domingo, 7 de mayo de 2017

DOS NOVELAS DE INICIACIÓN DE VENEZUELA


 
Nota del administrador: Este es un fragmento de un ensayo más extenso titulado "7 novelas de iniciación de América Latina", el cual leeremos pronto en un evento literario en San Juan de Colón, estado Táchira, organizado por nuestro gran nuevo amigo Elí Caicedo. Nos mueve que los lectores visiten no sólo las novelas aquí comentadas de Laura y Radamés, sino también "Piedra de mar" de Massiani, "Los cachorros" de Vargas Llosa, "Las buenas conciencias" de Carlos Fuentes, "Los fantasmas" de César Aira, "Un mundo para Julius" de Bryce Echenique, "Canción de la aguja" de Sol Linares y "Huayra, la transparencia" de Freddy Hernández Álvarez. ¿Por qué no revivir la adolescencia como energético del alma en estos tiempos revueltos?

DOS NOVELAS DE INICIACIÓN DE VENEZUELA. José Carlos De Nóbrega
1.- La muerte del monstruo come-piedra (1971) de Laura Antillano. En su ensayo “Para fijar un rostro. Notas sobre novelística actual” (1984 y 2003), el escritor José Napoleón Oropeza le dedica un apartado a dos novelas de iniciación venezolanas por demás resaltantes: “Piedra de Mar” de Francisco Massiani y “La muerte del monstruo come-piedra” de una muy joven Laura Antillano. Ambos títulos son buenos vecinos tanto en el tiempo como en la concepción espontánea, oral y festiva del género. En el caso de la escritora y docente universitaria, priva la transparencia estructural y la inmediatez del habla adolescente que aporta un testimonio fresco, amoroso y nostálgico de su contexto histórico [década del sesenta, recodo rebelde del siglo XX]. El compromiso político que excede el manifiesto ideológico y literario, se sostiene en sus convicciones filosóficas, éticas y estéticas no en balde el equívoco proceso de pacificación guerrillera en la Venezuela de entonces. El hálito poético adolescente rodea e impregna simultáneamente la cultura literaria, la dramaturgia infantil despojada de populismo sonso, las expresiones artísticas populares y la profecía como denuncia y promoción de la justicia social. La acción política y el oficio escritural van de la mano en el rejuvenecedor ejercicio de la ciudadanía en libertad. El corpus lírico, irreverente y airado de esta primera novela de Laura Antillano, nos demuestra cuánto le ha tocado e influido esa década marcada por una acción insurreccional en lo político, espiritual y estético: “Nos miran deseando asarnos, cocinarnos, convertirnos en picadillo; nosotros somos las llagas, las ovejas negras, los insubordinadores del orden establecido, los tontos, los amorosos, los esperanzados…” (Antillano, 2017, p. 28). Claro está, sin esterilizarse ni autodestruirse en un nihilismo venenoso. La perspectiva de primera persona, no obstante su inmediatez en la tersura y afectividad de la voz, desarrolla en una demostración afortunada y lúdica del dominio de las técnicas narrativas [el ensamblaje de materiales diversos, la escisión puntual del punto de vista narrativo, la respiración del habla], el proceso de crecimiento y autodescubrimiento de la heroína que convive con sus dudas, contradicciones y fortalezas psicológicas. Ello sin pretender asumir los artificios del discurso novelístico como tal. Se impone lo dialógico y el afán de concitar una conversación diáfana y cómplice con el Otro, el lector dispuesto a la celebración y la solidaridad en el dolor. Es la poética de una titiritera prodigiosa que dispone un entorno susceptible al cambio: “Oficio: titiritera. Me lo preguntan al sacar la cédula, al participar en el papeleo, al llenar un formulario, y el escribiente levanta la vista del papel y mira. Su seriedad me dedica un gesto de desdén, de duda, de imbecilidad (más seguridad hacia esto último)”, [Antillano, 2017, p. 42]. Hay una vocación por la reafirmación feminista y femenina de la ciudadana y la cultora que, afortunadamente, dista de extremismos inútiles y odios históricos de género movidos por la revancha. Nuestra protagonista púber establece compartimientos dinámicos y significativos [en el entusiasmo y la intermitencia] con los personajes que la acompañan en su simpático y trascendental viaje de iniciación: Tanto los de su entorno familiar [la Piccola, Gerardo, Pablo, Lucía y sus padres] como los de la pandilla y la camaradería de la calle [El Flaco, Ochoíta, Pepe, El Gato, El Particular, Marina y especialmente César]. Se vale incluso de breves estampas o perfiles enclavados en los afectos, las reminiscencias del álbum fotográfico o el poema en prosa. He aquí una conmovedora muestra: “César, que colocó en el medio de la habitación el enorme motor de la lavadora y te enseñó a Eliot, y ahora anda por allí, con la filmadora al hombro, inventando bosques que quemar, matando esos amaneceres pálidos” (Antillano, 2017, p. 59). Maracaibo es la locación, el paisaje físico y enriquecido en la ensoñación, que modula la respiración del habla a lo largo de esta novela asimétrica como la legión que nos invade y ocupa el alma. No nos sorprende que la oralidad explícita y compulsiva de la Primera parte, conduzca a los brillantes ejercicios de prosa poética de la segunda. Del lienzo multicolor, abigarrado y surrealista digno de Ángel Peña o Énder Cepeda, la voz descansa en el objeto textual fragmentario y lírico: “El lago, nunca sabes por dónde aparecerá, sorprende; no puedes orientarte, yo lo encuentro en todas partes, no puedes decir nunca exactamente dónde está, parece que no fuera uno el caminante sino él” (Antillano, 2017, p. 65). El habla polifónica, poética e inmediata al buen oído del lector, aspira y exhala bocanadas de aire cautivador en el dolor sobrenatural de las cordales. La vida nos provee de la munición nutricia para la boca enamorada.   

