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domingo, 10 de enero de 2021

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (6). JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


[VI, A Modo de Colofón]

La deficiencia de la falsificación hecha carne y sangre en los Protocolos radica tanto en la dislexia histórica y científica, como en su optimismo político, y sobre todo en el resentimiento y la intolerancia resguardados en las tinieblas del espíritu humano.

“¿Y qué causas no inventamos de los males que nos ocurren, y a qué no nos acogemos, con razón o sin ella, para desahogarnos? No son las rubias trenzas que desgarras o el blanco pecho que tan cruelmente hieres los que han hecho caer bajo el plomo a tu amado hermano”, nos lo recuerda Montaigne en el maravilloso ensayo “De cómo el alma pone sus pasiones en objetos falsos cuando le faltan los verdaderos”. Es el síndrome de Caín, con respecto al cual todos los hombres somos propensos pues subyace en nuestra naturaleza. Impulso homicida, primario, que entenebrece el semblante y el entendimiento: se revierte en contra nuestra el embaulamiento de la voluntad acanalada en los constituyentes espirituales de nuestra cultura. “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:22-23). La problemática del ser y el hacer, fundamentada en el desconocimiento que sostenemos de nosotros mismos, acicateada por la angustia de descifrar la abstrusa confrontación que mantiene “la legión” que llevamos dentro. Entretanto el reloj se desarma y son frustrantes los intentos por juntar sus fragmentos, lo que equivale decir la lucha en contra de la muerte física y espiritual. En procura de estructurar un balance, pues el establecimiento de un juicio, vicio que cuesta superar, se realiza día a día dentro y fuera de nosotros, verificamos que no encontramos qué hacerle decir a esta máquina cuyo carrete se atascaba al ritmo de la indecisión y el nerviosismo. Lo disperso de nuestras plegarias no ayuda a nuestra fe.

El calor es oprobioso, le sienta bien a esta sensación de inutilidad, de abulia, de miedo. Ante las escuálidas páginas de nuestro diario, en medio de una crisis de carencia de embriaguez –la cual nos fastidia terriblemente-, tratamos de flagelarnos en el onanismo de nuestras ensoñaciones, ilusiones y proyectos piadosos, temerosos de una repentina muerte. Pero la página permanece en su alba inmutabilidad. Y es entonces cuando estamos dispuestos a sacudir el trasero de la máquina para facilitar el deslizamiento fluido del carrete: salvar nuestra responsabilidad escondiendo el talento que se nos ha confiado.

Es menester el sacrificio de una víctima que sustituya la mutilación y la destrucción de los miembros nuestros. Inmolaremos al otro, nuestro semejante, para así asegurar nuestra salvación.

Nuestro Juicio, nuestra Salvación y nuestros holocaustos, deben proveerse de un Matadero adecuado, el cual reproduzca simbólicamente tal Trípode. Prosigue Montaigne: “Vemos también que el alma, en sus pasiones, se erige temas falsos y fantásticos, incluso contra su propia creencia, antes de carecer de cosa en qué ocuparse. Por ello las bestias, en su cólera, muerden la piedra o el hierro que las ha herido o se vengan en sí mismas, a dentelladas, del mal que sienten”. Valgan dos casos seculares: Ni la salvaguarda de la pureza racial aria justificó la matanza sistemática de los judíos europeos en los campos de concentración nazis, ni tampoco la seguridad del Estado de Israel –en la vocinglería del Likud- absuelve la responsabilidad de su ejército cuando, teniendo el control militar y territorial en El Líbano, permitió que en 1982 la falange cristiana libanesa asesinara a indefensos palestinos tanto en sus campos de refugio como en los hospitales. [Qué decir al día de Hoy, año 2021, respecto al hecho de convertir la Teocracia israelita a la Franja de Gaza en el mayor campo de concentración en el mundo, reduciendo la patria palestina a un ghetto y no reconociéndola como una nación digna de respeto. Los fanáticos religiosos de Israel, no dudaron en el magnicidio de Yitzack Rabin quien tuvo el atrevimiento de firmar el acuerdo de paz de Camp David con Yasser Arafat, infiltrando sus anillos de seguridad. Tiempo después, Arafat falleció víctima del envenenamiento subcutáneo con una sustancia química mortífera. Giro envilecido de 180°, de pueblo perseguido a régimen totalitario genocida. La Shoah y la Nakba han marcado en su confrontación discursiva y político-militar, la historia compleja y harto accidentada del Medio Oriente, polvorín inquietante del mundo].



Interpuesta la digresión, apuntemos que el mito de la conspiración judía, sostenido por estos hombres ciegos y atormentados, descansa en esta falsa tríada: que se suponga la existencia de una raza judía, que por los siglos de los siglos (ab absurdo) se le responsabilice absolutamente por el Deicidio en la Cruz – obviando su trasfondo histórico y teológico-, y que el sionismo conlleve pretensiones [supra] imperiales más allá de las fronteras del Estado de Israel.

La pureza racial ni existe como tal, ni mucho menos se puede asociar con la resbaladiza noción de nacionalidad. Por lo tanto, la raza judía sólo es pasto de la mentalidad y el febril discurso del fanatismo religioso (tal es el caso de San Isidoro de Sevilla y de Sergey Nilus) y político; el judaísmo sencillamente es un modo de vida religioso al igual que el cristianismo y el Islam –no me refiero a su institucionalidad-. En consecuencia, no todos los israelíes son judíos, pues los hay ateos, socialistas, materialistas e incluso cristianos. Asimismo tenemos que recordar que el término semita, de carácter racial, no es tan sólo imputable a los judíos, sino que se refiere a una familia de pueblos asiáticos que incluye tanto a hebreos como a caldeos, arameos, fenicios, árabes y beduinos africanos entre otros.

