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sábado, 9 de enero de 2021

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (2). José Carlos De Nóbrega

 


[II, Cultura medieval y Antisemitismo en tránsito hacia la Modernidad]

En el siglo XII no sólo se acusó a los judíos “de asesinar a niños cristianos, de torturar la hostia consagrada y de envenenar los pozos” (Norman Cohn, op. cit, pág. 18), sino también el haber establecido un gobierno en las sombras, una especie de consejo rabínico en la España musulmana (Al-Andalus), cuyo objetivo era, sin duda, orquestar una guerra clandestina y cobarde en contra de la iglesia católica por vía de la magia negra (el editor alemán de los protocolos nos dice: “La particularidad más chocante que distingue a los judíos de los arios, puede compararse a la diferencia que existe entre la magia negra y la blanca”, anacrónico y maniqueo símil en 1920). Eufemismo salvaje del carácter diferenciado del pueblo judío, fundamentado netamente en su corpus religioso: “Con su profundo sentimiento de elección” y –por ende- de pertenencia, “y su complicado sistema de tabús” (Norman Cohn, op. cit., pág. 18). Lo cual iría conduciendo en el devenir histórico al antisemitismo de corte conservador, y luego de izquierdas, siendo los judíos entonces los mentores de la modernidad traducida en la ascensión de la clase burguesa en la escala socioeconómica y política a través del modelo republicano.

Se combate a los judíos por su exclusividad, apelando a recursos dispares como la asimilación católica y la exclusión materializada en el guetto. Se les impide ejercer el sacerdocio, la administración pública y la profesión castrense, y no conforme con ello, se les desprecia por comprar la recaudación de los tributos, desarrollar la actividad comercial y financiera, las cuales significaban la idolatría al dios Mammon. Se le colocan los cuernos del diablo y el antifaz del conspirador, pues en sus entresijos el judío masculla “la acrimonia y el odio (…) de raza y religión que, se lee entre líneas y que después salta y se esparce a borbotones, como un vaso lleno de rabia y de venganza” (Nilus comenta). El anti-judaísmo católico medieval no se limita a ser un contrasentido en su discurso y su hacer, sino también en su omisión: "pero la iglesia sostenía también un ideal semita, puesto que el cristianismo, originalmente hebreo, era una prolongación de la ley mosaica, y pretendía realizar por cuenta propia las promesas de dominación universal, contenida para los hijos de Israel” (Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico, Orbis, Barcelona, 1988, pág. 30). Sobre esta piedra se edificará el mito de la conspiración judía mundial, revirtiéndose en un enemigo necesario, construcción sofística tendiente a asentar el imperio católico romano en el orbe de aquel entonces. Permítasenos recitar unos versos de Lêdo Ivo: “Vi a formiga esconder-se / na ranura da pedra. / Assim se escondem os homens / entre as palabras” (Ser e saber). Una lectura unívoca de la Biblia y la Historia condujo a la emisión de juicios desproporcionados, los cuales a su vez ameritaban el sacrificio de una víctima que propiciara la bendición y la salvación del hombre medieval.

