jueves, 7 de enero de 2021

UN GRAN RELATO SOBRE LA PANDEMIA: LA PESTE DE ALBERT CAMUS. JOSÉ CARLOS DE NÓBREGA

 


La peste (1947) de Albert Camus.

     Este escritor franco-argelino es otro de los nuestros, al igual que Joseph Conrad, Graham Greene, Elias Canetti, Susan Sontag y Gabriel García Márquez, entre otros. Recordamos dos títulos que nos marcaron profundamente como lectores y escritores: la novela “El Extranjero” (1942) y el asombroso ensayo de cabecera anarquista “El hombre rebelde” (Losada, 1953). En nuestra biblioteca reposaba bajo el polvo y el orín de las ratas la novela “La Peste”, la cual desempolvamos a la hora de componer este trabajo ensayístico. Tal fue la impresión que nos causó, que la consideramos el texto eje del canon abierto y personal sobre Epidemia y Literatura que aquí se propone.

     Esta novela coral excede la crónica de la peste bubónica en la ciudad argelina de Orán, acaecida en la década del cuarenta del siglo XX. En este caso, las campanas tocan a rebato seis siglos después de la epidemia que asoló la Florencia del Decamerón de Boccaccio. Suponemos la ocurrencia de esta pandemia recién finalizada la II Guerra Mundial, pues se respira al inicio de la trama –antes de que aparecieran las primeras ratas muertas- el optimismo de la Francia liberada por la Resistencia y los países aliados. Durante el desarrollo de la peste bubónica con sus implicaciones político-sociales, psicológicas y existenciales, el cronista dubitativo deja respirar las voces de los médicos [Doctor Bernard Rieux], sus colaboradores civiles [el periodista Raymond Rambert y el cronista amigo Jean Tarrou], los muchísimos pacientes [entre ellos el hijo del juez Othan, el viejo asmático y el viejo que escupía a los gatos], los funcionarios [el extraño y muy noble Joseph Grand] e incluso los busca vidas [el suicida frustrado y contrabandista Cottard] atrapados en la ciudadela o ciudad-islote. El personaje-masa, si nos disculpa Canetti, se debate entre la sobrevivencia y la muerte con sus cadáveres apilados unos sobre otros en las fosas comunes encaladas de prisa.

     Se trata entonces de un exilio endógeno [el aislamiento social y la cuarentena profiláctica de una ciudad convertida en un ghetto abigarrado y aterrado], de donde el sitio impuesto por la enfermedad infecto-contagiosa comprendería desde el 16 de abril [la Semana Santa] hasta los Carnavales del año siguiente. No se hizo esperar el ritmo trepidante de la peste: “Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores, que dejaría subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente” (La Peste, Albert Camus, Orbis, 1983, pp. 20-21). El 25 de abril fueron recolectados y quemados 6.231 roedores; tres días después la cosa montó en “una cosecha de cerca de 8.000 ratas y la ansiedad llegó a su colmo” (p. 21). El Bestiario muerto y el que pululaba por las calles de Orán, encarnación de Tánatos en plaga post-bíblica, fueron convidados inoportunos de la Pax romana bipolar del momento que se impuso en Yalta. Las ratas del Nosferatu de Herzog, por ejemplo, inquietan mucho más que Los Pájaros de la dupla Daphne Du Marier / Alfred Hitchcock. En el film alemán, la danza de la peste medieval alude al jolgorio nihilista [de la caída de Hitler] ante la inminente llegada del Ejército Rojo a Berlín; mientras que Hitch nos refiere una revisita efectista de los bombardeos de la Luftwaffe en Londres sin un Churchill aleccionador. En cambio, en esta crónica novelada de Camus, la peste supone no sólo la ruptura de la tranquilidad relativa de la casbah colonial y exótica, sino en especial el preludio de la revolución argelina, recreada en uno de los mejores filmes políticos de la historia: La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo, obra que contó con el auspicio del gobierno de la Argelia libre.

     Incluso, la epidemia tiene un peso lapidario en el habla dentro y fuera de la ficción: “La palabra <<peste>>acababa de ser pronunciada por primera vez (…) Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza” (p. 36). Como lo intenta explicar el cronista anónimo hasta entonces, el bullir de esta colmena materialista se afincaba en los intereses individualistas de cada quien [referidos claro está a la problemática de clases y castas contrapuestas], ello sin reparar gran cosa en el destino sufriente del Otro. El amor por el Prójimo, en este contexto indolente y mezquino en lo ético y existencial, no significaba otra cosa que el egocentrismo piadoso vertido en la filantropía. Si bien es verdad que no se puede vivir la muerte del Otro, era muy reciente la pestilencia de los asesinatos en masa en los campos de concentración nazis. La respuesta estúpida, cobarde y despiadada de la turba “liberada”, diferente a la resistencia heroica de partisanos dentro y fuera de Francia, tomó el atajo misógino de apalear, desnudar y rapar el pelo en público a las colaboracionistas, en su mayoría pobres mujeres movidas por la supervivencia propia y de su prole. Al igual que hoy con las guerras extramuros promovidas por la sociedad internacional de cómplices, e incluso la ráfaga invasiva del Coronavirus en todo el mundo, “La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo (…) ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas” (p. 37). El enmascarado rojo carmesí de Poe, esto es la epidemia infecciosa, iguala a los hombres en el estrago corporal y la muerte. La palabra, entre su fragilidad y su poderío de expresión, sumerge al colectivo en el miedo, el terrorismo y la esperanza que oscila entre el pesimismo, la inercia y el optimismo, como si se tratara de un epiléptico debatiéndose en arenas movedizas.

     La sintomatología de cada paciente o, peor aún, de cada víctima destripándose por dentro y desfigurándose por fuera [la conjuntivitis, el debilitamiento general, la fiebre, el tenesmo, los estigmas cutáneos, la aniquilación anímica], no sólo ataca a la unidad de grupo sino a la lengua misma provocándola a delirar entre las pesadillas opresivas y, eso sí, el imaginario que distorsiona la historia por vía de la propaganda y los mitos mal curados. “La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, modestamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado” (p. 38). No se trata de la semántica a secas, sino de la estructura sintáctica disfuncional del discurso que trastoca la mente de los seres humanos ante un castigo o una revancha venidos de Dios sabe dónde.

     La cosa repercute en el diseño de la voz narrativa de esta crónica que atrapa al lector, atándolo con una sirga paradójica que se deshilacha por la putrefacción y luego se trenza sólida y bien apretada en un gran reflujo reconstituyente. Las dudas y los balbuceos del cronista innominado pero copartícipe en este desmadre epidemiológico, apuntan por el contrario a una focalización impertinente para nada objetivista y encandilada de la mirada: La contristación, la empatía y la solidaridad del relator para con la masa sufriente, implican compartir con el Otro el estado de sitio a que la pandemia y la falta de previsión del Estado [autoritario y colonialista, claro está] nos confinan a todos, al punto de proveer las herramientas adecuadas para abordar tal coyuntura extrema. Se presta oídos atentos a la ciudadanía acosada por la peste, además de complementar otras fuentes narrativas tales como la prensa amarillista y al punto autocensurada y, de manera destacada, los apuntes de uno de sus más importantes personajes pivotes, éste es el cronista muy humano de Jean Tarrou quien sí se sabe contradecir: “A primera vista se podría creer que Tarrou se las ingeniaba para contemplar las cosas y los seres con los gemelos al revés. En medio de la confusión general se esmeraba, en suma, en convertirse en historiador de las cosas que no tenían historia” (p. 27). Esta cualidad siempre solicitada se agradece muchísimo, porque gratifica al lector en un ejercicio transparente y poético del Decir que nos retrotrae los reportajes fabulosos que Suetonio dedica a la peste variopinta de sus doce Césares.                  