2.- Casa de Pájaro (2016) de Radamés Laerte Giménez. En este caso recién horneado, se erige, sin simulación esteticista ni ampulosidad temática, un homenaje sentido al escritor yaracuyano Rafael Zárraga. El propio autor se reconoce a sí mismo en la celebración del Otro, un antecedente suyo y nuestro que nos maravilló con la novela “Las rondas del Obispo” (1982) y el enternecedor cuento “Juan Topocho”, sólo que la ausencia del afán parricida no impide la rebeldía picaresca de su púber protagonista. El narrador omnisciente, despojado mágicamente de los convencionalismos de la preceptiva literaria, se identifica y emparenta con las voces adolescentes, de manera que ellos sí son gente digna de toda consideración. La confusión de la perspectiva de tercera persona y el pensamiento en voz alta del protagonista, toca decisivamente el discurso contingente, transparente y complejo de la novela. Se construye un mosaico verde selva de juveniles registros de habla escindidos y mixturados en el Decir que nos vincula al mundo. Edgar Alejandro Zárraga accede a los libros de su abuelo, teniendo como pretexto y detonante vitalista la realización de un trabajo de literatura en el marco poco propicio del liceo, de modo que el diálogo intergeneracional ennoblece el tesoro literario de la nación. La Pagoda o Casa de Pájaro edificada por el abuelo, es el ámbito sobrenatural y lírico que activa el proceso de descubrimiento y búsqueda interior de Edgar Alejandro, en el cual la sana emulación representa el punto de arranque de la propia personalidad que le contrapone a los vicios de su tiempo histórico: “No se recibe solamente la palabra y la liberación y el súbito despertar: también se recibe la identidad, porque ¿quién puede uno aspirar a ser, sino un Rafael Zárraga?” (Giménez, 2016, p. 68). El ascenso místico [también ontológico] se desarrolla en siete pasos, no con la voz usurpada del abuelo escritor Zárraga que revele un cuadro clínico histérico en el chico. Por el contrario, se apoya en una simbiosis entrañable y familiar que redunda en auto-crecimiento sostenido, libre y placentero. El gran motivo de la infancia y la adolescencia recobrada [tratada en novelas puntuales de Hermann Hesse, Thomas Mann y Romain Rolland], configura un gran suceso del habla mestiza y montuna con sus giros coloquiales [((((de pinga))))], calé tribal [claverricardo o la oralidad al revés] y picantes estribillos [Unga, unga, trembunda]. La mal llamada chiquillada impone en la intimidad de su clan neologismos que falsifican y desmontan la banalidad del discurso académico y político postmoderno [¿no es la escuela una de sus perniciosas instancias proveedoras?]: “El cuerpo está estriado de tanta instantaneidad, de horedad, de minutedad. Está achichonado por someterse a los rigores de este presente sin salida” (Giménez, 2016, p. 11). El habla salvaje de los adolescentes, en este caso, absorbe la sensualidad telúrica del campo y la selva de Yaracuy para imprimirse a sí misma una musicalidad que estimula hasta el apetito cachondo de la lengua: “-A que te la hacei cuando lleguei…” (Giménez, 2016, p. 14). La Parodia de los epítetos homéricos apunta o, mejor aún, arremete con humor iconoclasta los roles familiares y, por ende, desnuda hasta el tuétano las relaciones disfuncionales del Poder familiar con sus premios y castigos que se asimilan a un conductismo primitivo y autoritario: trátese de la “mamá de las comidas sabrosas”, “la madre de las vergüenzas”, “la madre de las tristezas”, “el papá de la cartera”, “el papá de los cansancios”, “los abuelos de los misterios” o “la pagoda de las prohibiciones”, por ejemplo. La yunta Edgar / Ricardo, los condiscípulos inquietos, expresan con desenfado y naturalidad la compulsión vital, erótica y gástrica hecha habla y literatura emocionantes. Las marchas y contramarchas en la consolidación de la personalidad y el Decir propios que le relacionen con el entorno, asumen la forma del bestiario y la metaforización objetual. El muchacho se confronta en un espejo sin azogue para ver el tigre simétrico de Blake: “Es para dudar, puede ser un acierto o no esa búsqueda de identidad desde una imagen felina, acechante, silenciosa y triste a la vez” (Giménez, 2016, p. 67). El ejercicio accidentado y refrescante del libre albedrío, sin las irrupciones de los aparatos de propaganda ideológica y alienante dentro y fuera de casa, es la clave por medio de la cual nuestro joven héroe despierta y se reencuentra en las aguas cálidas de la vida.           