De tal palo, el abate Barruel injertó en 1797 el antisemitismo en la modernidad: a lo largo de los cinco volúmenes de su “Mémorie pour servir à l’histoire du Jacobinisme”, alega que la Revolución Francesa era producto de una dilatada conspiración histórica de las más diversas sociedades secretas. Partiendo de la Orden del temple –fundada por Hugo de Payens en 1118, y exterminada en 1314 con la muerte en la hoguera del Maestre Jacques de Molay-, fantasmagoría  sobreviviente del siglo XIV que cuatro siglos después se enseñorearía de la masonería pervirtiendo sus objetivos; transitando luego de la francmasonería a los enciclopedistas franceses, embrión satánico y herético de los jacobinos a partir de 1776. La esencia ecléctica e incoherente de esta propuesta es de una obscenidad hecatómbica: en cuanto a los caballeros templarios, ignora que esta orden obtuvo en 1128 la bendición y aprobación papales, así como también una dispensa de excomunión, por lo que su objeto “era actuar como poder independiente a favor de su fe religiosa” (Norman Mackenzie: Sociedades secretas, David Annan en Los asesinos y los caballeros templarios, Alianza Editorial, Madrid, 1973, pág. 120), siendo más bien el quebrantado y malogrado antecedente para-militar de los jesuitas, y no del extremismo revolucionario y anticlerical propio de los jacobinos. Respecto a los masones, sociedad secreta derivada de los gremios medievales de la albañilería –debemos destacar que el mismísimo Barruel  había sido durante mucho tiempo francmasón-, muy a pesar de su humanitarismo y humanismo (contribución a la abolición de los procesos por herejía y la tortura judicial, por supuesto, en virtud de la tolerancia religiosa practicada en su seno, propulsores también de reformas educativas), fueron casi masacrados por los mismos jacobinos durante el período terrorífico de la revolución (1793-1794), dado entonces su carácter católico y monárquico. Por ejemplo, Simón Bolívar “en las Logias había encontrado algunos hombres de mérito, bastantes fanáticos, muchos embusteros y muchos más tontos burlados: que todos los masones parecen unos niños grandes, jugando con señas, morisquetas, palabras hebraicas, cintas y cordones: que sin embargo la política y los intrigantes pueden sacar algún partido de esa sociedad secreta” (L. Perú de Lacroix: Diario de Bucaramanga, Ediciones Centauro, Caracas, 1976, pág. 70), razón por la cual, dadas las circunstancias, proscribió la masonería de Colombia. [Por otra parte, Francisco de Miranda fue un perseguido insomne por la Inquisición española, hasta que el incidente poco claro de su apresamiento en 1812, lo llevara a la muerte en La Carraca]. La tortuosa y conspirativa mentalidad de Barruel no encallaría allí, pues si para el tiempo de la redacción y publicación de tal obra apenas responsabiliza a los judíos de la secular intriga, recibiría en 1806 una carta florentina cuyo remitente era un oficial del ejército de nombre J.B. Simonini, la cual documentaba y demostraba que los judíos, “el poder más formidable, si se tiene en cuenta su gran riqueza y la protección de que goza en casi todos los países europeos”, ocultos en la simbología y el ritual masones, eran los autores intelectuales y materiales de la tal conjura universal. Cohn apunta que éste es el primer eslabón que coadyuvaría a la elaboración definitiva de los Protocolos, puesto que en dicha época la mayoría de las logias masónicas rechazaban el posible ingreso de judíos.

La obtusa lectura histórica realizada por Barruel en su cómodo exilio inglés, evade la consideración de las contradicciones del modelo monárquico y feudal, su agotamiento y decadencia en Francia, para regodearse en “causas simples, comprensibles para las mentes más vanas y superficiales”, acertado juicio de J.J. Mounier  (1801). Subvocalizando su ignorancia, las supercherías y terrores infundados por la mitología medieval, pestilencia que aún no desaparece del mapa epidemiológico de Occidente. Ni siquiera pudo atisbar las fallas de los jacobinos, tal como lo sugiere en “Bola de Sebo” Guy de Maupassant: “los demócratas de larga barba tienen el monopolio del patriotismo lo mismo que los hombres de sotana tienen el de la religión”.

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (1). José Carlos De Nóbrega

 


El autor de los infames Protocolos de los Sabios de Sión, Serge Nilus


EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN

Prólogo a Los Protocolos de los Sabios de Sión

[Este es un texto largo, hasta entonces inédito, que di a conocer en mi segundo libro de ensayos Textos de la Prisa (Gobierno de Carabobo, 1996, pp. 45-75, con muchos errores de transcripción por cierto), luego de escribir sobre el anti-jesuitismo y el antisemitismo en la revista La Tuna de Oro de la Universidad de Carabobo, números 20 de 1994, pp. 12-15 y 17/18 de 1993, pp. 17-19, respectivamente. Lo había considerado para incluirlo en una antología ensayística personal, titulada provisionalmente Siete Sellos Diabólicos, que al final no se publicó. En enero de 2021, Pedro Téllez me llamó para que discutiese el tema en la red whatsapp Foro Universitario “Luis Díaz”. De un solo golpe, escribí comentos apelando a mi juguetona y caprichosa memoria. Me cercioré que tanto la derecha momia como la izquierda infantil que denunciaba Lenin, daban de coces en el aguijón oscureciendo y banalizando la discusión. Por tal razón, tal y como prometí en el Foro, me decidí a publicar este ensayo en mi blog, en su versión completa, pues la cosa inquieta y mucho en esta época de los fake news, el bloqueo económico a Cuba y luego a Venezuela, la crisis incesante de mi país que lo postra en el corre y corre de una supervivencia cuasi medieval, el odio-la intolerancia-el resentimiento que no cauteriza sino reabre las heridas y el reciente asalto vergonzoso al Capitolio del Imperio que pretende hacer las veces de policía del pensamiento en el resto del mundo este siglo XXI. Dada su extensión, se publicará este trabajo por partes y se agregarán comentarios a la luz del año de la Pandemia 2020-21 entre corchetes sin modificar la versión original. Valencia de San Simeón el estilita, viernes 8 de enero de 2021 y que Dios trino liberador nos agarre confesados y apertrechados para sobrevivir tiempos tan revueltos como los de Hoy].   