     La multiplicidad peculiar del punto de vista narrativo, siempre está dispuesta en la fortaleza y la flaqueza a construir su versión personalísima de este exilio confinado en la desesperanza del que sufre. Ello no excluye una aproximación concienzuda de tenor sociológico, psiquiátrico y metafísico de la crisis desatada por la epidemia: Desde la reconfiguración de las relaciones familiares [el doctor Rieux y el “extranjero” Rambert sufrirían, cada quien a su manera, la separación forzosa de sus esposas], apretando el alma en la odisea de las dificultades que entraña en realizar y apuntalar en sí mismos una presencia vigorosa del ánimo [“Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día, solo bajo el cielo. Este abandono general que podría a la larga templar los caracteres, empezó, sin embargo, por volverlos fútiles”, p.63] hasta la usura, la especulación y el acaparamiento de artículos básicos para la supervivencia. A tal respecto, el existencialismo realista y liberador de Camus propone como contra rebelde al igual que la de Job en su momento, la solidaridad nada beata con el Otro. He aquí la duplicidad del cronista por ahora anónimo en tanto relator y víctima sufriente: “En ese molde [de la crónica cotidiana], los dolores más verdaderos tomaban la costumbre de traducirse en las fórmulas triviales de la conversación. Sólo a este precio los prisioneros de la peste podían obtener la compasión de su portero o el interés de sus interlocutores” (p. 64). La poética del Decir hace posible el fortalecimiento de una Comuna de Hablas y de acción por la Vida en la gravedad de tan pesada coyuntura. Así gana sentido existencial la “Jodisea” curativa del doctor Rieux, el párrafo que teje y desteje Grand, las Homilías que se encuentran y desencuentran del sacerdote jesuita Paneloux, los intentos peripatéticos de fuga de Rambert para reencontrarse con su mujer o el tránsito de Cottard que va del suicidio fallido al cinismo que lo convirtió en contrabandista apólogo de la peste y luego, por despecho, en asesino de transeúntes al azar.



     Hay una pregunta clave y lacónica que Tarrou le formula a Rieux respecto al sin sentido de la lucha por la sobrevivencia en la Pandemia: “¿Contra quién?” (p. 103), interrogante que pareciera desdecir la de San Pablo afincada en la Fe cristiana originaria, Con Cristo… ¿Quién contra nosotros? La respuesta tentativa que excluye la arrogancia de lo absoluto y lo definitivo, se dirige a la carnadura de la literatura misma, esto es a los móviles esenciales del cronista y el legislador implacable: [Dispensen de nuevo lo largo de la cita] “Pero el cronista está más bien tentado a creer que dando importancia a las bellas acciones, se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. Ésta es una idea que el cronista no comparte. El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad” (p. 106). Además de evidenciarse un apego a las tesis de Rousseau, distintas a las de San Pablo pues sin Dios no hay justo que valga por sí solo, la cosa alude a la cadena de trastornos que el muy asceta y crístico Nazarín de Galdós deja a su paso en la Castilla de finales del siglo XIX [ratificada el siglo siguiente en la adaptación fílmica de Buñuel]. El Padre Paneloux busca granjearse prosélitos de la Fe en la Iglesia sin escatimar recursos colindantes con la propaganda: “Este mismo azote que os martiriza os eleva y os enseña el camino” (p. 81), de la misma manera que el maestro procede con la sangre de sus discípulos para untar el pan del aprendizaje o sofreír los aliños en el óleo de sus propias frustraciones.

     Por su parte, el periodista Rambert, el parisino extranjero atrapado en la nueva ciudadela de la peste en Orán, fue la víctima del funcionarismo formal [la burocracia gubernamental] y el informal [los gestores y contrabandistas] en la comisión de un intento exitoso de fuga. Como todo reportero investigador, se dio el tupé de especular una tipología de esta clase sobreviviente extrema que, al igual que los escarabajos y las cucarachas, salvaría el pellejo hasta en un bombardeo nuclear: “Según la clasificación que Rambert propuso al doctor Rieux, este género de razonadores constituía la categoría de los formalistas. Junto a éstos se podía encontrar a los elocuentes, que aseguraban al demandante que nada de todo aquello podía durar y que pródigos en buenos consejos cuando se les pedía decisiones, consolaban a Rambert afirmando que se trataba de una contrariedad momentánea. Había también los importantes, que le rogaban que les dejase una nota resumiendo su situación y notificando quién le había informado de que ellos estatuirían sobre tal caso; había también los triviales, que le ofrecían bonos de alojamiento o direcciones de pensiones económicas; los metódicos, que le hacían llenar una ficha y la archivaban, en seguida; los desbordantes, que levantaban los brazos en alto, y los impacientes, que se volvían a mirar a otro lado; había, en fin, los tradicionales, mucho más numerosos que los otros, que indicaban a Rambert otra dependencia administrativa o una gestión distinta” (pp. 87-88). Este pasaje aliñado con sarcasmo cínico, esconde un tratado sociológico que superaría a Stuart Mill y haría de las delicias ensayísticas de nuestro Aníbal Nazoa. La epidemia, como los golpes de estado y las catástrofes naturales, es asimismo una situación extrema susceptible de arrancarle a la Humanidad sus virtudes y vicios latentes: Cottard se convirtió en un traficante furtivo de bienes y servicios gracias a la peste, mientras que el mismo Rambert se sumó a la cruzada contra la pandemia movido por el amor al prójimo sufriente. ¿Cómo se explica, por ejemplo, la ineficacia del aparataje gubernamental norteamericano respecto a las inundaciones en New Orleans [George Bush hijo], el control de armas y la violencia policial-racista [Barack Obama], la quiebra económica y colonial de Puerto Rico o los efectos perniciosos del Coronavirus o Covid-19 en New York y Los Ángeles [Donald Trump]? La cuestión no salva ni a “las llamadas sociedades desarrolladas” [Clarke, 1973, p. 8] las cuales de veras ni siquiera saben contradecirse en su discurso progresista y autorizado. Volviendo a Orán, para algunos funcionarios y emprendedores que esgrimen una extraña forma de nacionalismo colonial, les preocupaba más las pérdidas económicas que el sufrimiento exterior e interior de sus aterrorizados habitantes.