El sionismo, en tanto ideal y movimiento tendiente a la reconstrucción de la unidad nacional y política de Israel, aspiración que en principio es legítima y respetable [siempre que no se atropelle a los países vecinos, en especial Palestina], sí supone la condición del judaísmo. Lo cual nos desdice sus irregularidades y defectos, pero tampoco el apoyo de la diáspora hebrea a dicha causa [no en balde su participación accionaria en las transnacionales que poseen su propia dinámica de poder disfuncional] puede dar pie a elucubraciones relativas a su protagonismo en la de por sí inconsistente intriga judía mundial; por su parte, Juan Nuño en su agudísimo y duro ensayo titulado “Sionismo, marxismo, antisemitismo. La cuestión judía revisitada” (1986), declara que, más bien, el sionismo “no es otra cosa sino la aceptación pasiva y resignada de la tesis cristiano-marxista sobre la autenticidad y especifidad de un problema judío”. Por supuesto, la cuestión judía per se no existe sino gracias al antijudaísmo de la institucionalidad cristiana, que la impuso profundamente en la cultura de Occidente. [Ahora, la controversial tesis de Nuño nos movería a procurar comprender el por qué el Estado Teocrático de Israel practica con tal impiedad el racismo y la intolerancia con sus hermanos palestinos].



Sergey Nilus, resentido por no lograr ser el confesor del Zar, y el cual, en consecuencia, ocupó su desilusión en retomar el carácter apocalíptico de la estrafalaria conjura hebrea mundial, sin duda desestimó el mandamiento implícito en el último libro de la Biblia: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, por lo que estarán los perros afuera (…) y todo aquel que ama y hace mentira”. Entretanto, aquí en la Tierra, pre-juicio final, sus seguidores persisten en las calles como aquella metáfora del horror creada por la lúcida pluma de José Saramago, la perra Ugolina, la cual “babeando sangre, gruñendo ante las puertas, aullando en plazas y jardines, mordiendo furiosa su propio vientre donde ya está gestándose la próxima camada”, recorre la Lisboa inundada por el invierno.

 

Valencia, Julio-Septiembre de 1995     

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (4). JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


[IV, Más de la falsificación]

En 1869 se publica “Le juif, le judaisme et la judaisation des peuples chrétiens” de Gougenot des Mousseaux, libro considerado por Cohn la “Biblia del antisemitismo moderno”. Nuevamente los [reaccionarios] franceses retomaban el protagonismo del movimiento antijudío europeo. Su árido planteamiento consistió en la resurrección de las tesis, si así pueden denominarse, demonológicas del catolicismo medieval, salpicadas por una obtusa hermenéutica del apocalipsis de San Juan y su fácil “modernización”, invirtiendo y pervirtiendo los pasos necesarios para el logro de una reflexión seria de todo asunto: partir de la hipótesis –transmutada en dogma y misterio- y luego ajustar a cómo dé lugar los hechos (ars de escribientes que sólo funciona para confeccionar best sellers, como ejemplo tenemos a Von Danïken y a J.J. Benítez, esta vez la conspiración traducida en este valle de lágrimas es extraterrestre). Sólo que la raíz de la cuestión judía descansaba en la legión de “los judíos de la cábala”, cofradía diabólica que venía rindiendo “un culto sistemático del mal, establecido por el Diablo en el comienzo mismo del mundo” (Norman Cohn, op. cit., pág. 41), comprendiendo su genealogía a los hijos de Caín, de Judá, a los gnósticos, los maniqueos, la secta de los asesinos y luego a los templarios y a los masones. Esta Anticábala, no por su pretensión de serlo y lograrlo, sino por lo unidimensional y lo anodino de sus propuestas e implicaciones, persiste en la tradición sub-literaria antijudía, la cual semeja a un decrépito orfebre que elabora un rosario ensartando cuentas de diverso tamaño, color, peso y diseño, y al final no se sabe si es escapulario o collar matapulgas. El desconocimiento de la religión, la filosofía, la historia y las sociedades secretas como tales, por parte de des Mousseaux, es harto obvio, ya que la cábala –categoría que surge por vez primera en el siglo XI en los textos teosóficos de Salomón Ibn-Gabirol, y que proviene del hebreo “kibbel”, recibir- compendia la remota tradición mística judía, manifiesta en “teorías tan numerosas y tan profundas como las de la emanación divina, la cosmogonía, la angelogía, el hombre y su papel en el mundo, el mal, la ética y la redención” (Perle Epstein, El laberinto privado de Malcolm Lowry). Está recogida en obras tales como el Zohar, y terminantemente no es una sociedad secreta como aún pretenden los profanos. Existe también una cábala cristiana, cuyo precursor fue Raimundo Lulio (1225-1315), expuesta y divulgada por autores como Pico della Mirandola (1463-1494) y Cornelio Agrippa (1486-1535), contando inclusive con la consideración del Papa León X. En definitiva, des Mosseaux contribuyó,  junto a tantos de su calaña, a una de las acepciones más infelices de dicha palabra: “Fig. y fam. Trato secreto: andar metido en una cábala” (Pequeño Larosse Ilustrado). Del mismo modo le develaría a Hitler la identidad del Anticristo: El Estado judío “constituye, desde el punto de vista territorial, un Estado sin límite alguno” (Adolfo Hitler, Mi lucha, Editorial Época S.A., México, 1986, pág. 117), lectura y sentencia materializada en la Internacional Comunista, en la Sociedad de las Naciones y en las bolsas de valores europeas y norteamericana!

