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domingo, 10 de enero de 2021

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (6). JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


[VI, A Modo de Colofón]

La deficiencia de la falsificación hecha carne y sangre en los Protocolos radica tanto en la dislexia histórica y científica, como en su optimismo político, y sobre todo en el resentimiento y la intolerancia resguardados en las tinieblas del espíritu humano.

“¿Y qué causas no inventamos de los males que nos ocurren, y a qué no nos acogemos, con razón o sin ella, para desahogarnos? No son las rubias trenzas que desgarras o el blanco pecho que tan cruelmente hieres los que han hecho caer bajo el plomo a tu amado hermano”, nos lo recuerda Montaigne en el maravilloso ensayo “De cómo el alma pone sus pasiones en objetos falsos cuando le faltan los verdaderos”. Es el síndrome de Caín, con respecto al cual todos los hombres somos propensos pues subyace en nuestra naturaleza. Impulso homicida, primario, que entenebrece el semblante y el entendimiento: se revierte en contra nuestra el embaulamiento de la voluntad acanalada en los constituyentes espirituales de nuestra cultura. “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:22-23). La problemática del ser y el hacer, fundamentada en el desconocimiento que sostenemos de nosotros mismos, acicateada por la angustia de descifrar la abstrusa confrontación que mantiene “la legión” que llevamos dentro. Entretanto el reloj se desarma y son frustrantes los intentos por juntar sus fragmentos, lo que equivale decir la lucha en contra de la muerte física y espiritual. En procura de estructurar un balance, pues el establecimiento de un juicio, vicio que cuesta superar, se realiza día a día dentro y fuera de nosotros, verificamos que no encontramos qué hacerle decir a esta máquina cuyo carrete se atascaba al ritmo de la indecisión y el nerviosismo. Lo disperso de nuestras plegarias no ayuda a nuestra fe.

El calor es oprobioso, le sienta bien a esta sensación de inutilidad, de abulia, de miedo. Ante las escuálidas páginas de nuestro diario, en medio de una crisis de carencia de embriaguez –la cual nos fastidia terriblemente-, tratamos de flagelarnos en el onanismo de nuestras ensoñaciones, ilusiones y proyectos piadosos, temerosos de una repentina muerte. Pero la página permanece en su alba inmutabilidad. Y es entonces cuando estamos dispuestos a sacudir el trasero de la máquina para facilitar el deslizamiento fluido del carrete: salvar nuestra responsabilidad escondiendo el talento que se nos ha confiado.

Es menester el sacrificio de una víctima que sustituya la mutilación y la destrucción de los miembros nuestros. Inmolaremos al otro, nuestro semejante, para así asegurar nuestra salvación.

Nuestro Juicio, nuestra Salvación y nuestros holocaustos, deben proveerse de un Matadero adecuado, el cual reproduzca simbólicamente tal Trípode. Prosigue Montaigne: “Vemos también que el alma, en sus pasiones, se erige temas falsos y fantásticos, incluso contra su propia creencia, antes de carecer de cosa en qué ocuparse. Por ello las bestias, en su cólera, muerden la piedra o el hierro que las ha herido o se vengan en sí mismas, a dentelladas, del mal que sienten”. Valgan dos casos seculares: Ni la salvaguarda de la pureza racial aria justificó la matanza sistemática de los judíos europeos en los campos de concentración nazis, ni tampoco la seguridad del Estado de Israel –en la vocinglería del Likud- absuelve la responsabilidad de su ejército cuando, teniendo el control militar y territorial en El Líbano, permitió que en 1982 la falange cristiana libanesa asesinara a indefensos palestinos tanto en sus campos de refugio como en los hospitales. [Qué decir al día de Hoy, año 2021, respecto al hecho de convertir la Teocracia israelita a la Franja de Gaza en el mayor campo de concentración en el mundo, reduciendo la patria palestina a un ghetto y no reconociéndola como una nación digna de respeto. Los fanáticos religiosos de Israel, no dudaron en el magnicidio de Yitzack Rabin quien tuvo el atrevimiento de firmar el acuerdo de paz de Camp David con Yasser Arafat, infiltrando sus anillos de seguridad. Tiempo después, Arafat falleció víctima del envenenamiento subcutáneo con una sustancia química mortífera. Giro envilecido de 180°, de pueblo perseguido a régimen totalitario genocida. La Shoah y la Nakba han marcado en su confrontación discursiva y político-militar, la historia compleja y harto accidentada del Medio Oriente, polvorín inquietante del mundo].