     Las crónicas de Tarrou alimentan el libro de libros que es “La Peste” de nuestro Albert Camus. Su carácter coral y polifónico apunta, sin adhesiones ateas ni político-partidistas, así como tampoco polémicas religiosas inútiles, a una reivindicación problemática del lenguaje oral y escrito. Por supuesto, la cosa excede a la literatura en tanto reflejo fotostático de la realidad. Se nos habla de la búsqueda existencial y, al punto, del despropósito del gregarismo social guiado por reyes tuertos y desnudos. Hallamos la observación caníbal, enternecedora y humanística de dos de sus personajes mejor recreados: los dos viejos, el que escupía a los gatos por ocio senil, y el asmático. El primero vio frustrado su deporte envilecido gracias a que la peste les arrebató a sus presas mininas por arte de magia apocalíptica [¿arrebatamiento de cristianos antes de la gran tribulación?]. La depresión consecuente lo recluiría en la soledad umbría de su apartamento. El viejo asmático se había jubilado a los cincuenta años para acostarse en su propio ataúd o, mejor todavía, alojarse en su ancianato: del camastro al comedor y viceversa en un inútil desafío por trizar el tiempo. No en balde había transcurrido veinticinco años en ese proyecto perezoso. He aquí la increíble pero brillante hipótesis de Tarrou a tal respecto: Pese a que el viejo asmático aducía razones religiosas rayanas en lo bizarro [la juventud y la adultez suponen el ascenso y la dinámica de la vida, mientras que la vejez tiende al descenso inercial, por lo que “lo mejor era, justamente, no hacer nada” al final de los días], el cronista infirió una filosofía mezquina y biliosa que aborrecía de las crecientes colectas de su parroquia y, mejor aún, una absurda esperanza de fallecer muy viejo. Esto es una extraña forma de santidad enclavada en el rito de las costumbres cosidas a retazos.

     Así como tenemos la pila de cadáveres de la que nos habla con espanto Canetti, tanto la montaña yacente de la peste como el volcán humeante de la guerra, la novela de Camus nos presenta tres muertes puntuales que marcan a los personajes sobrevivientes de la epidemia en Orán, locación que es a su vez concreta per se y metafórica del mundo en su devenir histórico. Se trata del jesuita Paneloux, el cronista Tarrou y, especialmente, el hijito del juez Othon. La segunda homilía reformulada del sacerdote fue condicionada por la muerte del niño, al punto de poseer un dramatismo afín a las canciones luctuosas de Gustav Mahler [Kindertotenlieder]: “Había con certeza el bien o el mal. Había, por ejemplo, un mal aparentemente necesario y un mal aparentemente inútil. Don Juan hundido en los infiernos y la muerte de un niño. Pues si es justo que el libertino sea fulminado, el sufrimiento de un niño no se puede comprender” (p. 174). El fallecimiento del cura, pese a declarar que no tenía amigos porque los religiosos se concentraban en Dios, movió al Doctor Rieux a un paréntesis tierno de su fría condición profesional, además de restarle brillo a la festividad de todos los santos. Tarrou, en cambio, no había tenido la misma suerte de Jacob: Su ardiente y empecinada lucha contra el ángel de la pestilencia que ya se iba de Orán, lo llevó a una muerte digna pero sin repercusión ni agradecimientos por los favores recibidos en la ciudad en el alba de su liberación. Rieux, transido de un dolor tripartito [el del médico, el del amigo entrañable y el del cronista desenmascarado], experimentó con intensidad el amanecer inmediatamente posterior al día del juicio final: “Y al fin, las lágrimas de la impotencia le impidieron ver cómo Tarrou se volvía bruscamente hacia la pared y con un quejido profundo expiraba, como si en alguna parte de su ser una cuerda esencial se hubiese roto” (p. 223).

     El caso del hijito del juez Othon, nos parece el clímax de esta crónica estremecedora sobre la peste bubónica que deviene en la “pestilencia de ser hombre”. Camus no teme realizar una conmovedora transfiguración doble de la Biblia, eso sí, sin afanes moralizantes ni artefactos esteticistas [la retórica en tanto objeto falso]. Tenemos, en primer término, la alusión al Éxodo de Moisés en lo que toca a la última plaga en Egipto, esto es la cruenta e igualitaria estrategia bélica de liberación judía centrada en la muerte de los primogénitos, la cual incluyó al del propio Ramsés II quebrantada su soberbia terca y megalómana: “Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales” (Ex. 12:29). En segundo término, se desarrolla la transfiguración ficcional de la Pasión y Muerte de Jesucristo en el Calvario: “Gruesas lágrimas brotaron bajo sus párpados inflamados, que le corrieron por la cara, y al final de la crisis, agotado, crispando las piernas huesudas y los brazos, cuya carne había desaparecido en cuarenta y ocho horas, el niño tomó en la cama la actitud de un crucificado grotesco” (p.168). El cronista, innominado en ese momento, no escatima detalles en la descripción clínica, psicológica, sociológica y sobre todo emotiva de la agonía del desdichado infante. Los gemidos escalofriantes, el olor “a lana y a sudor agrio”, los espasmos del cuerpecito por demás estragado, los bubones dolorosísimos, repercuten hasta la indignación en el entorno humano impotente ante el empoderamiento de la peste respecto a la indefensa criatura, como si simbolizara la agonía de la ciudad sitiada. Ni el suero del Doctor Castel, ni el apego del Doctor Rieux a la cama del paciente, ni los ojos cerrados de Tarrou, ni las plegarias del jesuita Paneloux lograron resucitar al niño. “Ya había visto morir a otros niños, puesto que los horrores de aquellos meses no se habían detenido ante nada, pero no habían seguido nunca sus sufrimientos minuto tras minuto como estaban haciendo desde el amanecer. Y, sin duda, el dolor infligido a aquel inocente nunca había dejado de parecerles lo que en realidad era: un escándalo”. Efectivamente, la biografía de esta víctima se equipara a la de Jesucristo, una crónica no sólo del escándalo sino del escarnio si la lectura nos conduce al fatalismo de la anécdota. Más adelante se lee “Pero hasta entonces se habían escandalizado, en cierto modo, en abstracto, porque no habían mirado nunca cara a cara, durante tanto tiempo, la agonía de un inocente” (p. 167).

     Muy a pesar del estado predominante de la dejadez durante esta coyuntura epidemiológica, con su péndulo bipolar que iba del tedio a la esperanza artificial; los soliloquios dubitativos del Doctor Rieux como el cronista desenmascarado por sí mismo; o la hondonada en el pecho que sigue siendo la pestilencia de ser hombre, nos queda la anti moraleja de esta soberbia novela: El Amor en sus contradicciones se realiza en el silencio inaudito que quiebra sosos festejos y el decir expedito que apuntala la muy necesaria compulsión por la vida. La crónica de Tarrou, hermanada con la de Rieux, que incluso incorpora el párrafo inacabable del anti-héroe Grand, bien han valido la pena para que el mundanal ruido de los discursos banalizados no nos distraigan en la búsqueda existencial que dignifique al Hombre y le provea de una auténtica terredad posible. La desesperación del francotirador Cottard, ajusticiado sumariamente por las fuerzas del orden restablecido, es contrapuesta afortunadamente por la tozudez lúcida de la escritura de un párrafo quemado por retomar: “<<En una hermosa mañana de mayo, una esbelta amazona, montada en una suntuosa jaca alazana, recorría entre flores las avenidas del Bosque>>” (p. 205, ¿alusión a Rubén Darío?). A lo que replica nuestro médico y cronista sobrenatural, consciente de sí mismo y de su oficio amén de la inmortalidad del bacilo de la peste: “decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio” (p. 238). La escritura, además de bálsamo, psicofármaco y terapia desconocidos por la farmacopea políticamente correcta, la hemos vivido como manifestación rebelde del que ama al Otro en sus virtudes y defectos, valgan las lágrimas muy sabias del cineasta argentino Adolfo Aristarain. Se trata de ubicar un lugar en el mundo que evidencie, entre otras cosas, la crapulencia de los poderes fácticos, llámese la corporación “Tulsaco” en la ficción cinematográfica o su copia mentada Chevron en la realidad mustia que defecó su detritus resinoso y obscuro en las selvas ecuatorianas.