Antes de proseguir, hemos de apuntar nuestro desacuerdo con Norman Cohn cuando éste, en la página 41 de la obra ya reseñada, sugiere que la Cábala es un conjunto de “creencias religiosas arcaicas y semiolvidadas”, lo cual es absolutamente falso y tendencioso. Sorprende sobremanera que el historiador medievalista dé la espalda, no sólo a sus estudiosos y seguidores del siglo XX –como en el caso de Perle Epstein-, sino también a un par de obras maestras de la narrativa contemporánea: Bajo el Volcán de Malcolm Lowry, y El Golem de Gustav Meyrink. La primera de ellas, de una riqueza poética, alegórica y estructural, refiere la tragedia y la caída del Cónsul Geoffrey Firmin en el círculo infernal que él mismo se fue trazando durante la desatinada búsqueda salvífica, en base a una interpretación peculiar de la Cábala –sobre todo la alegoría del jardín proveniente del Zohar, la cual impregna la totalidad de la novela- tanto de parte del autor como del personaje protagonista. En El Golem, Meyrink –que según Borges era “un buen terrorista de la literatura fantástica”- nos ofrece una extraordinaria versión del legendario homúnculo crado por los cabalistas gracias a la palabra –el oculto nombre de Dios-; artificio mágico y lingüístico que parte de la creación misma del mundo y la humanidad: Dios se manifiesta a través del verbo, “Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (San Juan 1:2-3). Borges en su ensayo “Una vindicación de la Cábala” nos dice: “Ni es ésta la primera vez que se intenta ni será la última que falla (…) no quiero vindicar la doctrina, sino los procedimientos hermenéuticos o criptográficos que a ella conducen”, reconociendo así las deudas que la literatura tiene con el conocimiento cabalístico, se esté o no de acuerdo con él. [En Venezuela, tenemos al poeta de origen judío, simbolista y modernista Elías David Curiel, de versos tan enigmáticos y multisugerentes como el discurso cabalístico como tal].

sábado, 9 de enero de 2021

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (3). José Carlos De Nóbrega

 


[III, Los Protocolos como falsificación de una novela del XIX]

Sesenta y dos años después, en su novela “Biarritz” (1868) [veinte años después del “Manifiesto del Partido Comunista” de Marx y Engels] Hermann Goedsche, un ramplón burócrata del servicio postal de Prusia –falsificador de correspondencia y agitador político a posteriori-, incluyó un capítulo titulado “En el cementerio judío de Praga”: celebrando la fiesta de los Tabernáculos, alrededor de la media noche y ante un fuego fatuo posado sobre una lápida, transfiguración del hijo del maldito, trece “jodíos” (representantes de las doce tribus de Israel y de la Diáspora) se reúnen e intercambian informaciones sobre sus actividades sediciosas en pro del dominio del mundo, las cuales comprendían la centuria transcurrida desde la última sesión. La escena y el inventario coinciden absolutamente con la esencia de las actas de los Protocolos resumidas en el Discurso del Rabino, testimonio de su veracidad de origen judío atribuido –claro está- a un rabino y pronunciado en 1880:

GOEDSCHE.- Opresión financiera sobre “todos los príncipes y los gobiernos de Europa” a través de empréstitos (Rubén).

GRAN RABINO.- “Hoy, todos los emperadores, reyes y príncipes reinantes, están llenos de deudas (…) para poder sostener sus tronos que se tambalean. La Bolsa, cotiza y regula esas deudas, y nosotros, somos en gran parte, los dueños de las Bolsas de casi todas las plazas. Por consiguiente, facilitar cada vez más y más estos empréstitos, es a lo que tenemos que aplicarnos”.

GOEDSCHE.- División de los latifundios para que la tierra pase a manos judías (Simeón).

GRAN RABINO.- “Nuestro deber será, en lo posible, tratar de que las grandes propiedades sean fraccionadas, a fin de que podamos adquirirlas más fácilmente”.

GOEDSCHE.- Aniquilación de la clase artesana y su consecuente transformación en clase obrera manipulable política y sindicalmente (Judá).

GRAN RABINO.- “y cuando las propiedades hayan pasado a nuestras manos todo el trabajo del proletariado cristiano será para nosotros fuente de inmensos beneficios”.

GOEDSCHE.- Debilitamiento de la Iglesia Cristiana por vía del libre pensamiento (el levita Aarón).

GRAN RABINO.- “Siendo la Iglesia Cristiana uno de nuestros más poderosos enemigos, tenemos que trabajar (…) para que su influencia disminuya; es necesario implantar (…) las ideas del libre pensamiento, del escepticismo, del cisma, y procurar disputas religiosas que tan fecundas son en divisiones y sectas del cristianismo”.

GOEDSCHE.- Descrédito del militarismo monárquico y nacionalista (Isacar). Fomento de las revoluciones y del progreso social (Zebulón).

GRAN RABINO.- “De este modo podemos sublevar las masas cuando queramos (…) y cada una de esas catástrofes dará un gran avance a nuestros íntimos intereses y nos acercará rápidamente a nuestro único objetivo: reinar sobre la tierra, como fue prometido a nuestro Abrahán”.

