Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de enero de 2021

Dos libros de Peru de Arteaga (1): El Rebelde. Jose Carlos De Nobrega

 


Kepa de Derteano y Basterra (Peru de Arteaga), El Rebelde. El Guerrillero y otros poemas, Edime, Caracas, 1974, 320 pp.

A Idoya Derteano Gorostiaga


La hija de Kepa, Idoya, con su mascota

Cerca, muy cerca de su Centenario, revisitamos este libro de poesía de Kepa de Derteano y Basterra (conocido también como Peru de Arteaga), polígrafo vasco y venezolano que forma parte de nuestro anticanon de la literatura de Valencia, la de Venezuela, o también de San Desiderio (cuyos huesos están en la capilla del Colegio Don Bosco) y de San Simeon el estilita (el del Bolívar encaramado en el monolito de la plaza mayor). Kepa nació el 3 de junio de 1923 en Zornoza-Amorebieta, País Vasco, y murió en Valencia, su patria chica, el 22 de octubre de 2004. Vivió entre nosotros mucho tiempo, su exilio doloroso pero bendecido en esta tierra de gracia que es Venezuela. Es otro de los exiliados que trajo consigo la bella utopía que es la Segunda República española. Si no, preguntenle a los poetas César Vallejo y Pablo Neruda.



El poeta Kepa de Derteano y Basterra en la década de 1970

Lo conocí en 1982, cuando cumplía mi mayoría de edad y era el mensajero de a pie del desaparecido Banco de Crédito Urbano, ubicado en la Urbanización Carabobo, Avenida Bolívar Norte de Valencia. Kepa era de la junta directiva que aprobaba los créditos. Me llamó la atención su porte de poeta beatnik, cabello largo, lentes oscuros y ropa safari e informal. De mi esposa recién fallecida, heredé este libro de poesía (materia de este ensayo) y el volumen de cuentos Huellas (del cual conversaremos la próxima entrada de este blog). 



Más que poemario, El Rebelde parece una antología personal o una suma poética a la fecha. Pues la estructuración rigurosa por temas y líneas de indagación poética, en siete partes, así se nos antoja. La primera parte es de poesía política, colindante con el discurso periodístico. La segunda está tocada por el motivo existencialista. La tercera pareciera un diálogo costumbrista de raza con el venezolano Andrés Eloy Blanco. El cuarto tabique se asimila a una cartuja poética mística que lo emparenta con el siglo de oro español con sus Santa Teresa de Avila, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y los sonetos al Cristo crucificado atribuido a Miguel de Guevara y en un equívoco del siglo XX a Pedro Tellez Pacheco. La quinta estancia se refiere a la interiorización del paisaje tropical venezolano como segunda tierra, no la última. La sexta morada es intimista. Y el ático de la séptima se convierte en crónica del entorno entre cotidiano e histórico.


El poeta en los últimos años de su vida de regreso al País Vasco

El prólogo del libro,  no es más que la manifestación de la yunta o complicidad poética que Kepa estableció con el también polígrafo Luis Augusto Nuñez. Un poeta goliardo y ángel exterminador como Nuñez, celebra a su amigo el poeta hippie Derteano con una prosa afectuosa, rigurosa y precisa. Nos gustó entrar en la colmena rebelde atravesando este puente franco y lúdico.

Nos parece que Peru de Arteaga, su nombre poético indistinto al de pila bautismal, es un poeta de transición de su siglo o contexto histórico cultural. El espíritu post-romántico coquetea, oscila y bucea entre el Modernismo y la Vanguardia. Hay afán de versificación uniforme cuando procura libertad en el género del soneto, y libre al pulso mestizo que lo relaciona con Neruda y Vallejo. Kepa es un guerrillero extraño, incluso inclasificable, porque no practica el parricidio de los clásicos, ni la violencia política indiscriminada. Es un rebelde pacifista como Martin Luther King y Gandhi, amén de custodio de la tradición culta y popular de la literatura española, hispanoamericana y universal. Al igual que el tutor vasco Miguel de Unamuno (el suyo y el mío), quien nos enseña que el cristianismo católico auténtico duda y se sabe contradecir para apuntalar la Fe y la Ética que capta y aporta un modo de vida con propósito propio.



Una de las ultimas fotos de Unamuno

En el caso de Peru de Arteaga, los roles del político contra la politiquería, el creyente católico en Dios trino liberador y el poeta de variado registro en múltiples voces de su muy vasca legión, no sólo denota y connota una sabia y humanística contradicción andante que nos lo hace entrañable, sino también transfigura en el poema a Cristo y los profetas que se anidan en el corazón lector.




viernes, 4 de diciembre de 2020

Relatos de cuando era mas joven 6. Jose Carlos De Nobrega

 

Mis ángeles de la guarda, mamá Augusta y papá José, siempre con el anarcoteista de su primogénito José Carlos

Militancia política y religiosa

A Patricia Romero, la hermana que nunca tuve y con quien comparto la misma Fe

Desde joven milité en causas pero no en partidos políticos. Soy católico no por afán institucional ni ritual, sino en correspondencia con la fe de mis padres y la teología de la liberación latinoamericana con la que simpatizaba Graham Greene, mi tutor dentre los escritores católicos como Mauriac, Papini y los místicos españoles.