A Blasina Ríos de Marín, madre santa y mujer extraordinaria, de quien(es) aprendimos que la tolerancia y el amor allanan el camino angosto “que lleva a la vida”, Mt. 7:14.

[I, A modo de Introito]

En una librería del centro de la ciudad, la tarde del viernes doce de noviembre de 1982, adquirí dos textos disímiles a la vez: la prosa completa de Borges (Bruguera, 1980), y un curioso y mal presentado volumen titulado “Los Protocolos de los Sabios de Sión” de Sergey Nilus. Al cancelarlos en la caja, el dependiente, un cincuentón rechoncho de adusta y previsible severidad, amén del castizo acento, elogió la compra en base al último de los títulos. Una vez más, pese a la etiqueta premio “Miguel de Cervantes” 1979, Borges era lapidado por el desdén de un franquista –quizá-, de un antisemita, de un anti-sionista, de un antípoda del judaísmo, por supuesto con la uña en el rabo. Al igual que el estimado amigo que me recomendó tal lectura, su argumentación se encontraba accesible y condensada en la solapa: “(…) ¿Qué contenían exactamente, los llamados Protocolos de los Sabios de Sión? (./) Ni más ni menos que el plan completo, detallado, minucioso, para la conquista del mundo (./) Un mundo en el que los judíos serían los dueños absolutos ocultos, moviendo entre bastidores los resortes económicos, militares y sociales de todos los países del  mundo (./) Un plan que ya está en marcha: una ambición desmesurada y racista que extiende ya sus tentáculos sobre la Tierra”. Así de sencillo y trascendental: El mundo es el Acuario acechado por las travesuras y equívocas aventuras del pulpo “Manotas”, y nosotros tan desventurados como el Alférez (versión de Hanna Barbera, “judaizante” por cierto. [Otra referencia a las tiras cómicas, tan afín del gusto reaccionario e infantil, es el bullir conspirativo de los roedores Pinky y Cerebro todas las noches en su afán de conquistar al mundo]. No comprendo tal verdad aún; en el gustoso guiso de carne y lentejas que me sirve mi madre, no veo judíos, “No sé si hay una mano aquí” pese a que agudizo mi miope mirada. Sólo queda, atendiendo las advertencias de tales amigos y por ende su seguridad, lavar las mías: “Comprado en la librería #########!”. Pues no se sabe, máxime que las garantías constitucionales están suspendidas [en la Venezuela finisecular de 1995] (ya lo había dicho Wittgenstein, “Esta posibilidad de cerciorarse por sí mismo es parte del juego del lenguaje. Es uno de sus rasgos esenciales”).

Los Protocolos, consistentes en veinticuatro actas atribuibles a una clandestina “Cancillería Central de Sión” y las cuales constituían el proyecto o la realización misma de la hegemonía mundial para el pueblo de Israel, no son más que la prolongación y la “adaptación moderna” (Norman Cohn: El mito de la conspiración judía mundial, Alianza Editorial, Madrid, 1983, pág. 19) de la tradición judía y demonológica del catolicismo medieval. Mentalidad endémica [¿pandémica?] que arrastramos los herederos de occidente –el judeo cristiano- no sólo notable en el pangermanismo nazi, en el internacionalismo comunista, en los atentados de diversa fuente, sino rumiada cotidianamente en las aulas, en los cafés y en los bares; tema éste que no parece agotarse jamás. No ocurre como en el caso de [algunos desprevenidos] franquistas, pues el fallecer el dictador español, murió la conversación preñada de inútiles invectivas y resentidas maldiciones (ante las tibias y decadentes tazas y jarras del exilio, [Juan] Nuño dixit). Bien lo expresaba Serrano Poncela: “el número de los temas necios es, como se sabe, infinito”.

Jorge Luis Borges en “Pierre Menard, autor de El Quijote”, nos refiere uno de los textos que inspiró tal “dislate” menardiano: “es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebière o a Don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos –decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas” (Jorge Luis Borges: Prosa completa, editorial Bruguera, Barcelona, 1980, página 334, volumen uno). Se infiere una denuncia del peor subproducto de ciertos plagios: De la más burda de las copias a la escandalosa falsificación del original y el subsecuente envilecimiento de la conciencia histórica. Vicio e inconsistencia del texto en cuestión: La protocolización de la intolerancia, la mentira y la falsificación  incubadas en el simplista y complicado complot de agentes contrarrevolucionarios y febriles santones, típico síntoma de la decadencia del zarismo en pos de un chivo expiatorio y luego su sobrevivencia –posteriormente transmitida al mismo corpus del dogma marxista- en el albor de la revolución de 1917. A Sergey Nilus (1861-1930), acicateado por Pyotr Rachkovsky (Jefe de la Sección exterior de la Ojrana, Policía Secreta Zarista), se le debe principalmente la divulgación dilatada de la falsificación conocida como la conspiración judía internacional, basamento pseudo intelectual y místico de la “solución final” instrumentada y ejecutada por los genocidas nazis años después.