GOEDSCHE.- Judaización de los Estados por medio del acaparamiento de los cargos burocráticos (Neftalí).

GRAN RABINO.- “Es necesario que todos los cargos públicos puedan ser accesibles a los judíos, y cuando hayan conseguido llegar a ser funcionarios, (…) apoderarnos de un manantial de verdadera influencia y verdadero poder”.

GOEDSCHE.- Monopolización de los mercados (Dan).

GRAN RABINO.- “El comercio y la especulación, estas dos fuentes que pueden ser tan abundantes en beneficios, no deben ser nunca arrancadas de manos de los israelitas”.

GOEDSCHE.- Obtención de beneficios económicos, sociales y carnales a través del matrimonio y la fornicación adúltera “con mujeres cristianas y no judías” (Aser).

GRAN RABINO.- “Los judíos deben poner fin a la indisolubilidad de los casamientos cristianos, y establecer por todas partes, los matrimonios civiles (…) Debemos favorecer los casamientos entre israelitas y cristianos (…) la mezcla de cierta cantidad de sangre impura en nuestra raza, elegida por Dios, no podrá corromperla y nuestras hijas nos proporcionarán con esos casamientos uniones con familias cristianas que tengan algún ascendiente y poder (…) Será muy conveniente que los israelitas se abstengan de tener por queridas mujeres de nuestra santa religión, es mejor que para ese empleo las elijan entre las vírgenes cristianas”.

SAN JUAN DE LA CRUZ.- [Desde la sórdida y mala prisión a la que lo sometió la Santa Inquisición Española, la mismita que encerró al traductor de Dios Fray Luis de León]

“¡Oh ninfas de Judea!,

En tanto que en las flores y rosales

El ámbar perfumea,

Morá en los arrabales,

Y no queráis tocar nuestros umbrales”.

GOEDSCHE.- “Manasés incluye una serie de discursos con una exhortación apasionada a la captura y el control de la prensa” (Norman Cohn, op. cit., pág. 33).

GRAN RABINO.- “Si el oro es la primera potencia de la tierra, el segundo lugar lo ocupará la Prensa. ¿Para qué sirve el primero sin la segunda? (…) es de una necesidad incuestionable que, la dirección de los periódicos pase a nuestras manos (…) nos harán pronto dueños de la opinión pública, la que nos entregará las masas bajo nuestro poder”.

GOEDSCHE.- “¡Renovemos nuestro juramento, los hijos del becerro de oro, y vayamos a recorrer todos los países de la Tierra!” (Aarón, y a continuación reaparece el fuego fatuo sobre la lápida, la cual recibe posteriormente las trece pedradas que a su vez harán aparecer al horrendo bovino).

FUEGO FATUO.- (A Mefistófeles) “Ya veo que sois el amo, y de buen grado me allano a serviros” (Goethe: Fausto, la noche de Walpugis, escena XXI).

GRAN RABINO.- “Es la décima vez, desde hace mil años de lucha atroz e incesante con nuestros enemigos, que se reúnen en ese cementerio, alrededor de la tumba de nuestro Gran Maestro Caleb, Santo Rabino Simeón-Ben-Jhuda, los elegidos de cada generación de Israel, a fin de ponerse de acuerdo sobre los medios que deben emplear para, de las grandes faltas y pecados que no cesan de cometer nuestros enemigos los cristianos, sacar las mayores ventajas para nuestra causa (…) A nosotros pertenece ese Dios (Mammon), desde el día en que Aarón, levantó en el desierto el Becerro de Oro, esa divinidad universal de la época”.

(Los parlamentos del GRAN RABINO correspondientes a nuestra parodia, son un pastiche textual del Discurso del Rabino en las tres versiones recogidas en Serge Nilus: Los Protocolos de los Sabios de Sión (1902), por J. Fernández, Ediciones Petronio S.A., Valencia-Barcelona, España, 1975, págs. 37-59. Las tres son: la de John Readclife (1886), la reproducción reducida de éste por un Rabino en el Congreso de Lemberg (1911), y la copia del discurso –titulada “Un rabino, a propósito de los Goim” (1901)- por el editor alemán de los Protocolos).

QUEVEDO.- “Las doce tribus de narices era,

Erase un naricísimo infinito,

Muchísimo nariz, nariz tan fiera,

Que en la cara de Anás fuera delito”.

(Sin embargo, se encontraban dos convidados de piedra no muy lejos de allí: Un intelectual alemán partidario del pangermanismo, y, no podía faltar un judío converso, un precioso marrano, abrazados en el combate sin tregua a tan repulsiva conspiración).

GOEDSCHE Y BISMARK.- “Los grandes problemas de hoy no se deciden con discursos, ni tampoco con el voto de las mayorías. Ese fue el error de 1848 y de 1849 (Bismark en esta declaración se refiere a lo acontecido en Francia y en Alemania, el derrocamiento del rey Luis Felipe de Orleans y proclamación de la Segunda República, y la constitución del Parlamento Nacional por un movimiento liberal y su oferta del trono rechazada por Federico Guillermo Rey de Prusia. Apología de la unificación política alemana en torno al Kaiser). Se deciden con sangre y con hierro”.

GOEDSCHE Y DISRAELÍ.- “De modo, mi querido Coningsby, ya ve usted que el mundo está gobernado por personajes muy distintos de los que imaginan quienes no se hallan entre bastidores”. ¡Dios salve a la Reina! 