Tuve un pasado juvenil evangélico y protestante. Me parece muy simpático y aleccionador que un gigante de la fe como Lutero, le tirara flatulencias o peos olorosos a azufre y embutidos al Diablo, mientras traducía los evangelios.

Estuve en el grupo Alfa y Omega del corsario protestante Bill Bright, dueño de un emporio gringo de las golosinas. Me salí y me pasé al MUEVE, Movimiento Universitario Evangélico Venezolano, pues Alfa y Omega iniciaba con la evangelización compulsiva tipo mercadotecnia, para culminar con el anticomunismo más ramplón. Nada que ver con libros liberadores como Éxodo o los cuatro evangelios.

En MUEVE la cosa era diferente, pues la profecía bíblica apuntaba al cambio social, así como también el pluralismo o saco de gatos de nuestra legión, estimulaba el intelecto y la militancia en la Fe. Éramos las ovejas negras del movimiento evangélico, pues nos la pasabamos bien de protesta en protesta, como esgrimistas o mosqueteros de Dios. MUEVE fue mi iglesia y mi escuela política paralela a la Causa R, la auténtica, la que fundó Alfredo Maneiro. Allí conocí de cerca a tres mártires de la fe como modo de vida: Martín Luther King, Gandhi y el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer fusilado por los nazis.

Conté con la amistad de hermanos en la fe aliñada de apostasía anti católica como Ismael Noé, Enrique García Grooscors, José Francisco Jiménez, Blanca y el letón Edmundo Lazdins, Víctor Cuadra y su papá Don Abelardo (paladín de la Legión del Caribe que se opuso a dictadores latinoamericanos), el gordo Martín Lara, Rocco Nocella, Aristóbulo Chirivella, Ramón Rojas de Caracas y Pepe Perdomo. 

Fueron memorables nuestra protesta contra el tenor hipócrita o fariseo del Bicentenario de Bolívar en 1983, o el luto activo patente en la denuncia de la represión policial. La toma de la Casa de la Estrella en Valencia, Chiripero de la Cosiata que luego y gracias a Páez devino en el culto a Bolívar, nos reveló que aún no se había hecho un desagravio a su memoria y legado, pues ningún parlamento anuló los decretos que lo exiliaron en Santa Marta en la Quinta de San Pedro Alejandrino.

Con motivo del asesinato de un estudiante de la UCV La Morita por parte de la policía regional, sufrí mi primera y por los momentos única pasantía por la sórdida prisión, como dice el Arcipreste de Hita. Fui secuestrado por la inteligencia policial, valga el patético oxímoron, a los 18. Escoltado por unos bichos malas pulgas quienes me amenazaron con regalarme un par de botas... de concreto para luego ahogarme en el dique de Guataparo, arribé a la siempre siniestra comandancia de la Navas Espínola.

Sentado solo en un purgatorio de espera, de repente me levanté feliz porque José Fran y el letón me vinieron a buscar. Qué va! Los metieron en cana también porque inquirieron por mí. Los polis azules nos remitieron a la Disip con todo y pancartas, acusándonos de ser portadores de consignas subversivas. Allí no pasó gran cosa más allá de un oficial enorme y regañón que nos increpó un rato. Incluso luego de ficharnos, declaramos sin abogados por voluntad propia. Lo cual distendió a los disips quienes querían eximirse de la responsabilidad en la muerte del estudiante, lo cual era cierto. Ruleteo policial y síndrome de Estocolmo a la inversa, porque los del uniforme negro y ocupantes de los Malibu Classic amarillos se identificaron con estos tres evangélicos subversivos. 

Por peripecias de la maestra vida, nos remitieron de nuevo a la Navas Espínola porque en la Disip no podían tenernos recluidos. Lo cual nos inquietó. Sin embargo, al entregarnos a un policía gordinflón, los dos disips le advirtieron que nos ingresaran con la gente buena y no con los buitres. Y que si nos hacían un rasguño, se las verían con ellos dos, un par de ángeles de la guardia vestidos de negro y armados de automáticas. Conciencia de Clase o Piedad cristiana? Quién sabe pero la amenaza surtió efecto.

Luego fue atravesar ese siniestro pasillo hacia las sucias celdas. Primero José Fran  con el coraje de Camilo Torres, luego el letón cara pálida por el miedo a los buitres que lo amenazaban con sodomizarlo. Cuando recorrí esta macabra pasarela, se me ocurrió caminar como Pedro Navaja hijueputeando a los muy hijos de Sodoma y Gomorra.

Dormimos el letón y yo con la camisa en la nariz dado el aroma nauseabundo del lugar, mientras José Fran lo hacía plácidamente. Con nosotros estaba Avelino, un muy llorón portugués consolado por sus compañeros de infortunio muy piadosos. Al día siguiente, luego de la inútil limpieza de excrementos y orines del cautiverio y de mi llanto rabioso y claustrofóbico, nos sacaron de una cana para nada agradable, gracias a los oficios de un penalista amigo de Víctor. 

A mi mamá Augusta le espantó no tanto mi presidio, sino que fuera fichado policialmente. Años después, en 1989, año del Caracazo, mi vieja se alivió porque la policía no fue a buscar al anarcoteista de su primogénito. Según Aristóbulo, la mano de Dios traspapeló las fichas de sus tres profetas de bolsillo pero muy amados por Él, ello en su infinito afecto y su divina sabiduría.