     Era de esperarse, pese a nuestra terca Fe en la esperanza agonística [en pie de lucha como nos lo inculcó Unamuno], declaraciones y actitudes crematísticas como las del encuestador [o mejor dicho el despistado futurólogo venezolano] José Antonio Gil Yépez, ponderando la avaricia del Dios Mammon muy por encima de la salud y la vida de sus connacionales en la brega. Quejarse de que no se respalde a emprendedores parasitarios ni mercachifles usureros en el financiamiento de sus pérdidas durante el reinado del Coronavirus, así como tampoco se propicie la esclavitud asalariada, supone dar de coces contra el agujón: La Peste, al igual que en la Edad Media, sigue jugando con una ciudadanía desprevenida y achacosa como el gato villano [para nada maula] lo hace con el mísero ratón al que le cegaron todas sus covachas. ¿Qué esperaban? ¿Qué se robaran la canasta de alimentos de la población más vulnerable para incrementar su plusvalía obscena? Releamos la modesta proposición de Swift que borre del mapa a la prole más pobre, ello para aliviarle un encerado pesado a sus progenitores [esclavos asalariados] y la patria sólo para la quimérica casta de aristócratas y burgueses.

miércoles, 6 de enero de 2021

Un angel de la independencia. Jose Carlos De Nobrega


No les parece Carmenza de lo más guapa? 


Carmen Armas es una grandiosa amiga que nos gusta mucho. Tenía tiempo sin verla. Me la imaginaba paseando por los pasillos del Museo del Prado o por los del MOMA en Nueva York, luego de visitar al artista y camarada Javier Tellez. Pero, por fortuna, regresó a las andadas en su Valencia, la de Pocaterra y sus caricaturas agridulces, Enrique Bernardo Nuñez (a quien Caracas se lo quedó como cronista eterno), Michelena el retratista romántico y el negro Diaz Sánchez arrebatado por los valencianos a los porteños. Carmen no sólo es la mejor y más simpática odontóloga de la ciudad (se la imaginan compartiendo consultorio con el dentista pistolero Doc Holliday en Tombstone?, sería la tiradentes regente), sino una ráfaga de ventisca pícara y juguetona que le entorpecería la faena, volandole el capote y la muleta, a los toreros extranjeros en la Plaza de la Monumental. Esta flaca que le mete al arte bidimensional y al no objetual, posee el vibrato bullente de un enjambre de abejas bochincheras que convierten su panal en destilería mexicana o larense. Incluso nos alegra sacudiendo la tarde con su parlanchina conversa, asimilable a un orfeón de paraulatas en el monte. Su dulzor y ternura picanticos provienen de la cosecha del mejor aji de Venezuela. Hoy, 6 de enero del año para nada jubilar de la Pandemia 2020-21, junto a su compinche Daniel Sarmiento, escamoteó par de camellos a gas, usurpando el régimen de los Reyes Magos quienes quedaron a pie vía Canoabo. Ella se justifica argumentando que el Tirano Aguirre les dará la cola más tarde con el resto de los marañones y sus fuegos fatuos que espantan en el occidente de Carabobo. Pues la Carmen, ataviada de ángel campesina del México de Villa y Zapata, y el Daniel atravesaron Valencia de Norte a Sur para traerme mis regalos, el oro del Alto Perú alimentario, el incienso y la mirra de la Naguanagua del Psiquiátrico con sus fármacos y menjurjes cortesía del Doctor Pedro Tellez y el poeta Luis Alberto Angulo, psiquiatra del Decir del psiquiatra ensayista. Carmen no se peló el camino a mi Cueva de Platón que no excluye a los poetas ni a la poesía, porque Caramba, Caramba! la masa no está pa bollo en la decadencia de este imperio de muy pobre y mezquino mundo. Porsia, Laura Antillano, Myriam Oliveros y el propio Luis Alberto proveyeron apoyo logístico desde sus satélites desconocidos por el resto de la humanidad, pero operativos y útiles a la hora de hacerme llegar mi regalo del día de reyes. Propongo levantar un monolito en la Plaza Mayor para encaramar una estatua de Carmen Armas que acompañe a la de Bolívar, muy solito y algo tristón hoy. Ambos importunaran la mezquindad de tirios y troyanos que no aman a la Matria, con sus comentarios de comedia de Moliere y las carcajadas que al punto mejorarán cada día hasta que esta crisis acabe y pase el temblor.

martes, 5 de enero de 2021

Fantasmas en la Radio. Jose Carlos De Nobrega



Ayer, lunes 4 de enero de 2021, el poeta José Gregorio Medina me invitó a escuchar el programa "El Fantasma de Prospect  Park", homónimo de la novela de Albo Aguasola, en la radio Popular 106 FM de Valle de la Pascua. La experiencia no sólo me gustó, sino que me divirtió sobremanera. 

Este programa de corte literario, se transmite de lunes a jueves de 7 a 9 pm. Los viernes y sábado de 7 a 11 pm. Resulta insólita la existencia de este espacio mediático dedicado a conversar sobre la literatura universal. Es un fantasma simpático que recorre el dial este siglo XXI, como el del comunismo de Marx andando este mundo loco desde 1848.

Se nos parece al fantasma de Oscar Wilde, atribulado por el despropósito de los hombres. En medio del desmadre de la republiqueta petrolera, tenemos a estos amigos sosteniendo un diálogo terco, si se quiere fuera del patético contexto de la banalización de los discursos, pero muy necesario sobre el oficio de escribir el mundo para que el autor se escriba a sí mismo.

En la primera emisión del 2021, el tema giró sobre la inquietante, lúdica y seductora novela "Lolita" (1955) de Vladimir Nabokov. Llevada al cine en dos adaptaciones fundamentales, la de Stanley Kubrick en los 60 y la de Adrián Lynne treinta años después. Nos pareció que los dos moderadores, Rafael Eney Silvera "Lito" y Patricia, hicieron una lectura moralista de la obra, cosa que empero no disgustó sino que nos movió a simpatizar con su afán lector divulgador, que es lo que más nos importa. 

El profesor Lito Silvera, quien pareciera colega y consejero de Humbert Humbert, el atribulado y humano pederasta protagonista de la novela, ofreció a los radio escuchas una voz impostada, intelectual y profesoral plena de interesantes registros. Su máscara sónica, como dice Canetti, no nos pasó desapercibida pues brincó de lo culto a lo popular, como si se tratara de la comedia de equívocos que subyace en el libro a contracorriente de la moral victoriana de los Estados Unidos. Del tratado o tesis psicocrítica sobre la molicie de Humbert Humbert, pasó a la confianzuda interacción con un radio oyente llamado Cara e'cachapa. Abunda en su discurso pedagógico expresiones enigmáticas y crípticas como "intercambio opinático" o "platonismo idílico", que conviven con el habla entre urbana y rural de Valle de la Pascua. Es la sazón mixta e insólita de la lengua que además de informar y formar en valores tradicionales, también nos entretiene y mueve a una risa compasiva respecto a las peripecias de la sobrevivencia, lo cual vale y mucho.