Paráfrasis y plagio simultáneos de los “Falsos decretales pseudo isidorianos frecuentemente invocados por los papas de toda la Edad Media (…) motivado por el deseo de prestar antigüedad y, por consiguiente, autoridad a una decisión o institución nuevas” (Jacques Ellul: Historia de la propaganda, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969, pág. 54), tal es el caso de las conversiones masivas de judíos, y tiempo después la persecución de estos conversos justificada de manera artificiosa en su infiltración diabólica y perjudicial en el seno de la Iglesia; de las cruzadas, “Se trataba de provocar un choque emocional en un público desprevenido y de crear una opinión pública, obligando a que una masa pasara de la emoción a la acción” (Jacques Ellul, op. cit., pág. 55), de la ocupación de los lugares santos a la noche de los cristales nazi; de los manuales inquisitoriales, del secreto procesal, de la indefensión del reo, de la incertidumbre y el error derivados de la ignorancia en cuanto a la delimitación competitiva del santo tribunal, del carácter ejemplar de los castigos y el efectismo de las confesiones y retractaciones públicas en tanto métodos de disuasión y dominación (a tales efectos consúltese no sólo en los manuales de Bernard Gui y Nicolau Eymerico, sino también en el ordenamiento jurídico impuesto en la Alemania nazi). No olvidemos tampoco los estatutos de sangre, pues “Así como el pueblo judío pretendía fundar su nobleza sobre la elección, las naciones ibéricas elaboraron una respuesta, ad hoc, en forma de pretensión análoga, que debía tener como consecuencia la ideología de la pureza de la sangre”, como bien lo diagnostica Jacques Lafaye [en su libro Mesías, Cruzadas, Utopías, Fondo de Cultura Económica, México, 1984].

Yuxtaposición anacrónica y caótica, por medio de la aplicación endeble y exaltada de los románticos recursos de ampliación en el tiempo (los hechos se “magnifican” –deforman- a través de su comparación con situaciones resaltantes del pasado mediato o remoto, por lo que se señala en los protocolos que “el pueblo de Israel no ha sucumbido, y si está disperso por toda la tierra, es señal de que toda la tierra le pertenece”) y en el espacio (dada la amenaza judía, se engrandecen estos “héroes salvadores del mundo” –Torquemada, Nilus, Hitler y Goebbels, Stalin, entre tantos otros- en relación al entorno humano e histórico, de allí la megalomanía mesiánica o milenarista). Tal es el modus operandi de la gesta antijudía, bien sean cruzados medievales e inquisidores, súbditos de la Weltanschauung hitleriana o dictadores del proletariado. Del imperio católico romano, pasando por la sociedad sin clases de la utopía marxiana, al Reich milenario alemán, “ese pérfido niño de Europa cuya maligna energía destructora es tan responsable de todo nuestro progreso. (…) Y Hitler era otro pseudo-mago-negro extraído de la misma gaveta de la que salió el Anfortas de Parsifal que tanto admiraba, y que tuvo el mismo inevitable destino. Y si no me cree usted que un general británico me haya dicho con toda seriedad que la verdadera razón por la que Hitler destruyó a los judíos polacos fue para impedir que emplearan sus conocimientos cabalísticos contra él (…)” (Malcolm Lowry: El volcán, el mezcal, los comisarios… (Dos cartas), Tusquets editores, Cuadernos marginales N° 15, Barcelona, 1984, págs. 49-50), comenta Malcolm Lowry a su editor Jonathan Cape. El historiador medievalista Norman Cohn, en “El Mito de la conspiración judía mundial” (1969), obra citada con anterioridad, nos expone convincentemente los orígenes mediatos e inmediatos de la tan fabulada confabulación semita, judía o sionista, si se quiere, pues sus apologistas abundan en imprecisiones y contradicciones al respecto. Es evidente que el trío de adjetivos no tiene el mismo significado, asunto que esperamos esclarecer más adelante, y que al punto constituye la precaria estructuración de tan revelador “documento”. La descocada conjura universal también ha recibido el disfraz de organizaciones desemejantes como la masonería y la orden jesuita.