 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aira, César (1994). Los fantasmas. Caracas: Fundarte.

Antillano, Laura (1971). La muerte del monstruo come-piedra. Caracas: Monte Ávila Editores.

Antillano Laura (2017). La muerte del monstruo come-piedra. Valencia, Venezuela: Edición Word de la autora.

Bryce Echenique, Alfredo (2005). Un mundo para Julius. Buenos Aires: Planeta / Booket.

Calzadilla, Juan (2014). Poesía por mandato. Antología personal (1978-2012). Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

De Nóbrega, José Carlos (2011). Salmos compulsivos. Valencia, Venezuela: Ediciones Protagoni, c.a.. 

Fuentes, Carlos (1970). Las buenas conciencias. México: Fondo de Cultura Económica.

Giménez, Radamés Laerte (2016). Casa de pájaro. Caracas: Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

Hernández Álvarez, Freddy (1995). Huayra: la transparencia. Barcelona, Venezuela: Ediciones En Ancas / Utopoilibris Editores.

Linares, Sol (2013). Canción de la aguja. Caracas: Fundarte.

Libertella, Héctor (1977). Nueva escritura en Latino-América. Caracas: Monte Ávila Editores.

Massiani, Francisco (1999). Piedra de Mar. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Narea, María (2006). Hemisferio Imposible. Caracas: el perro y la rana.

Oropeza, José Napoleón (2003). Para fijar un rostro. Notas sobre la novelística venezolana actual. Valencia, Venezuela: Ediciones del Gobierno de Carabobo.

Vargas Llosa, Mario (1976). Los cachorros. Barcelona, España: Editorial Lumen.

miércoles, 19 de abril de 2017

UN FANTASMA ESCURRIDIZO
José Carlos De Nóbrega
 
 


 El Fantasma de Prospect Park. Albo Aguasola (Ronnel Alfonso Mejías Ortega). Grupo Editorial Negro sobre Blanco, Caracas, 2015, 153 páginas.

      Esta extraña novela, como fantasmagoría etérea, pareciera ubicarse entre lo literario y lo sub-literario: Asume la mezcla del relato fantástico medieval [la épica del Amadís de Gaula o El Cantar de Rolando] y su revisita contemporánea [Borges, Julio Garmendia y su tocayo Cortázar] con la literatura digital de cordel que evade en apariencia cualquier posición ideológica y estética respecto al mundo globalizado y post-industrial. La literatura de folletín no sólo involucra la novelística de aventuras, los cómics, el drama amoroso, o un texto clásico de la consolación como “Los Misterios de París” de Eugene Sue; también incorpora sus realizaciones lights de hoy, desde el redescubrimiento de Tolkien, la didáctica invertida de Harry Potter, el manga japonés, la insulsez neorromántica de las sagas novelísticas como “Crepúsculo”, hasta esa ensayística inofensiva y baladí de los libros de auto-ayuda desprovista de la indudable poesía de la literatura sagrada [la Biblia, el Corán, los diálogos socráticos o los Vedas hindúes]. En este caso, a diferencia de César Aira en la novela “Los Fantasmas”, el autor no pretende parodiar el sub-género literario de terror o miedo para desmontar el orden socio-económico y político de su tiempo. Por el contrario, el pastiche narrativo apunta a develar [o encriptar] las contingencias y contradicciones de la voz narrativa, el oficio literario como tal y la problemática de la identidad que supone el exilio físico e interior.