Interpuesta la digresión, apuntemos que el mito de la conspiración judía, sostenido por estos hombres ciegos y atormentados, descansa en esta falsa tríada: que se suponga la existencia de una raza judía, que por los siglos de los siglos (ab absurdo) se le responsabilice absolutamente por el Deicidio en la Cruz – obviando su trasfondo histórico y teológico-, y que el sionismo conlleve pretensiones [supra] imperiales más allá de las fronteras del Estado de Israel.

La pureza racial ni existe como tal, ni mucho menos se puede asociar con la resbaladiza noción de nacionalidad. Por lo tanto, la raza judía sólo es pasto de la mentalidad y el febril discurso del fanatismo religioso (tal es el caso de San Isidoro de Sevilla y de Sergey Nilus) y político; el judaísmo sencillamente es un modo de vida religioso al igual que el cristianismo y el Islam –no me refiero a su institucionalidad-. En consecuencia, no todos los israelíes son judíos, pues los hay ateos, socialistas, materialistas e incluso cristianos. Asimismo tenemos que recordar que el término semita, de carácter racial, no es tan sólo imputable a los judíos, sino que se refiere a una familia de pueblos asiáticos que incluye tanto a hebreos como a caldeos, arameos, fenicios, árabes y beduinos africanos entre otros.

El sionismo, en tanto ideal y movimiento tendiente a la reconstrucción de la unidad nacional y política de Israel, aspiración que en principio es legítima y respetable [siempre que no se atropelle a los países vecinos, en especial Palestina], sí supone la condición del judaísmo. Lo cual nos desdice sus irregularidades y defectos, pero tampoco el apoyo de la diáspora hebrea a dicha causa [no en balde su participación accionaria en las transnacionales que poseen su propia dinámica de poder disfuncional] puede dar pie a elucubraciones relativas a su protagonismo en la de por sí inconsistente intriga judía mundial; por su parte, Juan Nuño en su agudísimo y duro ensayo titulado “Sionismo, marxismo, antisemitismo. La cuestión judía revisitada” (1986), declara que, más bien, el sionismo “no es otra cosa sino la aceptación pasiva y resignada de la tesis cristiano-marxista sobre la autenticidad y especifidad de un problema judío”. Por supuesto, la cuestión judía per se no existe sino gracias al antijudaísmo de la institucionalidad cristiana, que la impuso profundamente en la cultura de Occidente. [Ahora, la controversial tesis de Nuño nos movería a procurar comprender el por qué el Estado Teocrático de Israel practica con tal impiedad el racismo y la intolerancia con sus hermanos palestinos].



Sergey Nilus, resentido por no lograr ser el confesor del Zar, y el cual, en consecuencia, ocupó su desilusión en retomar el carácter apocalíptico de la estrafalaria conjura hebrea mundial, sin duda desestimó el mandamiento implícito en el último libro de la Biblia: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad, por lo que estarán los perros afuera (…) y todo aquel que ama y hace mentira”. Entretanto, aquí en la Tierra, pre-juicio final, sus seguidores persisten en las calles como aquella metáfora del horror creada por la lúcida pluma de José Saramago, la perra Ugolina, la cual “babeando sangre, gruñendo ante las puertas, aullando en plazas y jardines, mordiendo furiosa su propio vientre donde ya está gestándose la próxima camada”, recorre la Lisboa inundada por el invierno.