La voz de Patricia nos pareció encantadora, dulce en su flemático tratamiento de tan espinoso y muy querido libro. Sin que nos incomodara su oscilación entre el cuestionamiento moral a Humbert Humbert, víctima y victimario, posesivo y enamorado, y el solaz atrevido y poético de la novela, parecía una condiscípula de Lolita, tan nínfula y linda como ella. Me hizo recordar una de las visiones más intensas en la vigilia, donde la realidad es seducida por las ensoñaciones más placenteras. Era un joven cajero de veinte años en la Fuente de Soda Atrium del Centro Comercial Avenida Bolívar, cuando en una mañana muy avanzada me topé con la nínfula más hermosa que había visto en mi vida. Se sentó frente a mí, de ladito, una pre adolescente de largo cabello castaño (o pelirrojo?), vestida de un conjunto carrubio o quizás bermellón. Un rostro delicado, bien perfiladito, afrodisíaco. Ojos verdes como el agua de playa Morrocoy. Y una piel de sonrosado a rojizo que me perturbó y me arrebató del espacio y me llevó al no lugar que balbucía en trance místico: Lolita, Lolita! Me desperté con su desaparición en vital y graciosa carrera sabrá mi Dios a dónde. El subgerente, el andino tostado de Luis Urbano, se reía de mí remedando en falsete mi balbuceo o gemido ardoroso y apasionado.

Dispensen lectores la digresión visionaria, qué causalidad, también soy escritor y profesor como el Humberto o Beto ruso, pero no pederasta. Volviendo a lo nuestro, nos parece que el programa merece ser escuchado por los lectores que se asomen por aquí. A mí me gratificó esta experiencia contingente, paradójica y lúdica al igual que la lectura de Lolita y el resto de la obra del colega Nabokov, además de la escritura divertida de esta crónica. Pueden sintonizar el programa a través del link https://popular106fm.com.ve/. No se pelen la emisión de hoy martes 5 de enero de 2021. La cosa se presenta de lo mejor: Qué se conversará sobre "Madame Bovary" de Flaubert? Obra maestra o carrera aburrida de fondo sobre una desdichada esposa de provincias que languidecía de aburrimiento? No sé ustedes, pero viajaré en el dial hasta Valle de la Pascua. Quién quita si ella en busca de afecto, me dé lo mejor de sí en este siglo de peste asintomática.

https://www.ciudadvalencia.com.ve/un-fantasma-escurridizo-2x2/. Esta es mi nota a la novela de nuestro amigo Albo Aguasola. Cuidado si rifan un ejemplar hoy y usted resulte el gran ganador.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Una ojeada a Piri... Un libro de Eduardo Milan


Portada de este incunable del ensayo y la crítica sobre una posible teoría poética.

Piri. Ensayos uruguayos sobre poesía en general de Eduardo Milán, como todo libro revelador, ha pasado desapercibido en la discusión literaria crítica de nuestro medio. Tenemos la edición del Fondo Editorial del Caribe, 2012, Anzoategui, Venezuela, gracias a un obsequio estupendo y oportuno del poeta Luis Alberto Angulo. El libro tiene tres ediciones anteriores, 2007, 2010 y 2011.

La palabra Piri se refiere a un junco del Río de la Plata que sirve para hacer cestas, canastos y esteras. Es una voz de origen guaraní. La expresión Caerse de Piri significa también persona crédula o ingenua quien se pilla sorprendida al enterarse de algo sabido por todos. 

Esta joya ensayística que aún se mantiene escondida entre nos, es un incunable de nuestra literatura que se asimila a "El Arco y la Lira" de Octavio Paz y también a los ensayos sobre poesía de nuestro Enrique Arenas. 

Posee la audacia discursiva de Arenas y la sabiduría y el oído de Paz. La parrafada bien compuesta y majestuosa, se presenta como una muy poderosa unidad formal de expresión que excita el interés del lector atento, lúdico y agradecido.

No obstante el despliegue argumental y teórico critico del autor, el discurso apuesta por una poética del Decir en el rigor inquisitivo y la claridad expresiva. Milán no sólo surfea la cresta de la ola, sino también bucea entre las corrientes internas del discurso poético del Otro. Resulta interesante la categorización de lo poético partiendo de la consideración atenta de cada poeta. La tercera parte apela a una metodología de literatura comparada que vincula a dos poetas aparentemente distintos. "Paz y Parra: la diferencia" es una brillante pieza que no sólo los reivindica a ambos en lo apetitoso de la pulpa, sino establece vasos comunicantes entre ambos gigantes de nuestra poesía. De Paz elogia su destreza escritural "de volver clásico, monumental, con voluntad eterna, lo que es eminentemente transitorio, se ubica en el tiempo como tal y no espera ni quiere nada mas que eso mismo del devenir". De Parra halla que su discurso es una apuesta persistente por el habla, en un desmontaje antipoético del mundo que recrea con su voz extremista. En ambos casos se trata de vías paralelas que se cruzan con asombroso afán, recobrar el poderío de la palabra poética sin desquiciar el fondo esencialista de la mejor tradición, pero sacando astillas de la incomprensión de las modas literarias ensimismadas en su soberbia y banalidad.

Eduardo Milán es un caso excepcional de la crítica, al igual que nuestra amada Susan Sontag: La posibilidad placentera y reivindicadora de la Palabra, esto es expresar con transparencia nutritiva los temas más complejos de la literatura, la política, el arte y la cultura. Esto redunda en la captación precisa y la reescritura creativa de la crítica. Afán libre y responsabilidad de ensayar sobre la Poesía auténtica, universal.

El potente verbo ensayístico y crítico, ars y logos, que aborda temas fundamentales y fundacionales de la Poesía y la Poética universales, partiendo de nuestra América Latina, nos mueve a leer y revisitar con sumo cuidado a los poetas bien comentados y mejor conversados. Entre el vocerío poético, además de Octavio Paz y Nicanor Parra, tenemos a Ernesto Cardenal y Alvaro Mutis, Mario Benedetti y Jaime Sabines, Miguel Casado y Fabio Morabito, José Gorostiza, María Auxiliadora Alvarez y Laura Solorzano. 

Desde el inicio de esta gran empresa ensayística, Milán nos habla de la Poesía del Decir, esa gran corriente de la palabra vinculada a la vida misma por la que Luis Alberto Angulo, Enrique Mujica y este salmista compulsivo hemos optado más allá de la ideología y la estética. No pocos poetas han incursionado en ella como escritura, sino como proyecto posible de vida plena, responsable y comprometida. Más allá del exteriorismo o el coloquialismo en el poema, el Decir puede asumir variantes increíbles que en apariencia son antitéticas. Excede y trasciende lo ideológico para el desarrollo en proceso paradójico de la expresión compulsiva del mundo, de por sí justa y necesaria. 