La ficción novelística de Hermann Goedsche conformaría paradójicamente el Discurso del Rabino en tanto prueba inobjetable de la autenticidad de los Protocolos. En la versión de los Protocolos de Fernández ya descrita, página 35, se nos indica que el diplomático inglés Sir John Readclif lo publica “bajo el título de ‘Reseñas de los acontecimientos político-históricos acaecidos en los diez últimos años’ (…) tomado de ‘El Contemporáneo’ de 1° de julio de 1886”, es decir seis años después de su pronunciación. También Fernández presenta un segundo documento, consistente en una versión condensada del mismo, llevada a cabo por otro rabino en el todavía inexistente Congreso de Lemberg (1911). En cambio Francois Bournard reproduce el discurso  en “Les Juif et nos contemporains” (1896), y argumenta que “el verdadero programa de los judíos expresado por el… gran rabino John Readclif… Se trata de un discurso pronunciado en 1880”. La primera edición sueca (1933) del discurso declaraba que, a modo de prólogo, Sir John Readclif había ofrendado su vida en la revelación del complot judío internacional. Si Readclif no encarnaba en este sainete al rabino, ¿cuál sería entonces su identidad? Otras versiones le atribuirían dos nombres: en un caso, respondería por el de Reichhorn, y en el otro por el de Eichhorn, una erre más, una erre menos, qué importa, pues lo que contaba era la gravedad del discurso en sí. Y bien, ¿qué papel tocaba al tal Sir John Readclif? ¿Acaso el pasaje novelístico de Goedsche, de unas veinte páginas aproximadamente, prefiguraba proféticamente la real y cruda exposición de los motivos y planes de los conspiradores hebreos a finales del siglo XIX con un decenio de anticipación?

Tal astilla fue publicada con el pseudónimo de Sir John Retclife, ¡valga su rancio abolengo!, nombre que reencarnaría luego, gracias a las señales y lecturas realizadas en base a la ouija desatada de los esclarecidos espiritistas antijudíos, en vidas tan dispares y equívocas como las anteriormente referidas. Por lo que la disparatada metamorfosis de Sir John Retclife, reflejo distorsionado y turbio del cripto-judaísmo como fenómeno histórico, cultural y social, nos revela que la alocución del rabino es el torpísimo plagio de una mediocre noveleta. No obstante continuaron sus diversos y falsificados ecos tanto en diarios, revistas y devocionarios antisemitas, como en la instigación de los pogroms en la Rusia zarista y feudal de principios de siglo. Los Protocolos, y su apéndice y sustento manifestados en el Discurso del Rabino, rebosaron un incontable y redundante espacio bibliográfico a nivel mundial (Consúltese la “nota bibliográfica sobre los Protocolos” en la obra antes citada de Cohn, págs. 302-309), alcanzando así la falsificación plena divulgación hasta el punto de ser textos obligatorios en las escuelas del Tercer Reich. Al respecto, Hitler es concluyente: “Por estúpido que algo pueda parecer (…) la base de su credibilidad radica en la firmeza y tenacidad con la que es defendido” (Helmut Heiber: Hitler, Salvat, Barcelona, 1986, pág. 125). [El cabo Adolf Hitler, infiltrado o soplón del ejército alemán, influido por la subliteratura antisemita en la Viena de su fallido proyecto artístico, reparó no sin genio político que le era más provechoso apropiarse de este club de veteranos de la I Guerra y así pintar su propia y autocrática propuesta de Poder].

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (2). José Carlos De Nóbrega

 


[II, Cultura medieval y Antisemitismo en tránsito hacia la Modernidad]

En el siglo XII no sólo se acusó a los judíos “de asesinar a niños cristianos, de torturar la hostia consagrada y de envenenar los pozos” (Norman Cohn, op. cit, pág. 18), sino también el haber establecido un gobierno en las sombras, una especie de consejo rabínico en la España musulmana (Al-Andalus), cuyo objetivo era, sin duda, orquestar una guerra clandestina y cobarde en contra de la iglesia católica por vía de la magia negra (el editor alemán de los protocolos nos dice: “La particularidad más chocante que distingue a los judíos de los arios, puede compararse a la diferencia que existe entre la magia negra y la blanca”, anacrónico y maniqueo símil en 1920). Eufemismo salvaje del carácter diferenciado del pueblo judío, fundamentado netamente en su corpus religioso: “Con su profundo sentimiento de elección” y –por ende- de pertenencia, “y su complicado sistema de tabús” (Norman Cohn, op. cit., pág. 18). Lo cual iría conduciendo en el devenir histórico al antisemitismo de corte conservador, y luego de izquierdas, siendo los judíos entonces los mentores de la modernidad traducida en la ascensión de la clase burguesa en la escala socioeconómica y política a través del modelo republicano.

