazos de Augusta.

Apologia a la madre. Jose Carlos De Nobrega

Escuchando un programa de reggae jamaiquino en Soda 95.1 FM de Valencia, se nos viene esta crónica en homenaje a mamá Augusta. Se la dedicamos a otra gran madre y escritora, ésta es Marichina García Herrero quien nos la sugirió.

Uno

Cuando mamá Augusta no utilizaba la correa ni ningún objeto para disciplinarnos con rigor, hacía un uso creativo de la impostura discursiva. Recuerdo, por ejemplo, que nos habíamos criado en autobuses que hacían la ruta Caracas-Valencia y viceversa. En Valencia pasábamos períodos vacacionales con nuestros primos, que sacudían nuestra soledad tetrapartita (mamá viuda y sus tres críos machos), pues socializabamos con otros practicando deporte y travesuras a granel. Cuando Augusta quería tenernos por las bridas, imitaba a los colectores de esos buses que invitaban al viaje de regreso, Caracas, Caracas, Caracas, vámonos! A lo que le rogábamos que el tren de gasoil no partiera, que nos íbamos a portar bien y a dejarnos de vainas. A lo que la vieja seguía con la bitácora del pregón, muerta de risa.

Dos

Una tarde noche, muy aciaga, abordando un bus en el terminal de Maracay con rumbo a Caracas, Caracas, Caracas!, nos enteramos con estupor del asesinato de Felipe Pirela, entre el oro y la carne como novelaba José Napoleón Oropeza. El bolerista formaba parte del canon musical y cultural de Augusta junto con el poema 20 de Ginette Acevedo y Neruda, los tangos de Gardel y Le Pera, y una casa portuguesa con certeza de Amalia Rodrigues. Asimismo, el asesinato de Pirela se incorporaba al panteón familiar reciente con mi padre asesinado también, el abuelo materno espaturrado por el carro de un lechero ebrio, amén de abuelita materna gorda y enorme, víctima de una embolia que bajó a duras penas su cadáver desde un primer piso.

Tres

Mi mamá Augusta tenía como único lujo distractor, además de la TV en blanco y negro y Radio Rumbos, la cultura del fan farandulero. No se pelaba cualquier evento a tal respecto como los paparazzi de la película de Fellini, La dolce vita. Desde el rodaje de la telenovela Tormento en La Pastora, con Jean Carlos Simancas como un cura asalta camas de mujeres casadas o solas; pasando por la visita venerable a la casa pastoreña donde vivieron Joselo y Simón Díaz cuando eran ciudadanos anónimos; hasta el entierro de Mamá Chona, el personaje y la actriz, la abuela de Quique y el hijo natural de Doris Wells y Raúl Amundaray en la telenovela "Raquel, sacrificio de mujer". 

Yo fui de pequeño víctima de este afán farandulero de Augusta. Una noche mi mamá y su comadre jalaron con nosotros al aeropuerto de Maiquetia, porque arribaba a Venezuela el cantante Sandro, una especie de Elvis Presley de las pampas a quien las mujeres arrojaban pantaletas, pataletas y gritos destemplados al son de su pelvis desatada. Se llegaron hasta Sandro, quien a modo de autógrafo, me levantó en vilo y me estampó un beso. Para dejar de ser ese autógrafo hecho niño, decidí militar en el anarquismo, la poesía, la prosa literaria y el anarcoteísmo de mis días. Por favor, China, no se lo digas a nadie porque se hace astillas el descrédito beatnik que he labrado por años de anarquista dedicación.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Teorias conspirativas y saco de gatos. Jose Carlos De Nobrega


Las teorías conspirativas no sólo son maneras sonsas y confortables para explicar las complejidades del mundo, sino instrumentos ideologicos para solapar y ocultar las verdaderas conspiraciones que nos resecan y hacen infelices como humanidad que las sufre así nomás. Van de lo macro a lo micro. Apuntalan no sólo el corazón entenebrecido de las sociedades sino de cada individuo. Tenemos la solución final nazi y también la superstición en torno a las mujeres pelirrojas (Julianne Moore sigue siendo angelical referente erótico de nuestro imaginario), o que un gato sobre una peinadora signifique que nuestra poeta amiga rinda culto a Satán en una revisita medieval.

Estas teorías descocadas, aunque muy risibles (el mito del súper hombre ario, el anticomunismo, o el de la superioridad racial blanca y anglosajona), han llevado al martirologio universal a varios de nuestros gigantes culturales: Gandhi, Martín Luther King, Dietrich Bonhoeffer, Roque Dalton, Monseñor Romero, Sandino, Rosa de Luxemburgo (la verdadera, no el guiñapo funerario), las rosas en la guerra civil española, García Lorca o Copernico. Asimismo ha barrido con pueblos enteros, desde los hijos del cartaginés ANIBAL, el ejército liberador de Espartaco, pasando por judíos, gitanos, haitianos y más recientemente camboyanos no gratos a Pol Pot, palestinos y tribus africanas.

Siempre estará dispuesta la villanía para desatar su felonía, ignorancia y depredación territorial: Emperadores romanos abyectos, cruzados medievales, separatistas de toda mala pelambre, el Kmer Rouge, Idi Amin, los ejércitos norteamericanos de ocupación, la Thacher y los gurkas, el fascismo (lo cual incluye revolucionarios fachos y gachos), y pare usted de contar. La cultura entre machista y misógina en toda su saña malhablada y peor desplegada en la práctica.

Entonces, no culpes a un imperio hiperrealista ni a los anarquistas de tus desgracias particulares, para arremeter contra tu prójimo diferente. No bailes al son que te toque la propaganda. Recuerdo que en un semanario cultural progresista de izquierda, se tildaba la música de Mahler de facha o fascistoide, cuando el compositor murió muchos años antes del ascenso de Hitler en Alemania.

Preparate más bien para que no caigas en la telaraña pestilente de los medios y las redes sociales. No nos imaginamos que las verdaderas sociedades de cómplices nos roen las extrañas sin que nos demos cuenta.

No se asusten pues con el nada grato y hediondo ropavejero que en su saco de gatos se llevará a los niños que se portan mal. No, por el contrario, afinen la mirada a la impoluta clase politicastra, burocrática y emprendedora que viste trajes Armani y aroma lo mejor de la perfumería y los afeites de las tiendas de la quinta avenida de NYC. Desde esa bonita acera, nos ametrallan a mansalva como los helicópteros Black Hawk.