El quinto capítulo o elemento constitutivo de este corpus meta poético, integra y sintetiza un texto conmovedor, sentido y ejemplar sobre el exilio exterior e interior. La declaración de fe y la confesión de las fallas de una generación acechada por las satrapías militares del cono sur, nos tocó con fuerza, emoción y saudade por una utopía que hoy se halla en construcción posible a contracorriente de la desilusión política y artística. Hasta el punto de comprender el por qué y el sin por qué del Decir en la poesía de Angulo y Mujica por allí encaminadas hace rato; el bloque multi-residencial de El Corazón de Venezuela; o la poesía reciente de voces nuevas como Marichina García Herrero y Tahis Urdaneta de Gouveia.

El 7 de diciembre de 2019, como antelación del año siguiente de la Pandemia del covid-19 y la universal de ser hombre, como afirmó Camus en la novela "La Peste", el poeta Luis Alberto me hizo este regalo imprescindible con motivo de la situación de calle mía y de la república petrolera. Recordatorio de que lo que atamos en la tierra lo atamos en el reino de los cielos.

martes, 29 de diciembre de 2020

Reynaldo Perez So, nuestro Premio Nacional de Literatura

 Reynaldo Perez So, nuestro Premio Nacional de Literatura

José Carlos De Nóbrega

Reynaldo Perez So (Caracas, 1945) no sólo es una de las amistades más importantes de mi vida, sino un muy generoso maestro de literatura viva. Junto con Luis Alberto Angulo, Pedro Tellez, Enrique Mujica y Laura Antillano, tiene una presencia e influencia fundamentales en el devenir de mi obra como escritor, traductor y promotor cultural.

Al frente está Reynaldo Perez So de chaqueta clara y lentes oscuros, flanqueado por Eugenio Montejo y Alejandro Oliveros. Se presume que Carlos Yusti hizo el collage parodiando la portada del disco El club del Sargento Pimienta de los Beatles. 

A mediados de los ochenta, Pedro Tellez, Argenis Salazar, Slavko Zupcic, Elgar Bohórquez y nuestros hermanos chilenos Igson y Sergio Gonzalez Quitral, frecuentábamos el Departamento de Literatura adscrito a la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Reynaldo nos recibió de muy buena manera y nos obsequiaba ejemplares de la revista "Poesía" (que él dirigió en una etapa estelar) y de "Zona Tórrida" (que también dirigió para luego hacerlo el poeta Alejandro Oliveros durante largo tiempo). El poeta Perez So, poco amigo de las estridencias de la fama y el despropósito de las modas literarias, nos indujo, con rigor y afecto de hermano mayor, a conducirnos por la lectura y la escritura. Tanto es así, que creó "La Tuna de Oro", publicación destinada a promocionar jóvenes voces del estudiantado universitario. Todos nosotros, sin excepción, publicamos allí, lo cual nos apuntaló la vocación y el afán por el arte literario. Igson, Sergio, Pedro, Slavko y yo fuimos directores de la publicación, gracias a Reynaldo y luego a Adhely Rivero.

También Reynaldo me abrió las puertas de la revista " Poesía" y me estimuló a escribir sobre el género madre de la literatura misma. En aquella época, mis lecturas eran "prosaicas", la prosa como el Diablo de la Poesía, y comprendían el ensayo y la narrativa. Nunca olvidaré la primera vez que publiqué en La Tuna de Oro, un primer ensayo sobre el " Manual del Distraído" de Alejandro Rossi. Reynaldo y Adhely me visitaron en el infame Centro de Copiado donde trabajaba, felicitándome porque al fin me había atrevido a publicar (yo era supersticioso porque pretendía leer bibliotecas enteras antes de escribir alguna cosa mía). Fui reseñista de poemarios y ensayista en "Poesía", donde se respetó siempre mi criterio y estilo. 

Autorretrato de Perez So en el número monográfico de la revista dedicado a su obra poética, ensayística y de traducción.

Además de sus sugerencias y consejos, aprendí muchísimo como lector de su obra poética y ensayística. Leí con sumo entusiasmo casi todos sus libros: Los de poesía autentica Para Morirnos de Otro Sueño (1971), un libro inicial de asombrosa calidad, Tanmatra (1972 y 1988), Nuevos Poemas (1975) que me fue robado entre otras cosas una noche de farra, 25 poemas (1982), Mirinda Campo (antología poética en castellano y esperanto, 1984), Matadero (uno de los poemarios favoritos de mi muy elástico canon universal, 1986), Reclamo (1992), Px (poesía comprometida con el Otro, el paciente, 1996), Solonbra (un precioso poemario bilingüe en castellano y ladino), Antología Poética (prologada por el poeta brasileño Armindo Trevisan, 2003 y 2006) y Rosae Rosarum (con un sabor saudoso a exilio, 2011). Asimismo, Fragmentos de un Taller (1990) que colinda con el ensayo afincado en aforismos muy precisos y sabios, y el monólogo teatral Sucre, estampido de Dios (1995, este año el Departamento me publicó mi primer libro, el ensayo Sucre, una lectura posible, ambos títulos en conmemoración del Bicentenario del Mariscal de Ayacucho). En 2011, a pedido de su director el poeta Antonio Trujillo, publiqué en la Revista Nacional de Cultura nro 338, Tomo I, pp. 329-337, mi Elogio Panorámico a Reynaldo Perez So, con el cual le agradezco su amistad y magisterio poético y literario que tanto ha beneficiado mi obra literaria de 22 libros publicados y otros 20 inéditos a la fecha. Sin él ni mis otros maestros amigos, no lo hubiera hecho dada mi pereza, indisciplina y cambiante carácter.

https://grupolipo.blogspot.com/2011/06/elogio-panoramico-reynaldo-perez-so-por.html?m=1

Como todo genio y figura, Reynaldo tiene sus detractores (equivocados por demás en su mezquindad y maledicencia), pero le sobran los buenos amigos y lectores muy agradecidos. Él logró interesarme en la lengua y la cultura portuguesas de meus pais, papá José y mamá Augusta. Gracias a su buena pero exigente orientación, pude publicar traducciones propias que me enorgullecen, tales como las de Lêdo Ivo (dos poemarios en uno por Fundarte y el aparecer sin saberlo en una antología mexicana, La Tierra Allende, que comparto con gigantes como José Emilio Pacheco, Maricela Teran y Stefan Baciu), Mario de Sa Carneiro (dos poemarios en versión bilingüe publicados en uno por Gabriel Jiménez Eman en Ediciones Fábula) y una novela de Clarice Lispector por Fundarte.

Cuando fui jurado del Premio Nacional de Literatura junto a los escritores Wafi Salih y Luis Britto García, nos topamos que de los cinco finalistas tres eran valencianos por naturalización de vida y literatura: Laura Antillano, la justa ganadora por unanimidad, Enrique "El Gallo" Mujica y Reynaldo Perez So. Disfruté de lo lindo las deliberaciones con Wafi y Luis Britto, ello en un clima de cordialidad de la buena. Nos extrañó que no estuviera el nombre del también polígrafo Gabriel Jiménez Eman, descartado por el jurado de clasificación. Pude dar rienda suelta a mi conocimiento lector de la obra de El Gallo y Reynaldo, así como el profundizar con mis colegas en la obra de Laura.

A Dios gracias para su mayor gloria, el premio también sería premiado con los nombres de Gabriel y Reynaldo. Ya le tocará pronto al Gallo, dueño de una poderosa voz polígrafa.