Se combate a los judíos por su exclusividad, apelando a recursos dispares como la asimilación católica y la exclusión materializada en el guetto. Se les impide ejercer el sacerdocio, la administración pública y la profesión castrense, y no conforme con ello, se les desprecia por comprar la recaudación de los tributos, desarrollar la actividad comercial y financiera, las cuales significaban la idolatría al dios Mammon. Se le colocan los cuernos del diablo y el antifaz del conspirador, pues en sus entresijos el judío masculla “la acrimonia y el odio (…) de raza y religión que, se lee entre líneas y que después salta y se esparce a borbotones, como un vaso lleno de rabia y de venganza” (Nilus comenta). El anti-judaísmo católico medieval no se limita a ser un contrasentido en su discurso y su hacer, sino también en su omisión: "pero la iglesia sostenía también un ideal semita, puesto que el cristianismo, originalmente hebreo, era una prolongación de la ley mosaica, y pretendía realizar por cuenta propia las promesas de dominación universal, contenida para los hijos de Israel” (Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico, Orbis, Barcelona, 1988, pág. 30). Sobre esta piedra se edificará el mito de la conspiración judía mundial, revirtiéndose en un enemigo necesario, construcción sofística tendiente a asentar el imperio católico romano en el orbe de aquel entonces. Permítasenos recitar unos versos de Lêdo Ivo: “Vi a formiga esconder-se / na ranura da pedra. / Assim se escondem os homens / entre as palabras” (Ser e saber). Una lectura unívoca de la Biblia y la Historia condujo a la emisión de juicios desproporcionados, los cuales a su vez ameritaban el sacrificio de una víctima que propiciara la bendición y la salvación del hombre medieval.

De tal palo, el abate Barruel injertó en 1797 el antisemitismo en la modernidad: a lo largo de los cinco volúmenes de su “Mémorie pour servir à l’histoire du Jacobinisme”, alega que la Revolución Francesa era producto de una dilatada conspiración histórica de las más diversas sociedades secretas. Partiendo de la Orden del temple –fundada por Hugo de Payens en 1118, y exterminada en 1314 con la muerte en la hoguera del Maestre Jacques de Molay-, fantasmagoría  sobreviviente del siglo XIV que cuatro siglos después se enseñorearía de la masonería pervirtiendo sus objetivos; transitando luego de la francmasonería a los enciclopedistas franceses, embrión satánico y herético de los jacobinos a partir de 1776. La esencia ecléctica e incoherente de esta propuesta es de una obscenidad hecatómbica: en cuanto a los caballeros templarios, ignora que esta orden obtuvo en 1128 la bendición y aprobación papales, así como también una dispensa de excomunión, por lo que su objeto “era actuar como poder independiente a favor de su fe religiosa” (Norman Mackenzie: Sociedades secretas, David Annan en Los asesinos y los caballeros templarios, Alianza Editorial, Madrid, 1973, pág. 120), siendo más bien el quebrantado y malogrado antecedente para-militar de los jesuitas, y no del extremismo revolucionario y anticlerical propio de los jacobinos. Respecto a los masones, sociedad secreta derivada de los gremios medievales de la albañilería –debemos destacar que el mismísimo Barruel  había sido durante mucho tiempo francmasón-, muy a pesar de su humanitarismo y humanismo (contribución a la abolición de los procesos por herejía y la tortura judicial, por supuesto, en virtud de la tolerancia religiosa practicada en su seno, propulsores también de reformas educativas), fueron casi masacrados por los mismos jacobinos durante el período terrorífico de la revolución (1793-1794), dado entonces su carácter católico y monárquico. Por ejemplo, Simón Bolívar “en las Logias había encontrado algunos hombres de mérito, bastantes fanáticos, muchos embusteros y muchos más tontos burlados: que todos los masones parecen unos niños grandes, jugando con señas, morisquetas, palabras hebraicas, cintas y cordones: que sin embargo la política y los intrigantes pueden sacar algún partido de esa sociedad secreta” (L. Perú de Lacroix: Diario de Bucaramanga, Ediciones Centauro, Caracas, 1976, pág. 70), razón por la cual, dadas las circunstancias, proscribió la masonería de Colombia. [Por otra parte, Francisco de Miranda fue un perseguido insomne por la Inquisición española, hasta que el incidente poco claro de su apresamiento en 1812, lo llevara a la muerte en La Carraca]. La tortuosa y conspirativa mentalidad de Barruel no encallaría allí, pues si para el tiempo de la redacción y publicación de tal obra apenas responsabiliza a los judíos de la secular intriga, recibiría en 1806 una carta florentina cuyo remitente era un oficial del ejército de nombre J.B. Simonini, la cual documentaba y demostraba que los judíos, “el poder más formidable, si se tiene en cuenta su gran riqueza y la protección de que goza en casi todos los países europeos”, ocultos en la simbología y el ritual masones, eran los autores intelectuales y materiales de la tal conjura universal. Cohn apunta que éste es el primer eslabón que coadyuvaría a la elaboración definitiva de los Protocolos, puesto que en dicha época la mayoría de las logias masónicas rechazaban el posible ingreso de judíos.

La obtusa lectura histórica realizada por Barruel en su cómodo exilio inglés, evade la consideración de las contradicciones del modelo monárquico y feudal, su agotamiento y decadencia en Francia, para regodearse en “causas simples, comprensibles para las mentes más vanas y superficiales”, acertado juicio de J.J. Mounier  (1801). Subvocalizando su ignorancia, las supercherías y terrores infundados por la mitología medieval, pestilencia que aún no desaparece del mapa epidemiológico de Occidente. Ni siquiera pudo atisbar las fallas de los jacobinos, tal como lo sugiere en “Bola de Sebo” Guy de Maupassant: “los demócratas de larga barba tienen el monopolio del patriotismo lo mismo que los hombres de sotana tienen el de la religión”.