 

Valencia, Julio-Septiembre de 1995     

EL TRÍPODE DE LA FALSIFICACIÓN (5). JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


[V, Los Protocolos como falsificación de un ensayo pro-liberal]

Nunca falta un texto mal digerido, del cual se extraen las conclusiones más descabelladas e irracionales. Lógico fruto del cada vez más creciente analfabetismo funcional, si no húrguese sin mucho esfuerzo en cualquiera de nuestras universidades. [No hace mucho, en la Universidad de Carabobo y en el marco de su Feria Internacional del Libro, no sé sabe quién dio la orden para desaparecer la Biblioteca del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina. Todo un caso clínico de bibliofobia o, peor todavía, bibliocidio que engrosa el prontuario engavetado de los crímenes patrimoniales en Valencia, la de Venezuela, la bombardeada del Siglo XXI]. Alejandro Rossi nos lo previene: “las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente (…) un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas”. Nos toca aquí hablar del “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” (Bruselas, 1864) del excelente escritor Maurice Joly (1829-1879). Subyace en este enfrentamiento discursivo –entre “el despotismo descarado” del florentino y el liberalismo del galo- no solamente una despiadada y genial requisitoria al absolutismo maula de Napoleón III, sino también un profundo e iluminado ensayo en torno a los móviles, instrumentos y vicios de los regímenes totalitarios que se desarrollarían mucho más tarde como reacción inmediatista a “las tensiones del mundo moderno”, caldo de cultivo de procesos revolucionarios y reformistas de diverso signo. En defensa, por supuesto, de la democracia parlamentaria. Lamentablemente Joly sería la víctima propiciatoria de la incomprensión  -encarcelamiento mediante-, del olvido, del desengaño –que le llevó al suicidio-, y peor aún, de “una cruel ironía (…) el hecho de que una defensa brillante (…) del liberalismo, haya constituido la base de una estupidez reaccionaria atrozmente escrita que ha dado la vuelta del mundo” (Cohn). Agrega Rossi que “un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco”.

Es incontrovertible la nacionalidad francesa de tan burdo y perjudicial plagiario, y dadas las circunstancias históricas pareciera también ser inevitable. Un lugar común. Los Protocolos, desde un punto de vista ideológico, son inversamente proporcionales al Diálogo de Joly en tanto y en cuanto a su perversión, gracias a una primitiva técnica copista: representa más de las dos quintas partes del libro original, y además la estructuración de capítulos es idéntica, ya que los Protocolos poseen veinticuatro actas más el Discurso del Rabino, mientras que el Diálogo presenta veinticinco…



En el Diálogo duodécimo de la obra de Joly leemos: “Como el Dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos, y en dichos brazos todos los matices de la opinión… Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes cran hablar su lengua hablarán la mía, quienes cran agitar su propio partido, agitarán en pro mío, quienes crean marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía” (Cita de Norman Cohn: pág. 288 de la descrita edición. Suprimimos los paréntesis del autor, pues el texto es bastante explícito).

Quizá Michael Jackson [Qepd], ídolo indiscutible del mundo posmodernista, sea la más reciente víctima de las complejas ramificaciones de la autopista informativa, pues en su [álbum History] canta: “Jew me, sue me, everybody do me / Kick me, Kike me, don’t you Black and White me” (“Hazme judío, demándame, todo el mudo lo hace / dame una patada… no me hagas blanco ni negro”); después la disculpa filosemita: “Mi única intención con esa canción fue poner énfasis en decir no al rascismo, antisemitismo y los estereotipos”, telefonema al Centro Wiesenthal de Los Ángeles. Algún ocioso y desprevenido dirá entonces que la ambigüedad racial de Jackson es explotada comercial e ideológicamente por los judíos, argumentando –con el cadáver cincuentenario- que ese pueblo desarraigado “Envenena la sangre de otros, en tanto que conserva incontaminada la suya propia”, ¡oh, Adolfo bendito! Valga para estos tres la frase “Asinus asinum fricat”… [Esto es como un capricho de Goya, el 39 o el 40, la falsa sabiduría de los doctos y los necios lectores de prensa odiados por Nietzsche, los hace susceptibles de frotarse unos con otros como mininos cómplices].