Qué bueno que los premios como estos, más allá de divulgar la obra de nuestros amigos escritores, nos involucran en la emoción de haber sido copartícipes como críticos literarios y glosadores, y en especial como cómplices en el afecto. Por eso, Reynaldo (y Nelson Guzmán en Humanidades este mismo año de Pandemia), te felicito y me felicito en la proximidad de un amanecer mejor por venir para esta Tierra de Gracia, patria de promisión al igual que la Nueva Jerusalén donde convivamos todos los teístas (y agnósticos que son asimismo nuestros hermanos) como los católicos, los evangélicos, los judíos, los musulmanes, los budistas y pare usted de contar.



lunes, 28 de diciembre de 2020

Elogio entusiasta a Nelson Guzman. Jose Carlos De Nobrega

 

Nelson Guzmán y yo en Valera, Trujillo

Nelson Guzmán (Cumana, estado Sucre, 1957) es uno de mis mejores amigos, mejor dicho, uno de mis más estimados hermanos en la amistad. Lo conocí en un viaje por carretera que hicimos junto a los poetas Luis Alberto Angulo y Luis Ernesto Gómez, desde Valencia hasta Valera, la capital del estado Trujillo. No sólo hicimos buenas migas durante tan largo trayecto, digno de una road movie, sino de nuestra experiencia peripatética en esa extraña y, si se quiere, semioscura ciudad.

El hotel era un refugio para camioneros, oficio que respetamos, porque es muy duro viajar durante horas, lejos de la familia, y enfrentar lugares y circunstancias no muy gratos. Nos hacinaron en una habitación con tres o cuatro compañeros más. Había un solo baño y tenías que tener cuidado a la hora de la ducha matinal, so pena de que se inundase la habitación. Se nos suministró el combo de dos jabones de baño pequeñitos, dos de papel higiénico y cuatro paños para ocho desdichados clientes. En la noche, la comida llegó embalada en una caja, la cual dejaron en el pasillo. Parecíamos prisioneros de un campo de concentración sui generis. La cosa me recordó la película El puente sobre el río Kwai de David Lean, o la novela Ensayo sobre la ceguera del portugués José Saramago. Sin embargo, la cerveza era muy fría, vestidita de novia, y la música estaba presidida por la salsa brava y cabilla. Todo este rollo para elegir la directiva de la Red de Escritores. La amistad con Nelson se solidificaría en esta tragicómica situación extrema.

Luego fueron los encuentros en Caracas con motivo de las Ferias del Libro FILVEN y la auspiciada por FUNDARTE en tiempos de Freddy "Chucho" Ñañez. O alguna que otra actividad en el CELARG. Muchas veces me quedé en el apartamento de la familia Guzmán Maldonado, de donde Nelson y su esposa María Isabel me atendieron en el calor del afecto más auténtico. Tiempo después se sumaron sus morochos, dos Nelson con aire de estrellas sólo que más traviesos que el Taita.

Nelson Guzmán y sus morochos homónimos

Como buenos hermanos, compartimos nuestra obra escrita. Nelson hizo una preciosa presentación de mi primer libro de cuentos El Dragón Lusitano y otros relatos (2013), mientras que yo presenté varios de sus libros: la novela Nostalgias de la Calle Larga (2012), la segunda edición de su ensayo Nietzsche: la moral como envenenamiento (2012) y la suma poética prologada por mí Brechas del destino, publicada por la Casa Bello.



En 2013, Nelson fue profesor invitado por la Universidad de Salamanca bajo el auspicio de la Cátedra de Literatura Venezolana José Antonio Ramos Sucre, dirigida por la Doctora Carmen Ruiz Barrionuevo. Estuve en su apartamento, mi tercer hogar, cuando Nelson y María hicieron maletas y se despidieron rumbo a Salamanca. Con la venia de ambos y del poeta Daniel Molina, fui postulado al Cenal por la Casa Bello para impartir el curso el año 2014. Ese año le tocó al poeta Luis Delgado Arria. Y fue en 2015 que me correspondió ese honor, gracias al apoyo indeclinable de Nelson, María y Daniel. 

Fue una experiencia maravillosa y decisiva en mi vida. Me enamoré de Salamanca y de su gente como nunca me había pasado con urbe extranjera alguna. Trabé una bonita amistad con tres magníficas mujeres: Carmen Ruiz Barrionuevo, mi hermana mayor muy atenta conmigo, la catedrática y poeta María Ángeles Perez Lopez quien me obsequió unos bellos haikus, y mi preciosa paisana y ensayista María Elisa Nuñez quien hizo una hermosa presentación de mi obra literaria en el Auditorio de la Universidad. Me reencontré con Carlos "Puchito" Ferreira que me abrigó con su amistad y sus atenciones durante ese otoño inolvidable. Reitero mi agradecimiento a Nelson, María Isabel y Daniel, además de otra nueva amiga, Christianne Valles, quien como presidenta del Cenal cumplió su promesa de encaramarnos en el avión vía Salamanca a Sol Linares, William Torrealba y a este salmista compulsivo.

Cómo no iba a disfrutar el estado de Gracia que fue prologar el libro en el que Nelson dialoga vivaz con los autores que él presentó en Salamanca el año 2013? Me reencontré con una ensayística enamorada del país que asociamos con las plumas venezolanistas y universales de Mariano Picón Salas y Mario Briceño Iragorry. Tiempo después tuve la estupenda oportunidad de conversar con amigos invisibles sobre este grandioso polígrafo venezolano y continental. Incluso, Nelson me prestó para la ocasión una camisa a cuadros que quiero mucho (no es la primera vez, puesto que dado mi precario vestuario mal empacado para Salamanca, Nelson me pasó todo un combo textil para soportar el frío de otoño e invierno salmantinos, no me fuera a morir de frío). Como lo dice Nelson, me aclamaron las masas televidentes, de tanto transmitir el programa, desde las redes sociales y cara a cara (en especial mis alumnos en el liceo Enrique Tejera de Trapichito). Me alegró, por ejemplo, que Ruben Witoski opinara que había dado una excelente cátedra mediática de literatura venezolana.

He aquí los links de algunas de mis publicaciones sobre mi hermano Nelson Guzmán. Invitaciones cordiales para o que lo lean por vez primera o lo relean de nuevo. En ambos casos, los lectores serán gratificados con una escritura venezolana, continental y universal de raza.

http://salmoscompulsivos.blogspot.com/2012/12/nostalgias-de-la-calle-larga-una.html?m=1

https://issuu.com/casadebello/docs/brechas_del_destino

http://salmoscompulsivos.blogspot.com/2012/09/la-pasion-oceanica-de-nelson-guzman.html?m=1

jueves, 24 de diciembre de 2020

Biografia de Jose, poema de Drummond de Andrade


La poeta y narradora Andrea Crespo con un Carlos Drummond de Andrade de bronce, como si lo hubiese sorprendido la erupción de un volcán.

A Sol Linares, amiga  lectora y colega  heredera de Clarice Lispector. Que me perdonen las dos, pero las sigo queriendo

 

En mi libro Para machucar mi corazón: Una antología poética de Brasil (2010), aparece mi traducción de "José" el poema celebre de Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Minas Gerais, 1902-Rio de Janeiro, 1987). Helo aquí sin protocolos.

José

Y ahora, José?

