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sábado, 28 de noviembre de 2020

Camus y el fulgor indiferente. Jose Carlos De Nobrega



El Extranjero es una novela fundamental del Siglo XX. Albert Camus la publicó en 1942 y se ganó lectores apasionados que le rinden culto a esta obra de cerca de 140 páginas. También causó impacto en dos piezas que la adaptaron para el cine y la música. En 1967, el director Luchino Visconti realizó el filme homónimo con la estupenda actuación de Marcelo Mastroianni como el muy indolente Meursault, asesino repentino de un arabe e hijo indiferente a la muerte natural de la madre. En el album recopilatorio de The Cure, Standing on the Beach, publicado en la década de los 80, tenemos la canción Killing an arab. Un tema fiel tanto a la novela como al sonido neo punk dark. Por desgracia, los fachas y los skin heads lo tomaron de himno para la intolerancia racial en Londres y otras magalopolis del mundo occidental. Ayer los nazis con la música de Wagner y en aquel hoy con la obra de The Cure.

Nuestra relectura hoy, a la luz encandilante y escandalosa del siglo XXI, no fue menos auspiciosa. Este contexto de racismo, intolerancia y chauvinismo que se desarrolla en Europa, Estados Unidos y América Latina (donde muchos migrantes venezolanos son víctimas), está muy mal tratado en los medios y las redes sociales en la dinámica pervertida y envilecedora del poder absoluto y fáctico (sea dictadura o democracia). 

La historia abominable de Meursault que indiferente a la muerte natural de su madre, recaló en el asesinato sin sentido de su prójimo árabe y luego en su condena a muerte, nos deja en el paladar un gusto a veces amargo y con frecuencia perdemos el aroma y el sabor de la vida con propósito en el sopor implacable del sol en Argel. Nada qué ver con el optimismo romántico del film Casablanca de Bogart e Íngrid Bergman, ni con la sátira corrosiva del Gran Dictador de Chaplin. 

La perspectiva narrativa no podía ser otra que la voz misma de Meursault, pues ni un narrador omnisciente ni testigo podría desarrollar ese discurso lánguido, marcado por el tedio y una aparente indiferencia por la vida. El tono realista es relativo, pues sin evidenciarlo hay un desgarramiento hiperreal y si se quiere minimalista del personaje incandescente en su sin sentido. 

Estructurada en dos partes, la novela presenta tres momentos que trascienden lo anecdótico, para devenir en metáfora de la angustia que es el vivir. El sigiloso desmadre ontológico de Meursault, apunta a un proceso de aniquilamiento de la moral convencional y la ética personal auténtica que se debate insensible en tan inhóspito entorno. En la primera parte tenemos la muerte de la madre y el asesinato gratuito e indolente del prójimo árabe. Mientras que la segunda recrea hasta el absurdo el proceso judicial del reo homicida, ello en el cuestionamiento del Estado como dispensador de injusticia y de costumbres estructurales que resecan el cuerpo social. 

Tanto esta novela como El Túnel de Sábato, nos llenaron de atribulada inquietud existencial, independientemente del contexto histórico y emocional de cada lectura. La del argentino apela a la novela negra policial para crear atmósferas densas, oscuras y psicopatológicas. Juan Pablo Castel, homicida de María, se nos antoja un psicópata descolgado en sus odios para sí y para con el Otro. En cambio, Camus nos pinta a un Meursault aburrido, indolente y desprevenido en las situaciones extremas que le llevarían a la muerte exterior e interior. No se explica hasta el detalle lo que motivaría al protagonista relator y actuante a deslizarse cuesta abajo hacia el Infierno social e individual. El corazón delator del protagonista no se mueve en las tinieblas sino bajo el sol enceguecedor y amoral de Argel.

El asesinato del árabe no sólo constituye el nudo de la trama, sino tambien es el umbral entre la ciudadanía anónima de nuestro antihéroe y la abyección predatoria de ser hombre. "Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara. Y era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia". 

Recordemos que esta obra se escribió en el contexto derrotista y colaboracionista de Vichy o la Francia invadida por los nazis. Un país colonial colonizado por su rival conspicuo, esto es el colmo de los colmos.

El tribunal abarrotado e infernal donde Meursault es condenado a muerte, no difiere gran cosa de la buhardilla que el acusado llevaba a cuestas, el apartamento donde vivía solo y el alrededor social para nada estimulante (el maltratador de mujeres Raimundo y el viudo miserable Salamano, por ejemplo) que configuraría las locaciones físicas en las que operaba la claustrofobia de la existencia. Sólo María era el alivio erótico de tan patético mundo personal. El reo de una justicia colonizada, hipocrita y portátil, no es más que un Anticristo que responde a sus captores de manera bulimica y lacónica. Incluso abomina de las visitas de un buen hombre como el Capellán. No hubo indiferencia con este varón de dios, sino una rebelión y una ráfaga agnóstica que lo flageló con apostasía blasfema de palabra y acción. 