      ¿Acaso esta novela apuesta por una propuesta fauvista que le distancie de la desilusión ideológica y estética, dadas las coordenadas equívocas del mundo actual? El fantasma comunista de Marx y Engels aún espanta al orbe, incluso en regímenes monárquicos teñidos de rojo como el caso de Corea del Norte. Sólo que se ve acompañado y confrontado por el Brexit anti-global y reduccionista de Theresa May, Donald Trump y la familia Le Pen [por supuesto, con su repulsión por la diversidad y la cultura del Otro: el Islam, la americanidad estadounidense y afro-caribeña, los refugiados y los inmigrantes latinoamericanos, por ejemplo]. La voz falsificada en el exilio, imperante a lo largo de la novela, se ocupa de su propio malestar de identidad que le inmoviliza entre el alma mestiza latinoamericana y la tarjeta verde. La tensión escritural vertida tanto en el estilo como en la psicología de los personajes, se desenvuelve en una estética neorromántica afín a Poe y su traductor venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde. El móvil es la alusión referencial por vía del plagio aparente o la imitación hiperrealista de la voz antecedente, bien sean los cronopios y famas de Cortázar [“Información sobre fantasmas. // Si usted encuentra uno por allí, no trate de acercársele para tomarse un selfie, existen miles de cosas que podrían irritarlos y hasta intentar pegarle” (p. 28)] o los dibujos de Doré y Goya e incluso la pintura de Roger Dean que ilustra los discos del grupo de rock sinfónico Yes. Hay también una marcada arista egotista y autorreferencial como factor posible de identidad, cuando Aguasola alude a sí mismo: “debería leer también Vasonegro y otras obras de este autor” (p. 34). A este respecto, el prólogo del libro [firmado por el profesor Eney Silveira Morales] es sumamente curioso, pues su superficialidad y el tenor didáctico, esteticista y moralizante rayan en lo caricaturesco y el galimatías, sin siquiera atisbar sus fortalezas y debilidades: “reflexiona sobre su propia forma de situarse ante la creación literaria para definir el estilo con que ha de direccionar su trayectoria como hombre de letras” (p. 23). Por tal razón, se nos antoja más bien la impostura de un heterónimo o, peor aún, la desencaminada buena intención de un amigo entrañable.

      Creemos que la novela importará a posibles y diversos lectores, por su construcción en un territorio indefinido, escurridizo y ambiguo. He allí su mayor virtud [que lo aleja de las autopsias deterministas, políticas y artísticas en blanco y negro] pero al mismo tiempo su fragilidad relativamente encantadora [el riesgo que supone la fusión de géneros y registros de habla en el discurso narrativo]. Se asimila, por ejemplo, a “Peonía” de Romero García en tanto su antecedente ejemplar: Proponerse la crítica política al régimen de Guzmán Blanco, para decaer en la novela amorosa y pastoril que la emparenta con “María” del colombiano Jorge Isaacs. A lo largo de su corpus, este Fantasma de Prospect Park musita, susurra y grita en un castellano neorromántico y anglosajón [¿registro neocolonial deliberado?], no obstante las ocasionales interrupciones de la voz criolla: “Entonces le dieron tres paradas por el culo y lo dejaron libre” (p. 113). La locación umbría, neblinosa e invernal de Prospect Park, Nueva York, constituye no sólo el enclave ideal y aislacionista en el que se mueven Onelio [¿poeta por ósmosis?], el fantasma y sus víctimas degolladas, sino en especial una aproximación pesimista y desangelada del mundo real con sus terroristas islámicos y de Estado, mercenarios militares, politicastros y transnacionales depredadoras. En una batalla al alba contra el ángel que le esclarezca la problemática de la identidad, Aguasola se vale de un instrumental plástico y estético de escarcha, papel marché y vidrios de colores, para manifestar su disconformidad metafísica con el entorno. Desde la evasión neo-modernista en el tratamiento del contexto histórico, de incontrovertible sesgo romántico, que apuntala al yo, hasta al anacrónico culto por la palabra “mas” como mantra lírico y de habla que reacomode el mundo. Onelio no se topa con un fantasma en pena, sino consigo mismo en el marco escindido y esquizoide de su soledad y el proceso doloroso de su propia destrucción. De nada le sirvió engañarlo durante la realización de las tareas de Hércules [recuperar la cabeza del fantasma, enterrarla y secuestrar a su asesino], esto es la primacía del mero ingenio sobre la ética personal, eso sí, resbaladiza y accidentada. El tesoro como premio al héroe o anti-héroe, representa un artilugio que maravilla y excita el apetito y la ambición, para luego entrampar y devorar a sus incautas y tentadas víctimas. La consolatoria frase final de la novela, Bonus Eventus, ¿es el mapa de la felicidad? o ¿es la llave de la súbita y azarosa fortuna material o de ultratumba? Este Tesoro presuntuoso, como el de la Sierra Madre de Bernard Traven y John Huston, pudiera ser polvo de oro que el viento nos arrebata en una lectura políticamente incorrecta del mundo y el texto literario.