La fiesta se acabó, 

la luz se apagó,

el pueblo perdió,

la noche enfrió,

y ahora, José?

y ahora, usted?

Usted que es sin nombre, 

que se burla de los otros,

usted que hace versos,

que ama, protesta?

Y ahora, José?


Está sin mujer,

está sin discurso,

está sin cariño,

ya no puede beber,

ya no puede fumar, 

ya no puede escupir,

la noche enfrió,

no veo el día, 

no veo el tranvía,

no veo la risa, 

no veo la utopía,

y todo acabó,

y todo huyó,

y todo burló,

y ahora, José?


Y ahora, José?

su dulce palabra,

su instante de fiebre,

su gula y ayuno,

su biblioteca,

su labranza de oro,

su terno de vidrio,

su incoherencia,

su odio - y ahora?


Con la llave en la mano

quiere abrir la puerta,

no existe puerta;

quiere morir en el mar,

pero el mar se secó;

quiere ir a Minas,

Minas no hay más.

José, y ahora?


Si usted gritara,

si usted gimiera,

si usted tocara

el vals vienés,

si usted durmiera,

si usted se cansara,

si usted muriera...

Pero usted no muere,

usted es duro, José!


Solito en lo oscuro

sin teogonía,

cual bachaco,

sin pared alguna

para recostarse,

sin caballo negro,

que huya al galope,

usted marcha, José!

José, a dónde?


El poema pertenece al libro Sentimento do mundo de 1940, luego fue reeditado en José plaquette de doce poemas en 1941. Fue escrito entre 1934 y 1940. Tuvo como contexto de alumbramiento la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial. La Utopía socialista se haría agua estancada y turbia en ese tiempo, con la derrota republicana, la invasión nazi a la URSS, luego las purgas estalinistas que alargaron el brazo de Poseidon para partirle el cráneo a Trotsky con una piqueta. En Brasil tendríamos antes el fracaso de la invicta Columna Prestes y la caída del gobierno de Getulio Vargas años después.

Quién era este José? Digamos que un ciudadano de Itabira, Minas Gerais, hijo bastardo del poeta Drummond de Andrade, nacido un día soleado de julio de 1920. Exiliado en Venezuela, luego del golpe de estado contra Getulio Vargas y, peor todavía, de la muerte de la abuela materna, se instaló en la Valencia de la época inmediatamente posterior a la Revolución de Octubre que nada tenía que ver con la rusa del 17.

Militante del Partido Comunista de Venezuela, el Brasileño José -como así lo conocían y lo apodaban con afecto sus camaradas-, trabajó en los telares ubicados en la Avenida Branger. Luego sería carne obrera de carroña capitalista en diversas empresas fabriles que se abrieron durante la dictadura de Marcos Perez Jiménez. Paralelo a su desempeño laboral, se dedicó a la organización política en fábricas y cinturones de miseria a su alrededor. En 1957, en el peaje que dividía a los estados Carabobo y Aragua, en un incidente para nada claro, José le amputó las dos manos a un funcionario militar y luego lo mató con un machete amolado al extremo.  No sólo se iniciaría su largo presidio, sino también un idilio poco conocido con la escritora Clarice Lispector vía epistolar. Fuera de poemas inéditos, dispersos y escritos en su lengua portuguesa, la correspondencia con Clarice constituyó lo mejor de su obra literaria.


La muy buena moza Clarice Lispector.

La resonancia del caso de homicidio en el peaje de Valencia, por parte de este insólito cangaceiro, se plasmó en la fachada de papel de los diarios amarillistas de Brasil. Una semana después nadie lo recordaba ni lo comentaba en rúas y favelas. Sólo Clarice Lispector, a quien el morbo la movió a escribirle al paisano homicida, convicto y confeso. Acariciaba en mientes, escribir algún cuento o alguna novela alusiva que la sacudiera de su universo discursivo introspectivo. 


Mientras José escribía de puño y letra en papel barato, Clarice lo hacía a máquina de escribir en su regazo en papel de hilo perfumado con agua de rosas y tabaco. El proyecto narrativo fue perdiendo fuerza en la escritora, pues el personaje de marras se le salía de control, cada vez que José se negaba a ser su héroe de papel en sucesivas cartas que la escribían a ella como una muñeca rusa de sus deseos. 

Además de intercambiar fotografías, se cruzaban extraños poemas en portugués. Hay copia del único texto de puño y letra que Clarice le remitió al díscolo José. Está en poder de Olga Borelli, cuando fue a entrevistarse con ella en 1970. En una caligrafía y diagramación retorcidas, la novia epistolar le escribió a su malandro: "Minha alma tem / o peso da luz. / Tem o peso / da música. / Tem o peso da / palabra nunca /dita, (...) sabe a ser dita. / Tem o peso / de uma lembranca. Tem / o peso da una saudade. / Tem o peso de um  olhar. // Pesa como / pesa uma / ausencia. / E a lágrima / que nao se / chorou. Tem / u imaterial / peso de uma / solidao no medio de outros". Clarice renunció a su cuento largo o novela, entregándose a los caprichos de José, su tótem rojo, bermelho sangue. 

Clarice había compartido con José el primer borrador de la novela La Pasión según J.D., en la que lo transfiguraba como un Cristo sindicalista en la incipiente Babel industrial de Valencia. José, hecho una furiosa voz, le hizo trizas este nuevo intento de escribirlo. La descalificó con el zahiriente epíteto de " escritora pequeñoburguesa" y otras cosas que por pudor no podemos citar. Esto supuso la ruptura definitiva de la relación amorosa y epistolar. La novelista le cambió el título, la anécdota y se reencontró con su poética introspectiva y objetivista. G.H., luego de despedir a la criada Janair (personajes femeninos que matarían simbólicamente a J.D. el héroe comunista), iniciaría un proceso de vaciamiento egocéntrico y enriquecimiento espiritual y ontológico por vía del monólogo interior y el fluir de la conciencia. El ritual incluyó la eucaristía caníbal, esto es Lilith comiendo una cucaracha que sustituiría como víctima propiciatoria al desdichado héroe amantisimo de José, el malagradecido. Éste, su compañero de idilio por correspondencia, halló la paz cuando logró que su Clarice retomara la naturaleza psicologista de su literatura. El amor es sufriente y sacrificado como lo dice San Pablo en una de sus epístolas dirigida no sé sabe a qué iglesia o a cuál de tantas catacumbas.

En el año de mi nacimiento, 1964, Clarice Lispector publica La Pasión según G.H., una de sus novelas más logradas. Cincuenta años después, 2014, el poeta Freddy " Chucho" Ñañez, para entonces presidente de Fundarte, me encomendó su traducción en una edición cincuentenaria bajo el Fondo Editorial de la institución adscrita a la Alcaldía de Caracas. Mi prólogo asumió también el discurso epistolar: "Carta a Clarice Lispector con motivo del quincuagésimo cumpleaños de G.H.", fechada en Valencia el jueves 27 de febrero de 2014. Para ese entonces, no sabía que mi misiva de amor constituiría la completación del triángulo que nos involucró a Clarice, José y a mí, treinta y siete años después de la muerte de esos entrañables amigos que conocí en los libros. Al final, me quedé con G.H. quien es inmortal y quedará viuda un día de estos. 


Edición cincuentenaria de la novela