Las reinterptetaciones de Visconti en el cine y de The Cure en la música apuestan, cada cual a su manera, por una estética lumínica que aturde a los espectadores. La fotografía cinematográfica de luz hiperrealista y el sonido dark under the sun, así lo atestiguan y lo transmiten a la superficie y el subsuelo del templo físico y psíquico del que lee.

Por estas y otras consideraciones, no está de más leer por primera vez y revisitar de cuando en cuando esta obra clásica e imprescindible para aprehender la peste de ser hombre y, por qué no, cómo lidiar con ello para que el basurero del mundo se revierta en un ámbito digno y vivible.

Por todo esto, apreciamos que una poeta de la cocina nos muestre de manera encantadora cómo prepara un platillo exquisito a base de arroz, carne de cerdo y papas. Se agua la boca no sólo gástrica sino erótica en el apego a la vida. No hay cosa más gustosa que los muchos dones que otorgan un par de manos femeninas, prodigiosas y bondadosas que desparraman amor del bueno en la mesa del ágape contracultural y a contracorriente de toda mezquindad. 



domingo, 15 de noviembre de 2020

Marcelo que estas en los cielos de Roma. Jose Carlos De Nobrega



Intentando escribir sobre El Extranjero de Camus, su adaptación cinematográfica por Visconti y Marcelo Mastroianni, amén de la canción alusiva de The Cure, Killing an arab, se me ocurrió acometer esta nota al gran Marcelo. 

Si, como Fernando Rey, quiero ser Luis Buñuel, ahorita quiero encarnar en Marcelo Mastroianni. El cine y el arte italiano, incluso europeo, tiene la tesitura buena y compleja de su personalidad cautivante. No obstante, Fellini, ese gran poeta del cine universal, se vació en él no sólo en las grandes películas como La dolce vita y Siete y medio, sino en una joya nostálgica como Ginger and Fred en la que acompañaba a Julietta Massina, su gran amor y esposa. 

Para mí es imprescindible su entrañable viudo, periodista y sorprendente revolucionario del amor en la magnífica adaptación al cine de Sostiene Pereira de Giusseppe Tornatore, la muy amada novela de Tabucchi, italiano que amó a Portugal de manera rabiosa. Está de más decir que la relectura del libro y el film acompañan mis días de viudez y de nuevo amor en el duro contexto de la pandemia. 

Más allá de la captación de la dictadura salazarista de 1938, la (auto) censura periodística, el acoso represivo de la Pide, la humorística y dramática vinculación entre el periodismo (la literatura) y la muerte, tenemos la quemazón de la culpa de Pereira que lo vincula a Don Abelardo Cuadra legionario del Caribe marcado por el magnicidio de Sandino ("es una extraña sensación, que está en la periferia de mi personalidad, por eso la llamo limítrofe, el hecho es que por una parte estoy contento de haber llevado la vida que he llevado... pero, al mismo tiempo, es como si sintiera deseos de arrepentirme de mi vida, no sé si me explico"). Asimismo, el maravilloso concepto vitalista de Confederación de Almas que el doctor Cardoso le explica al paciente y amigo Pereira: "Tal vez, concluyó el doctor Cardoso, tras una paciente erosión haya un yo hegemónico que este ocupando el liderazgo de la confederación de sus almas, señor Pereira, y usted no puede hacer nada, tan sólo puede, eventualmente apoyarlo". En este caso, Mastroianni encarna a Pereira magistralmente no sólo en lo físico, sino en especial como el paladín épico poco común surgido de tal tensión psicológica de auto descubrimiento y cambio.

El Meursault que encarnó en la estupenda adaptación fílmica que hiciera Visconti de El Extranjero de Camus, roza también la perfección. Es patética la indiferencia del personaje homicida del árabe en la playa, o del hijo inexpresivo ante el fallecimiento de su madre. Nada que ver con el muy simpático viudo del film de Tornatote. Lo cual abunda en elogios bien ganados respecto a su variedad y riqueza de registros actorales de excepción.

Tanto es así, que en una feria del libro en Valencia, Pedro Tellez y yo lo vimos en el poeta Luis Alberto Angulo, elegantemente trajeado, cuando departía con sus hijos a la manera de un tío proveniente de Roma. El poeta, además de ser nuestro mejor amigo, es psiquiatra de cabecera del psiquiatra y ensayista Tellez Pacheco.

Llueve en Valencia esta tarde de domingo, mientras el cielo de Roma este otoño es el poema que celebra a nuestro imprescindible Marcelo, titán de titanes de los mejores hombres que nos la apañamos en ser día a día.