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (1). José Carlos De Nóbrega

 


El autor de los infames Protocolos de los Sabios de Sión, Serge Nilus


EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN

Prólogo a Los Protocolos de los Sabios de Sión

[Este es un texto largo, hasta entonces inédito, que di a conocer en mi segundo libro de ensayos Textos de la Prisa (Gobierno de Carabobo, 1996, pp. 45-75, con muchos errores de transcripción por cierto), luego de escribir sobre el anti-jesuitismo y el antisemitismo en la revista La Tuna de Oro de la Universidad de Carabobo, números 20 de 1994, pp. 12-15 y 17/18 de 1993, pp. 17-19, respectivamente. Lo había considerado para incluirlo en una antología ensayística personal, titulada provisionalmente Siete Sellos Diabólicos, que al final no se publicó. En enero de 2021, Pedro Téllez me llamó para que discutiese el tema en la red whatsapp Foro Universitario “Luis Díaz”. De un solo golpe, escribí comentos apelando a mi juguetona y caprichosa memoria. Me cercioré que tanto la derecha momia como la izquierda infantil que denunciaba Lenin, daban de coces en el aguijón oscureciendo y banalizando la discusión. Por tal razón, tal y como prometí en el Foro, me decidí a publicar este ensayo en mi blog, en su versión completa, pues la cosa inquieta y mucho en esta época de los fake news, el bloqueo económico a Cuba y luego a Venezuela, la crisis incesante de mi país que lo postra en el corre y corre de una supervivencia cuasi medieval, el odio-la intolerancia-el resentimiento que no cauteriza sino reabre las heridas y el reciente asalto vergonzoso al Capitolio del Imperio que pretende hacer las veces de policía del pensamiento en el resto del mundo este siglo XXI. Dada su extensión, se publicará este trabajo por partes y se agregarán comentarios a la luz del año de la Pandemia 2020-21 entre corchetes sin modificar la versión original. Valencia de San Simeón el estilita, viernes 8 de enero de 2021 y que Dios trino liberador nos agarre confesados y apertrechados para sobrevivir tiempos tan revueltos como los de Hoy].   

A Blasina Ríos de Marín, madre santa y mujer extraordinaria, de quien(es) aprendimos que la tolerancia y el amor allanan el camino angosto “que lleva a la vida”, Mt. 7:14.

[I, A modo de Introito]

En una librería del centro de la ciudad, la tarde del viernes doce de noviembre de 1982, adquirí dos textos disímiles a la vez: la prosa completa de Borges (Bruguera, 1980), y un curioso y mal presentado volumen titulado “Los Protocolos de los Sabios de Sión” de Sergey Nilus. Al cancelarlos en la caja, el dependiente, un cincuentón rechoncho de adusta y previsible severidad, amén del castizo acento, elogió la compra en base al último de los títulos. Una vez más, pese a la etiqueta premio “Miguel de Cervantes” 1979, Borges era lapidado por el desdén de un franquista –quizá-, de un antisemita, de un anti-sionista, de un antípoda del judaísmo, por supuesto con la uña en el rabo. Al igual que el estimado amigo que me recomendó tal lectura, su argumentación se encontraba accesible y condensada en la solapa: “(…) ¿Qué contenían exactamente, los llamados Protocolos de los Sabios de Sión? (./) Ni más ni menos que el plan completo, detallado, minucioso, para la conquista del mundo (./) Un mundo en el que los judíos serían los dueños absolutos ocultos, moviendo entre bastidores los resortes económicos, militares y sociales de todos los países del  mundo (./) Un plan que ya está en marcha: una ambición desmesurada y racista que extiende ya sus tentáculos sobre la Tierra”. Así de sencillo y trascendental: El mundo es el Acuario acechado por las travesuras y equívocas aventuras del pulpo “Manotas”, y nosotros tan desventurados como el Alférez (versión de Hanna Barbera, “judaizante” por cierto. [Otra referencia a las tiras cómicas, tan afín del gusto reaccionario e infantil, es el bullir conspirativo de los roedores Pinky y Cerebro todas las noches en su afán de conquistar al mundo]. No comprendo tal verdad aún; en el gustoso guiso de carne y lentejas que me sirve mi madre, no veo judíos, “No sé si hay una mano aquí” pese a que agudizo mi miope mirada. Sólo queda, atendiendo las advertencias de tales amigos y por ende su seguridad, lavar las mías: “Comprado en la librería #########!”. Pues no se sabe, máxime que las garantías constitucionales están suspendidas [en la Venezuela finisecular de 1995] (ya lo había dicho Wittgenstein, “Esta posibilidad de cerciorarse por sí mismo es parte del juego del lenguaje. Es uno de sus rasgos esenciales”).

Los Protocolos, consistentes en veinticuatro actas atribuibles a una clandestina “Cancillería Central de Sión” y las cuales constituían el proyecto o la realización misma de la hegemonía mundial para el pueblo de Israel, no son más que la prolongación y la “adaptación moderna” (Norman Cohn: El mito de la conspiración judía mundial, Alianza Editorial, Madrid, 1983, pág. 19) de la tradición judía y demonológica del catolicismo medieval. Mentalidad endémica [¿pandémica?] que arrastramos los herederos de occidente –el judeo cristiano- no sólo notable en el pangermanismo nazi, en el internacionalismo comunista, en los atentados de diversa fuente, sino rumiada cotidianamente en las aulas, en los cafés y en los bares; tema éste que no parece agotarse jamás. No ocurre como en el caso de [algunos desprevenidos] franquistas, pues el fallecer el dictador español, murió la conversación preñada de inútiles invectivas y resentidas maldiciones (ante las tibias y decadentes tazas y jarras del exilio, [Juan] Nuño dixit). Bien lo expresaba Serrano Poncela: “el número de los temas necios es, como se sabe, infinito”.