      En Valencia de San Trotsky sin padrecito Stalin, miércoles 9 de abril de 2017.
 

domingo, 16 de abril de 2017

SUGERENCIAS PARA QUEMAR A JUDAS. José Carlos De Nóbrega

¿Cuál será la identidad del Judas de este fin de Semana Santa 2017? Respetando la elección de cada quien, he aquí algunas sugerencias y coordenadas que pueden ser muy útiles:
1.- Independientemente de la relevancia o el relativo anonimato del monigote a quemar, cerciórese que sea heredero del padrecito Stalin, dios tutelar de la traición, la mezquindad, la intolerancia y el envilecimiento. Su reinado afecta desde el muy odiado politicastro hasta los carritos chocones que pululan en Facebook y otras redes sociales.
2.- Es menester revestirse de un agudo sentido del humor, so pena de ser víctima de la pobreza espiritual del Judas por asar.
3.- Recuerde que la Quema de Judas, además de ser una deliciosa tradición popular, representa un ejercicio de catarsis colectiva que le viene bien a lo individual.
4.- Los funcionarios indolentes, los mitómanos, los poderes fácticos, los chismosos, los delatores y los misóginos son rigurosamente solicitados para prenderles el trasero con explosivos chinos.
5.- El testamento de Judas ha de tener picante, chispa crítica, altura conceptual y vocación por una Poética del Decir [expresión clara, combativa, popular y no demagógica]. No se toleran los panfletos politiqueros que esconden la frustación y la histeria de almas pavosas. Divórciese y no se desquite cobardemente de su esposa.
Por favor, comuníquenme por esta vía cuál fue vuestra festiva escogencia. Un abrazo en este domingo de resurrección.

sábado, 14 de enero de 2017

JOROPOS Completo!! Nuestra 2da producción completa para escuchar con let...


 
¡No se pelen este trabajo de Víctor Morles! Este extraordinario músico venezolano y su banda Natural nos ofrecen su segunda producción musical, "Joropos", un homenaje al joropo mirandino y a referentes contemporáneos como el Grupo Un, Dos, Tres y Fuera. Esta fusión del golpe mirandino, el jazz, el ska, la música clásica y afrocaribeña nos recuerda gratamente a Aldemaro Romero y el gran Vytas Brenner. Disfrútenlo y bailen escobillao. ¡Salud, Afición! El Administrador del Blog.
 

domingo, 8 de enero de 2017


LA MUERTE DE LA REPÚBLICA PETROLERA

José Carlos De Nóbrega

¿Y quién más que la muerte nos podía cantar? / Tarareamos este mundo de petróleo / Perdido el rostro la identidad el nombre. J.M. Villarroel París.

     Es menester retirarle el respirador artificial a la República Petrolera, distanciándonos de cualquier ejercicio retórico que oculte el despropósito político y los intereses económicos malsanos. La cultura alienante del petróleo, el consumismo que aún entraña, los fallidos planes de desarrollo de la nación, la corrupción y el empoderamiento de las roscas político-empresariales nacionales y foráneas, son síntomas esenciales de la enfermedad terminal de larga data que nos carcome sin piedad. El obsceno tutelaje transnacional de la industria impuesto por el Gomecismo, la nacionalización chucuta de 1976 en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, el caso del petro-espionaje en los años ochenta, la Apertura Petrolera en el segundo gobierno de Caldera y el golpismo petrolero de 2002-2003, constituyen algunas situaciones puntuales que forman parte de nuestra Historia Socio-económica y Clínica. Carlos Mendoza Pottellá en su reciente libro “Vigencia del nacionalismo petrolero. Dos ensayos” (2015), propone que el nacionalismo petrolero no está reñido con una óptima gerencia de la industria ni con la contraloría social de sus operaciones. Por supuesto, nos urge que la población conozca de primera fuente el devenir de la actividad petrolera en Venezuela, sin la intromisión perjudicial del discurso mediático antinacional. Insistimos en la lectura comprensiva tanto de la ensayística del petróleo [con sus Uslar Pietri, Domingo Alberto Rangel, Héctor Malavé Mata, Sader Pérez, Orlando Araujo o Pérez Alfonzo], como de la literatura [Díaz Sánchez, Otero Silva, Cubagua de Enrique Bernardo Núñez o la poesía de Villarroel París] y el cine documental de Jesús Enrique Guédez.