Mientras que el falsificador copia en el Acta Duodécima: “Nuestros periódicos serán de todas las tendencias (…) Tendrán como el dios indio Visnú cien manos, cada una de las cuales acelerará el cambio de la sociedad: estas manos llevarán a la opinión en la dirección que convenga a nuestros fines (…) Los imbéciles, que creerán seguir la opinión del periódico de su partido seguirán sólo nuestra opinión o la que nos plazca. Se imaginarán que siguen el órgano de su partido, y no seguirán, en realidad, más que la bandera que enarbolamos para ellos” (pág. 137 de la edición referida).

El debate que diferenciaba sin medias tintas a ambos grandes pensadores, Maquiavelo y Montesquieu, se difumina torpe y delictuosamente en el mohoso discurso de los Protocolos, bien sea propugnando la dominación absoluta del mundo de manera expedita, o aduciendo la divulgación del liberalismo y la revolución para confundir y desorganizar a todas las sociedades. Si bien Joly en el Diálogo pone en boca de Maquiavelo la voz de la autocracia, ello no confirma ni legitima la etiqueta implícita en el mote “maquiavélico” que se desprende de una lectura y consideración superficiales del pensamiento del genio florentino; sólo funciona como retrato subrepticio de Napoleón III para así evadir la censura: “Simpatizaba con los principios democráticos, pero realizó un gobierno autocrático; era un viejo liberal, pero practicó el absolutismo; era un declarado pacifista, pero promovió varias guerras” (Oscar Secco y Pedro Baridón: Historia Universal, tomo VI, Época contemporánea, Editorial Kapelusz, Buenos Aires, 1946, pág. 170).

Revisemos el Diálogo primero en el texto de Joly: “El instinto malo es en el hombre más poderoso que el bueno… el temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón. (…) ¿Qué es lo que sujeta a estas bestias devoradoras que llamamos hombres? En el origen de las sociedades está la fuerza brutal y desenfrenada; más tarde fue la ley, es decir, siempre la fuerza, reglamentada formalmente (…) la fuerza anticipándose al derecho. (./.) La libertad política es sólo una idea relativa” (Norman Cohn: op. cit., pág. 286).

En el ACTA N° 1, el plagiario pone en boca del delegado judío: “expondré el concepto de nuestra política así como la de los Goim (…) el número de hombres con instintos perversos, es mucho más grande que el de aquellos con instintos nobles. Por lo cual, para gobernar el mundo, se obtienen mejores resultados empleando la violencia y la intimidación, por dar muchos mejores resultados que los discursos académicos. (…) ¿Qué es lo que ha contenido a esas fieras, salvajes y de rapiña, que llamamos hombres? (…) En las primeras épocas de la sociedad, estaban sometidos a la fuerza bruta y ciega, después se sometieron a la ley que en realidad no es otra cosa que la misma fuerza disfrazada (…) el derecho reside en la fuerza. (./.) La libertad política no es un hecho pero sí una idea” (pág. 63-64, edición ya citada).



En este caso, Joly alude al inicio del capítulo tercero del primer libro de los Discursos de Tito Livio: “quien funda un Estado y le da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se lo permita (…) que los hombres hacen el bien por la fuerza; pero cuando gozan de medios y libertad para ejecutar el mal, todo lo llenan de confusión y desorden” (Nicolás Maquiavelo: Obras Políticas, traducción de D. Luis Navarro, Librería de la viuda de Hernando y C.A. Madrid, 1895, págs. 18 y 19). La traslación del texto de Maquiavelo en el Diálogo no apunta hacia el plagio, sino más bien a la reversión sofística, ello a los fines de cuestionar el espurio orden jurídico impuesto durante los ocho primeros años del Segundo Imperio por Napoleón III –la legalización del absolutismo a través de la Constitución, así como el abuso y la violación de los derechos individuales por medio de la ley de seguridad nacional-. Lo cual demuestra que Joly no olvidaba que el original se refería a la creación de los tribunos de la plebe en Roma, mecanismo jurídico “capaz de contener la insolencia de los nobles” estimulada por la desaparición de los Tarquinos. Este ejercicio ensayístico es de una validez y estilo insoslayables, verificable incluso en el cuidadoso tratamiento del lenguaje.