Jorge Luis Borges en “Pierre Menard, autor de El Quijote”, nos refiere uno de los textos que inspiró tal “dislate” menardiano: “es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a Don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos –decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas” (Jorge Luis Borges: Prosa completa, editorial Bruguera, Barcelona, 1980, página 334, volumen uno). Se infiere una denuncia del peor subproducto de ciertos plagios: De la más burda de las copias a la escandalosa falsificación del original y el subsecuente envilecimiento de la conciencia histórica. Vicio e inconsistencia del texto en cuestión: La protocolización de la intolerancia, la mentira y la falsificación  incubadas en el simplista y complicado complot de agentes contrarrevolucionarios y febriles santones, típico síntoma de la decadencia del zarismo en pos de un chivo expiatorio y luego su sobrevivencia –posteriormente transmitida al mismo corpus del dogma marxista- en el albor de la revolución de 1917. A Sergey Nilus (1861-1930), acicateado por Pyotr Rachkovsky (Jefe de la Sección exterior de la Ojrana, Policía Secreta Zarista), se le debe principalmente la divulgación dilatada de la falsificación conocida como la conspiración judía internacional, basamento pseudo intelectual y místico de la “solución final” instrumentada y ejecutada por los genocidas nazis años después.

Paráfrasis y plagio simultáneos de los “Falsos decretales pseudo isidorianos frecuentemente invocados por los papas de toda la Edad Media (…) motivado por el deseo de prestar antigüedad y, por consiguiente, autoridad a una decisión o institución nuevas” (Jacques Ellul: Historia de la propaganda, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969, pág. 54), tal es el caso de las conversiones masivas de judíos, y tiempo después la persecución de estos conversos justificada de manera artificiosa en su infiltración diabólica y perjudicial en el seno de la Iglesia; de las cruzadas, “Se trataba de provocar un choque emocional en un público desprevenido y de crear una opinión pública, obligando a que una masa pasara de la emoción a la acción” (Jacques Ellul, op. cit., pág. 55), de la ocupación de los lugares santos a la noche de los cristales nazi; de los manuales inquisitoriales, del secreto procesal, de la indefensión del reo, de la incertidumbre y el error derivados de la ignorancia en cuanto a la delimitación competitiva del santo tribunal, del carácter ejemplar de los castigos y el efectismo de las confesiones y retractaciones públicas en tanto métodos de disuasión y dominación (a tales efectos consúltese no sólo en los manuales de Bernard Gui y Nicolau Eymerico, sino también en el ordenamiento jurídico impuesto en la Alemania nazi). No olvidemos tampoco los estatutos de sangre, pues “Así como el pueblo judío pretendía fundar su nobleza sobre la elección, las naciones ibéricas elaboraron una respuesta, ad hoc, en forma de pretensión análoga, que debía tener como consecuencia la ideología de la pureza de la sangre”, como bien lo diagnostica Jacques Lafaye [en su libro Mesías, Cruzadas, Utopías, Fondo de Cultura Económica, México, 1984].

Yuxtaposición anacrónica y caótica, por medio de la aplicación endeble y exaltada de los románticos recursos de ampliación en el tiempo (los hechos se “magnifican” –deforman- a través de su comparación con situaciones resaltantes del pasado mediato o remoto, por lo que se señala en los protocolos que “el pueblo de Israel no ha sucumbido, y si está disperso por toda la tierra, es señal de que toda la tierra le pertenece”) y en el espacio (dada la amenaza judía, se engrandecen estos “héroes salvadores del mundo” –Torquemada, Nilus, Hitler y Goebbels, Stalin, entre tantos otros- en relación al entorno humano e histórico, de allí la megalomanía mesiánica o milenarista). Tal es el modus operandi de la gesta antijudía, bien sean cruzados medievales e inquisidores, súbditos de la Weltanschauung hitleriana o dictadores del proletariado. Del imperio católico romano, pasando por la sociedad sin clases de la utopía marxiana, al Reich milenario alemán, “ese pérfido niño de Europa cuya maligna energía destructora es tan responsable de todo nuestro progreso. (…) Y Hitler era otro pseudo-mago-negro extraído de la misma gaveta de la que salió el Anfortas de Parsifal que tanto admiraba, y que tuvo el mismo inevitable destino. Y si no me cree usted que un general británico me haya dicho con toda seriedad que la verdadera razón por la que Hitler destruyó a los judíos polacos fue para impedir que emplearan sus conocimientos cabalísticos contra él (…)” (Malcolm Lowry: El volcán, el mezcal, los comisarios… (Dos cartas), Tusquets editores, Cuadernos marginales N° 15, Barcelona, 1984, págs. 49-50), comenta Malcolm Lowry a su editor Jonathan Cape. El historiador medievalista Norman Cohn, en “El Mito de la conspiración judía mundial” (1969), obra citada con anterioridad, nos expone convincentemente los orígenes mediatos e inmediatos de la tan fabulada confabulación semita, judía o sionista, si se quiere, pues sus apologistas abundan en imprecisiones y contradicciones al respecto. Es evidente que el trío de adjetivos no tiene el mismo significado, asunto que esperamos esclarecer más adelante, y que al punto constituye la precaria estructuración de tan revelador “documento”. La descocada conjura universal también ha recibido el disfraz de organizaciones desemejantes como la masonería y la orden jesuita.