     No se trata de deponer a la industria del petróleo como palanca importante de un desarrollo integral y sustentable de la República. No apostamos por un fundamentalismo ecologista ni por la reedición de una explotación intensiva propia del neocolonialismo. Parafraseando a Mendoza Pottellá, desmontar la mitología de la República Petrolera [el adelanto de la reversión y la apertura petroleras a partir de 1976] traería consigo no sólo reducir la carga fiscal que pesa sobre Pdvsa, desbaratar el control politiquero de la industria y realizar la reinversión en el sector, sino especialmente propiciar cambios sensibles en el modo de producción socioeconómica en todos los órdenes. Se ocasionaría un cataclismo en el Capitalismo de Estado y el parasitario de los empresarios maulas: El Estado se dedicaría a mejorar ostensiblemente los servicios públicos como la educación, la salud, la justicia, la electricidad, el agua y las comunicaciones; mientras que la actividad privada se desarrollaría eficazmente en un mercado relativamente sano que diste del proteccionismo, el excesivo intervencionismo gubernamental y el doble discurso de la competencia económica emitido por las transnacionales. Sembrar el petróleo en el contexto de los conflictos de intereses políticos y económicos, ha de apuntar a la diversificación de la economía en términos realistas que procuren abatir a los oligopolios de siempre.

     Dejar morir al rentismo petrolero, no será viable si no oficiamos una misa de difuntos al ejercicio político de oficio, de por sí despolitizado en la auténtica acepción de la palabra Política, además de su funcionarismo hipertrofiado e inútil que le chupa el lomo. Las comunidades organizadas representan la instancia superior de combate a los cogollos partidistas, las sociedades de cómplices invasivas y la cultura del petróleo denunciada por nuestra intelectualidad de raza. ¿Por qué no infiltrar una contracultura del petróleo [ajena al consumismo] en los aparatos ideológicos diseñados por el Estado burgués? ¿No le sale a la población boicotear decididamente este especulativo mercado negro en el que redujeron al país? Cuando la intermediación o gestoría política no deshace los entuertos, se enculilla con la reacción desesperada o concienzuda de la ciudadanía. De manera que no la empuja a vender la primogenitura por un plato de lentejas. Los piqueteros sacaron a De la Rúa de la presidencia de Argentina, sin que la policía ni el ejército los disuadieran. La rebelión y el cambio social no pueden limitarse a un par de manchas de tinta sobre el papel, ello en el egotismo unidimensional y fútil de la pluma. Como lo observa Manuel González Prada, la libertad de expresión sin la de acción sacrifica la solución definitiva de los problemas a expensas de lo accesorio.

     No perdamos el tiempo, puesto que es hora de preparar las pompas fúnebres del Rey Petróleo para aparejar un díscolo país distinto al desmadre de hoy.       


    

             

            

miércoles, 28 de septiembre de 2016

JESÚS ENRIQUE GUÉDEZ: CINE Y POESÍA. JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA


JESÚS ENRIQUE GUÉDEZ: CINE Y POESÍA


José Carlos De Nóbrega

Al desamparo crecíamos y así fuimos procreados. Jesús Enrique Guédez.

     El cineasta y poeta Jesús Enrique Guédez (1930-2007) es un caso afortunado de integración de las artes en Venezuela. Oscar Garbisu nos advierte que su obra cinematográfica documental y de ficción está tocada decisivamente por un aliento poético muy personal. Por otra parte, Edmundo Aray deja una propuesta que nos parece pertinente: la edición de sus films en CD y DVD, amén de la publicación de un libro especial contentivo de sus reflexiones sobre el oficio artístico y los ensayos críticos acerca de su obra literaria y fílmica. Por nuestra parte, hemos revisitado hace poco algunas de sus películas documentales disponibles en internet. También rescatamos del sueño bibliotecario su libro de poesía “El Gran Poder” (1991), el cual incluye textos provenientes de los poemarios “Las Naves” (1959) y “Sacramentales” (1961). No obstante la temática urbana de muchos de sus cortos y mediometrajes, subyace en ellos la tensión entre el campo y la ciudad patentes no sólo en el devenir de la República petrolera, sino también en el curso y el caudal mismo del río que es la poesía venezolana.

     Permítanos esta contingente panorámica del cine documental de Guédez. “La Universidad vota en contra” (1969, 16 mm, B/N, 20 min) trasciende el registro de un proceso electoral universitario: Se convierte en crónica y ensayo fílmico del proceso de Renovación universitaria en Venezuela que acompañó al Mayo Francés. Hay un manejo notable de la entrevista [por ejemplo, la de Jorge Rodríguez padre], la crítica materializada en el cartel y la asunción de una pedagogía política liberadora. “Desempleo” (1970) es un documento mordaz y rebelde que trata el tema en un collage integrado por cuadros estadísticos a modo de pintas políticas en la pared, la entrevista no estructurada que da nombre y visibiliza al desempleado César Quintero, y una escena en la que un ciego encarna la informalidad cantando cuadros hípicos sellados del 5 y 6, como si fuese un lienzo de Zurbarán o una novela picaresca. “Bárbaro Rivas” (1968, 16mm, 6 min) deja respirar la pintura inquietante y maravillosa de este profeta de Petare, detalle a detalle, sin la intermediación de voz autorizada alguna. Sólo auscultamos el corazón salvaje del artista en un rosario de frases líricas, esclarecedoras y esquizoides apenas perceptible. “Pueblo de Lata” (1972, 16mm, B/N, 20 min) constituye una muestra imprescindible del género en América Latina: El campamento o barrio periférico fundado por el éxodo campesino, es un poema objeto que nos remite a la pintura de César Rengifo y las calacas de José Guadalupe Posada. El collage alcanza la madurez de la profecía política y la didáctica revolucionaria que reconviene a los poderes fácticos, tenemos entonces una cartilla crítica y rebelde como la del poeta Lêdo Ivo; en este caso prevalece la crudeza de la imagen y el ritmo del montaje, los carteles increpantes, además de la mixtura paródica del cómic y la caricatura que nos conduce al humorismo negro y atrabiliario. El arte pobre [verbigracia Claudio Perna] no responde sólo a la precariedad de los recursos, sino más bien concluye que no hay virtuosismo que sublime a la miseria. “Testimonio de un obrero petrolero” (1978, 16 mm, color, 40 min) explora el poco tratado tema petrolero por el arte venezolano. Documental invaluable preñado de la magia poética y argumental de Guédez: el margariteño Manuel Taborda [quizás uno de los buzos vindicados en la novela “Mene” de Díaz Sánchez] desarrolla en la puerta/pizarra de una Guacharaca, la didáctica del presidio y la represión obrera en el campo petrolero con sus grillos y cepos de pies y pescuezo. Se trata de una clase sin par sobre la esclavitud asalariada y las castas del petróleo, en la ausencia de la intelectualidad tarifada. Las fotos fijas y antiguas fungen de divisiones capitulares [Primer trabajo, Primera protesta, La Guacharaca, Huelga del Garaje], titulación complementada por películas de época. Apostilla del poeta Guédez mediante: “Mitologías de mi primer film de pozos petroleros y bañistas desnudas con gesto de otro idioma”.

     En el formato de video, Jesús Enrique Guédez destaca en la celebración de la palabra de nuestros más queridos escritores y poetas. “Miguel Ramón Utrera” (1991, 20 min) ratifica su maestría en la entrevista no estructurada a la manera de un diálogo sabroso y desenvuelto. La austeridad técnica, aliñada con los Cuartetos 1 y 5 de Mozart, apunta a la transfiguración lírica del paisaje por vía de la voz campesina y exiliada de Utrera que dialoga con la del mismo Guédez [viaje por carretera vieja a San Sebastián de los Reyes y Puerto Nutrias, respectivamente]. También coinciden en la categorización metafórica de las Sombras multiplicadas en las dictaduras, la crápula de los partidos políticos y los burócratas, asimismo los espejismos de la prosperidad embustera del petróleo. Que “Nocturnal” (1936-1940) y los “Poemas Informales” de Utrera, más los poemas en prosa de Guédez en “Sólo quiero ver un eclipse” que retrotraen a Rulfo y Armas Alfonzo, engorden el ojo del espectador agradecido. “José León Tapia” (2000, 22 min) es otro diálogo revelador y libertario que se regodea en el mundo de los muertos y los fantasmas: Los personajes históricos y de ficción pueblan novelas inquietantes y febriles, en la soledad del luto paterno y la reconstrucción de la muy castigada Historia de Venezuela. Se deja respirar la pasión de Tapia por el país [con sus esperanzas frustradas y sus vencidos], escondida en los bolsillos de su guayabera blanca. Nos canta Guédez: “Hablen. Acorralen la soledad. Oh esa palidez de las instalaciones de carburo que recorre los amplios corredores de mi infancia”. “Juan Sánchez Peláez o la amistad de los poetas” (2004, 31 min) complementa la voz de este poeta con los testimonios de Malena [su esposa quien dice: “Tengo la mufa negra porque Juan se va”], Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo, Jesús Sanoja Hernández y Adriano González León en una tierna tertulia colorista. Finalmente, “Saludos, precioso pájaro” (2005) es un corto intenso, poético y amoroso en el que la ternura sin igual de Ramón Palomares recorre el páramo, las calles empinadas de Escuque y el ámbito íntimo de su casa donde siempre resbala y recala la llovizna. El fundido encadenado, el plano detalle dulce de las manos de Ramón, la música de los Violineros de Trujillo y el tremor emotivo de la cámara en mano que parte del espejo y se aleja buscando el cielo, corresponden con el personalísimo vínculo indisoluble entre la Poesía y el Cine. ¡Saravá! Valencia, sábado 24 de septiembre de 2016.         


 
 

DOS FILMES DE MIGUEL GUÉDEZ. JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA


DOS FILMES DE MIGUEL GUÉDEZ

José Carlos De Nóbrega

Ni la clase media ni la burguesía nacional, por lo tanto la revolución, como el cine, dialoga entonces con las fuerzas potencialmente revolucionarias de la sociedad. Julio García Espinoza.

     Miguel Guédez (Caracas, 1983) es un joven cineasta de raigambre popular divorciado, claro está, del populismo y la consolación en el campo de la política y el arte. Si bien hijo y heredero de la obra de su padre, el cineasta y poeta Jesús Enrique Guédez, él nos ha demostrado con sus propios films una personalidad indiscutible que no comulga en el parricidio simbólico ni en la santificación estéril de su antecedente. Su propuesta apunta al desmontaje crítico de los equívocos históricos de su entorno, la desconfianza de toda referencia ideológica en tanto falsa conciencia y la dinámica transparente de su discurso cinematográfico. En un artículo publicado en la extinta revista “Se Mueve”, n° 1, enero-febrero 2011, abomina del imperio de los artificios técnicos en la ausencia del corazón creador: “¿Por qué nos cuesta tanto permitirnos reír como reímos, llorar como lloramos y hasta matar como matamos?”. Las interrogaciones, desprovistas del dramatismo romántico, se reconvierten en una poética posible de un cine alternativo, inquisitivo, popular y rebelde.

     Tomemos dos de sus películas recientes en internet: “El cine político de Guédez” (2013, documental, 24 min) y EX (2015, ficción, 13 min). En el primer caso, tenemos una aproximación apasionada pero no apologista a la obra cinematográfica de Jesús Enrique Guédez. Nos parece un ensayo fílmico que permite la respiración de los entrevistados en torno a nuestro autor fílmico y literario, además del flujo vivaz de las imágenes de archivo seleccionadas y montadas con suma precisión y estupendo pulso rítmico. La visión panorámica del tema, si bien cronológica, se despliega en el soporte y la disposición argumentativa del discurso documental que sugiere la revisita de los aportes de Pasolini [en torno al cine poesía], Pío Baldelli [el cine político y el mito de las superestructuras], Julio García Espinoza [cine revolucionario] e incluso el manifiesto del cine pobre de Humberto Solás. Por fortuna, sin incurrir en los vicios de la cita culterana como trampa academicista e ideologizante: El realismo crítico, poético y popular de Jesús Enrique Guédez se desenvuelve en la vitalidad de los niños que simulan en el barrio fusilamientos y juicios sumarios a la pobreza; los autorretratos del desempleado, la madre proletaria y el obrero petrolero que son reivindicados en una estética de la fealdad afín a Baudelaire y Pocaterra [pues la gente se ve y reconoce en el film sin intermediación alguna]; los cartelones, las pancartas y el estrépito del megáfono como recursos de insurgencia; o la fusión del compromiso político y el aliento poético arrebatador de “El Iluminado”, su único largometraje de ficción. Por supuesto, se trata de visibilizar al atribulado ciudadano a campo traviesa, sin la estridencia de los efectos especiales de la industria cinematográfica, ni las líneas editoriales de los medios y redes sociales en las peores manos. Ensayado y ensayista se reconcilian en hacer estallar las calles con un cine díscolo y logrado.

     El cortometraje de ficción “EX” no escapa tampoco a las preocupaciones por el país y su coyuntura histórica patente en el desmadre socioeconómico y el despropósito político. Revela las contradicciones y la decadencia del modelo rentista petrolero, con sus altas dosis narcóticas de consumismo y la débil diversificación productiva. Protagonizado por un magnífico Roger Herrera y un flemático Jean Franco de Marchi, el film establece el duelo silente entre el ex guerrillero y el corresponsal extranjero en el caos ruidoso, carnavalesco y descoyuntado de la República petrolera. Los monólogos de ambos comprenden los murmullos bipolares del insurgente aindiado, vencido y traicionado, amén del fluir apolíneo [¿liberal?] de la conciencia del periodista carente de certezas cual cronista de Indias. Incluso llama la atención la bibliografía de bolsillo que esgrime cada quien: en el caso del ex combatiente el “Anti-manual” de Ludovico Silva, garrote heterodoxo contra el estalinismo y el realismo socialista; y en lo que toca al pérfido reportero protestante, “Los caminos de la libertad” de Bertrand Russell, encrucijada del atomismo lógico y el pesimismo en torno al abuso de la ciencia que reedita al Stevenson de Doctor Jekyll y Míster Hyde. Simón Bolívar, mediatizado y manipulado desde 1830 por inquisidores políticos impresentables, no es más que un espectro silencioso ante la cefalea taladrante del marginado en el teatro de las ilusiones más decepcionante. Sin embargo, Miguel Guédez no desmaya en las inhóspitas locaciones de la nación y el continente, pues el maremágnum del debate en medio del escurridizo y escindido momento histórico, es caldo propicio para la configuración de una perspectiva cinematográfica de clase.